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Escogimos “La tupida copa de un árbol”[1] porque uno de los criterios de selección para los cuentos es el tema: cuentos amorosos. Nos gustó mucho el tratamiento que le diste al personaje (de repente un poco obsesivo) y la historia (que deja de ser la del protagónico para ser la de la pareja que observa). Hasta te imaginé súper clavada en la ventana. ¿En qué te inspiraste para escribir este cuento? “Viví en un departamento muy chiquito (cuando digo chiquito, hablo de 49 metros cuadrados; chocaba contra todo) lo único que veía por la ventana era un liquidámbar y la casa de mis vecinos de abajo. Ellos no me veían, o yo suponía que no me veían. Viendo a los vecinos, se me ocurrió escribir qué vida podrían tener. Pero, lo que narro en el cuento, nunca pasó. Aunque sería súper divertido”. ¿Simplemente se te ocurrió? “Las cosas que no veo, son más interesantes que las que veo”. Entonces tus cuentos son, más que vivenciales o de anécdota… “…y se vuelven buenos deseos”. Risas. “De verdad espero que pasen cosas así de interesantes… y no digo que mis cuentos sean más interesantes que la vida. Imagino las cosas y pienso que de tal manera deberían o deben suceder”. Una de las frases que más nos impacto de tu cuento fue: “¿Cuánto tiempo estamos dispuestos a soportar al otro?” A mí (Israel) me llegó tanto… Tiene que ver con circunstancias que vivo actualmente. Sabes que están ahí, que esas situaciones existen pero no las tienes presentes. Y son justo cuentos como el tuyo, que te lo recuerdan de una manera muy efectiva y te pone los sentimientos a flor de piel… “Para mi siempre ha sido un misterio cómo puedes relacionarte con las personas (sobre todo en la época que escribí Las malas costumbres). Me preguntaba cómo podías hacerlo sin que la cosa se deteriorara seriamente. Pensaba que correspondía con el deterioro personal y no había forma de pararlo. Envejecerás y las cosas que le sucederán a tu cuerpo responden a lo que vives por dentro… ¿Cómo tolerar a alguien que se está echando a perder por dentro y fuera? Eso ha cambiado para mí. En esta época de mi vida ya nada tiene que ver. Pienso que uno puede restaurar relaciones a partir de restaurarse a sí mismo. Pero cuando escribí Las malas costumbres, mi vida definitivamente no era así. Las relaciones que había visto cercanas, y sobre todo las de muchísimos años que presencié en la infancia, fueron en parte, el motivo. Por ejemplo, de chiquita vivía en un duplex y me daba cuenta de la vida de mis vecinos: se llevaban fatal, tenían una relación horrible; era una cosa muy extraña. La señora murió después de un cáncer muy jodido y, —para que veas cómo es esto, cuánto tiempo está uno dispuesto; a cambio de qué. Es un poco lo que intenté reflejar en mi cuento: ¿qué pasa? Ni se sueltan ni se agarran— el señor, aficionado de la fotografía, amplió fotos de su ex esposa y las pegó en la recámara, las escaleras, cocina, coche… hasta sacaba su ropa a pasear…”. ¿Cómo crees? Llegaron a un nivel muy inverosímil. Una vez más, la realidad supera la ficción. “!!Era horrible!! Uno los veía y no se soportaban. Y luego, con la reacción del esposo no podíamos más que preguntarnos, una y otra vez, ¿por qué? Eso tiene un término. Psicológicamente se llama codependencia. ¿Cómo llegamos a eso? Eres una persona normal, que se enamora, se revela, etc., ¿en qué momento llegamos a la codependencia? ¿Qué pasó? No lo puedes ver. Finalmente, lo que ésta mujer ve desde su ventana[2] es esa relación. Los dos tratan de zafarse y no pueden”. Es una situación muy loca de amor-odio. Se siente, todo el tiempo, que el amor aún los une —hay dejos de celos no explícitos— y a la vez hay una onda de hastío, fastidio mutuo, que nos hace pensar de manera distinta… “Ese cuento es muy extraño. No sabemos qué paso después, ¿la mató, la dejó? No sé. Lo único que sé está en el cuento, lo demás ya no… Podría escribir la segunda parte…” Risas. Ahora que nos contaste el contexto de esta historia, dinos ¿cómo vive Julieta García el cuento, para ti que es el cuento? Silencio, obviamente, a Julieta se le dificulta contestar. “Esas preguntas son dificilísimas. Es como el tipo de preguntas y afirmaciones que me lanza vacíos incontables. Como cuando marcas un número y te dicen: el número que usted marcó no existe. ¿Cómo que no existe? Lo acabo de marcar. No me digan que no existe porque me pongo muy nerviosa. En todo caso no estará asignado… No sé, caray… También pienso que es el tipo de preguntas que, no importa qué contestes, está mal”. Risas. “Voy a ir a la experiencia con los editores. Ellos dicen[3] que los cuentos no venden. Escribí Vapor hace muchísimo tiempo (1996) y se publicó en 2004. Lo mandé a concursar a primera novela de Planeta. Me hablaron para decirme que mi libro estaba entre los finalistas pero no podía ganar. Me preguntan: ¿no tienes otro libro? No, el libro que tengo es ese. Nos interesa mucho publicarte, pero no podemos publicar Vapor. Algo muy raro. Le dije que tenía un libro de cuentos. Inmediatamente contestó: no, no, los cuentos no venden. Cuentos sólo si ya publicaste novela. Ya después de que se publicó[4], se acercaron otras editoriales. ¿Qué otra novela tienes? No tengo novelas, esa fue la única que escribí porque es una historia larga, pero soy básicamente cuentista. Es que los cuentos no venden. ¿Cómo que no venden? ¿Qué pasa? Y es raro, porque nuestras mamás no nos cuentan capítulos de novela para dormir. Nos cuentan cuentos. Me gustan mucho las posibilidades abiertas. Con el cuento se abren muchas. Empecé a escribir cuento, para empezar porque no me salía otra cosa, por más largo que quisiera hacerlo, se terminaba antes: ¡chin, maldita sea! Pero también es que me interesan las cosas así, breves. Las cajitas de sorpresas. Sobre todo, me gusta leer cuentos. Si, he leído graaandes novelas. De esas de más de un tomo y cosas así, pero los cuentos me fascinan por la posibilidad de guardar información. Una novela te da todo un mundo. En el cuento, apenas entras a ese mundo y lo demás está en ti. Para mí, los buenos cuentos, dejan las puertas abiertas. Me gustan también porque me hacen pensar en la forma de relacionarme con la vida. Los cuentos son cosas más cercanas a la vida. Los cuentos son como pasar a la velocidad de una ráfaga por la vida de alguien y te quedas en el ¡worale!, esta chido. Y puedes imaginar qué mas hay allí”. Después de que pensaste un poco la respuesta a esta pregunta terminaste diciendo cosas muy interesantes… Nos dices que disfrutas mucho leer cuentos. Sobre cuentos mexicanos, ¿cuáles te gustan, ¿cuáles te disgustan?, ¿por qué razones? “Me gusta mucho Luis Humberto Croswithe, los cuentos de Álvaro Enrigue, pero de Hipotermia. Me gusta muchísimo La Casa pierde de Juan Villoro. Del mismo autor, Los culpables; tiene algunos cuentos chidos. Por supuesto Arreola, un héroe nacional. Torri también me gusta, aunque a veces es muy raro. Guadalupe Dueñas tiene unas cosas padrísimas. El padre Rulfo, naturalmente. De ahí sale algo chido para contar: desde siempre me gusta escribir; tenía 12 años, durante unas vacaciones de invierno, una tía que ya no sabía qué hacer conmigo, me dijo: lee este libro, cuanto termines haces lo que quieras. Terminé de leer El llano en llamas y dije, quiero ser escritora, no quiero hacer otra cosa en la vida. Todo lo demás es una idiotez. Si alguna vez puedo hacer una página tipo Rulfo, ya estoy del otro lado”. Deslumbra… “Es alucinante, me encanta. ¿Quién más? Seguro se me olvidan miles… ¿Sabes qué pasa? Esto no lo traes en la cabeza. Los gustos cambian conforme pasa el tiempo… Inés Arredondo tiene cosas muy buenas; Amparo Dávila es súper chida”. Y ahora que estas haciendo este recuento de tus favoritos, qué notas cuando comparas las lecturas de los clásicos con las actuales. ¿Qué te llama la atención de cómo se escribe el cuento actualmente? “Un cuento hoy es mucho más visual. Tiene que ver con cambios muy importantes de la cultura popular. Los que empezamos a escribir hace poco ya nos habíamos chutado muchísima tele y muchísimas películas; dos formas de entretenimiento importantes actualmente. Otro detalle: el uso del lenguaje ha cambiado, cosa que responde a una convención cultural. Rulfo, por ejemplo, es muy preciso en el uso de las groserías. Tanto que llegamos a ella y nos ofendemos. Arreola, por otra parte, no usa. Él era un caballero, un dandi que no usaba esas palabras horribles. Hoy, decirle pendejo a alguien, no es raro. También siento el lenguaje más rápido. Creo que estos recursos vienen más de la cultura popular”. Hablando de los recursos. Nuestras lecturas nos permitieron darnos cuenta que se utiliza mucho la ironía, la burla… ¿Crees que este sea uno de los cambios más significativos? Por ejemplo en Rulfo, que ha venido mucho al caso, o en escritores revolucionarios o post-revolucionarios, un recurso muy utilizado era la crítica política… “Estamos en un momento de cinismo, descreimiento. Y esto que dices está reflejado, es algo inevitable. Depende mucho de los autores: hay unos más reaccionarios que otros. Tal vez dentro de unos cinco-seis años, pase lo que pase con el próximo gobierno, vamos a vivir un desánimo generalizado porque todos son la misma madre. Eso se va a reflejar, probablemente refuerce la sátira y la ironía como recursos en el cuento mexicano. De la generación de la ruptura, por allá del 32, he leído mucho, sobre todo a García Ponce y Sergio Pitol; eran autores que buscaban un cambio. Luego viene lo del 68 cuando todo se fue a la mierda, aunque había un Revueltas y otros… Después vienen las generaciones donde todo lo que rodeó a los de antes ya no existe, las cosas cambian, no hay nada que hacer. ¿Qué hay? La tele, el cine, la vida cotidiana, la vida personal. Los de hoy están en su desmadre, su espacio, viendo desde su ventana la vida de sus vecinos… Y tampoco es un rollo de aislamiento o narcisismo, responde a la época que vivimos”. ¿Entonces, crees que el cuento clásico se convierte en algo que puede armar el compromiso con los demás? “En los cuentos que ustedes eligieron como clásicos[5] sí; hay una idea de integración social: formamos parte de un conjunto. En los cuentos recientes[6] no; soy yo viendo lo que me pasa, tratando de entender lo que está a mí alrededor con la posibilidad de no lograrlo”. Puede haber, en los actuales, un compromiso o intención de cambio, pero mucho más íntimo…” Claro, desde lo individual. Creemos que va de la mano con los cambios sociales que han sucedido. Con el bombardeo de tele, cine, radio, internet; la individualidad se marca más: “no se mirarme, porque tampoco se mirar al otro”. Ahora los casos son de “mi vida, mis problemas”… “Se puede aterrizar a casos específicos de escritores, creo que hay quienes sí se están preocupando por entender el mundo que miran. Es el caso de Croswithe, Villoro y Enrigue. Están tratando de entender su mundo, aunque sea a las patadas. Son ellos diciendo cómo llegue aquí, por qué estamos aquí, qué está pasando. Y hay otros, cuyos nombres no mencionaré, que son yo, para mí, por mí, etc. Tiene que ver mucho con las personalidades. Si lees a un autor que te caga, es probable que siga haciéndolo, porque el producto es resultado de su personalidad. El contexto social permea. Primero era todo revolucionario, de cambiar al país. Luego la idea era cambiar el mundo. Después el tono era de ¡nos han visto la cara pero no pasaran! y, ahora de ¡chale, no hay nada que hacer; déjame en paz!” >>. Risas, más risas. “Es natural que el contexto social se imponga ante la creación del cuento a lo largo de la historia, pero no creo que sea algo tajante, algo que lo defina. Los cambios responden más al autor, al tipo de escritura. Así, podremos encontrar similitudes entre los primeros y los últimos”. Es muy interesante la observación… “Se puede analizar el cuento al desmenuzar su contexto, pero no creo que tenga mucho sentido. En realidad tiene que ver con la personalidad de cada autor”. Cambiando un poco de tema y metiéndonos con la técnica del cuento mexicano, comparando clásico y actual, ¿crees que están menos cuidados? “No. Por muchas cosas. Primero porque existen las computadoras. Puedes revisar mil veces, cortar, pegar, borrar, agregar, preguntar cuántas veces repites palabras, etc. No todo el mundo sabe, ni lo usa, pero muchos escritores que ahora publican lo usan como una gran herramienta de trabajo. Claro, eso no sustituye el talento. Quien sabe escribir, puede hacerlo mejor, no en cuestión estilística, pero técnicamente hablando puede. Y antes eso no era posible para cualquiera. Regresemos a Rulfo. Él tenía perfección en la cabeza, era obsesivo en las revisiones, el mismo caso con Cortázar: escribía todo en su cabeza durante días (con puntos, comas y mayúsculas) y luego se sentaba a escribirlo en papel sin necesidad de corregir. Este hombre tenía un word y tablas de excel en su cabeza. Quienes somos pelmas, necesitamos ayuda, usar la herramienta. Esto posibilita la perfección. Pero también permite que cualquier güey escriba cualquier mamada”. Risas, más risas. Risas. ¿Crees que algo de esto se deba a la inmediatez que vivimos actualmente? Algunos atañen esto, por ejemplo, al fenómeno youtube… ¿Estás de acuerdo? Silencio. “No estoy convencida. Lo que sí ha cambiado es la forma. Te contaré: cuando era niña, después de la hora de la comida en casa de mi abuelita, se contaban historias. Entre las cosas que se decían, estaba la de que los antepasados de mi abuela también contaban historias. La gente lo ha hecho todo el tiempo. Responde a la necesidad de presencia, permanencia a través de la vida. Aunque las herramientas son distintas. Eso por un lado, por otro, somos muchísimo más personas de las que éramos antes. La necesidad de escribir se ha multiplicado, no tanto por querer alcanzar la fama, sino porque somos muchos. Además hay que reconocer, las cosas chafas no pegan ni en youtube, si lo vemos es porque está calificado, porque tienen estrellitas… Y es chistoso, pasa también con los blogs. Hay unos malísimos y tienen millones de entradas. Otros, que valen la pena, casi no son visitados. El fenómeno que vivimos hoy de inmediatez responde a la misma necesidad humana de expresión. Antes no existía esa posibilidad, ahora que la hay, muchos la aprovechamos”. Estás convencida de que el cambio se encuentra más en la forma, ¿cuáles son los cambios que reconoces? “Hoy se experimenta más. México post-revolucionario era más conservador, menos arriesgado en estos ámbitos. Ahora, por primera vez, lo veo más atrevimiento. Cuando estudié, no tanto en la universidad, sino en la prepa, te decían: el cuento tiene ESTAS características. Hoy es mucho más libre. Alguien con talento, puede romper la forma y construir un fondo atractivo: desde el uso de los signos de puntuación. Antes, las aventuras en cuanto a forma no eran tan consientes. Ahora se nota la alevosía. Además de contar con herramientas muy útiles para alcanzar nuestros objetivos literarios”. En nuestras lecturas de cuento actual encontramos tres temas recurrentes: la sexualidad, la soledad y la muerte. ¿Piensas que esto nos puede llevar a considerar que estos temas forman parte de los cambios del cuento actual comparado con el clásico? “En cuanto a sexualidad, García Ponce es un ejemplo de lo contrario. Sus cuentos eran casi porno: te decía tamaños, colores, texturas; que si se lo metía por aquí o por allá… Too much, dices cuando lees. Creo que eso no se ha vuelto a repetir, por lo menos no igual. Tal vez en novela, no en cuento. Aunque se trate de manera más abierta el tema. Porque el sexo hoy es más natural. Quien no coge hoy, pobrecito”. Risas desmesuradas. “Pero no lo veo como un tema recurrente, sino como una forma de vida. Ahora, la muerte. Creo que se habla menos de la muerte ahora que antes. Tal vez por un tipo de compromisos social: todo el mundo se iba a morir, además en conjunto. Algo súper fuerte. Y la soledad si…”. Interrupción. Recuerdo un cuento tuyo: “El enemigo”, publicado en Generación del 2000; una mujer que se va despojando de tus cosas por una voz recurrente que le ordena en sueños alejarse de todo, queda sola. Este cuento, refleja el tema de la soledad de una forma muy intensa… “Si. Pienso en hormigas. La soledad en un fenómeno, por contradictorio que suene, que viene a raíz del incremento de personas en el mundo. A más que somos, más soledad sentimos. Si creo que este tema es una diferencia importante”.
Pozole con el abuelo
-Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis-. Sin saberlo el abuelo comenzaba a relatar aventuras y desventuras. De comida, giras con la orquesta y anécdotas revolucionarias hablamos. Pero primero lo primero: -Cómo estás, supongo que como siempre, plenamente sentado en el sofá y viendo televisión- –¿Qué comes que adivinas?- –Te llamo para dos cosas. Para saludarte y para invitarte a comer mañana domingo, ¿puedes?- –Claro hijo, y ¿a qué se debe?- –A que te necesito abuelo. Te necesito para hacer la tarea; por muy convenenciero que resulte- –¿Cómo está eso?- –Nada, olvídalo. Quiero visitarte, platicar contigo y, se me ocurre que podía invitarte a comer. Nunca lo hemos hecho. Paso por ti a las dos- –Sale y vale, acá nos vemos-. Como siempre llegue tarde, hora y media tarde. Para él seguro no es sorpresa, de familia es la impuntualidad. El living de su casa lleno de luz, las cortinas medio recorridas como siempre, sobre los sillones sábanas rosadas y cojines de colores, nuevas cubiertas de polvo sobre otro cubre polvo de plástico. ¡Que metódico es el abuelo¡ -Siéntate a ver la tele conmigo hijo- –Hace calor abuelo, iré por agua a la cocina- –Aquí hace frío. Come unas galletas, están “requetericas”- –Tengo hambre, vamos ya al restaurante ¿no?-. Caminamos un par de cuadras, verlo siempre es un placer. No es el típico abuelito quejumbroso, aunque tiene sus dolencias como todos. Vestía todo de negro, cachucha con el logo de un equipo de fútbol, estoy seguro de que ni él sabía qué equipo era. Pasos firmes, lentos y cuidadosos -¡No te pases por la tierra!-, me decía. Según él, se come rico en el mercado de “la uno”, -…allí por lo menos se portan mejor, atienden bien, sirven todo a tiempo y nunca está fría la comida-. No quiso ir al restaurante y me guió pues al mercado de “la uno”. Mesitas con manteles a cuadros, servilleteros de palitos colorados, sillas al estilo provincia, la luz del sol entraba por todos lados y el sonido inconfundible que producen las fonditas: vasos de vidrio y cubiertos tintineando. Nos sentamos, tardaron en acercarse a tomar la orden. A su espalda una muchacha regordeta llevaba a su chihuahua en los brazos, ¡Dos para llevar!, gritaba y, nadie le hacía caso. Las meseras sudorosas de tanto caminar, confundidas, cansadas pero sonrientes. Al fin se acercó una. -¿Les traigo consomé o sopa de pasta?- –Queremos pozole señorita, dos por favor-, ordenó el abuelo. -Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis. Se dice fácil pero son un chorro ¿no?-. Asentí con la cabeza. Sin siquiera preguntar comenzó a hablarme como si supiera exactamente lo que quería saber. -Cuando entré en el cincuenta y nueve, la cosa estuvo difícil, me ayudó la novia de uno de los hermanos de tu abuelita Chata; entré como mozo, ahora tengo otro puesto, después de tantos años allí debía ascender ¿no?-. Volteo rápidamente hacia los costados, vigilante. -Aquí entre nos, me pagan como arreglista y eso que no sé nada de música. Tengo el nivel quince, el más alto. No me va mal-. Llegó la mesera con los platos de pozole, ya con mejor semblante y sin sudor. -¿Y de tus viajes, abuelo?- –¿Qué tienen mis viajes?- –Háblame de ellos, seguro haz visitado muchos lugares del país y algunos pocos del mundo-. Miró con detenimiento la mesa, acomodó el salero, olió la salsa y suspiró. –A tu abuela le gustaba hacer de estas salsas-. Tomó una servilleta y la dobló por la mitad, ubicó con la mirada los limones, extendió la mano. -¿Me das uno?-. Quitó la servilleta que envolvía los cubiertos, escrupulosamente dejó el cuchillo y tenedor del lado izquierdo, utilizó sólo la cuchara. –El que más me ha gustado es cuando fuimos a dar conciertos a Guatemala, pero recién nos fuimos también a Sinaloa por dos semanas. Nos pagan todo, es una de las cosas de las que jamás podré quejarme en el trabajo. Lo que ahora es la Secretaría de Cultura… que por cierto está al mando de una señora que me cae bien mal y no tiene idea de lo que es la cultura: ¡figurate!, un día mandó un montón de médicos para hacerse cargo de las relaciones públicas de la orquesta. Nos mandó también a Guadalajara a una feria musical que se celebra por allá…- Mi hambre era mucha, a los quince minutos quedaba la mitad de mi plato, él siguió hablando, hacía pausas breves para meterse una cucharada de granos a la boca. Con toda la paciencia del mundo dobló al revés su servilleta y reacomodó el salero. Come lento, no lo había notado. Caí en cuenta: lo veo poco, mucho menos de lo que me gustaría verlo. –Está bien rico el pozole ¿no?, y hablando de comidas y viajes: hace muchos años, cuando tu tía Alicia aún no se casaba con Gerardo, fuimos en el “bochito” a Jalisco, ¡ay!, está re lejos Jalisco. Nos invitaron a una boda, habían hecho carnitas, ya sabes cómo ¿no? A la antigüita, hasta me acuerdo de cómo mataron al puerquito. ¡Que ricas estaban esas carnitas! Tu bisabuela Carmen, con todo y diabetes se chutó tres tacotes de puros cueritos ¿te gustan los cueritos hijo?-. La información comenzaba a saturar mi cabeza. Definitivamente no me gustan los cueritos, contesté a su pregunta con una cara de repudio. Decía tantas cosas que jamás me atreví a interrumpirlo. Siguió hablando de comida y de sus viajes al extranjero: Los Ángeles California es su lugar favorito en Estados Unidos pues allí vive su hija la más chica, mi tía Susana. De repente y sin darme cuenta el tema era distinto. No paraba de hablar, podía ver entusiasmo en sus ojos. –Nací en 1934, a mis setenta y uno años me siento aún con muchas ganas de vivir-. Seguro todos los abuelos saben esa frase de memoria, traté de imaginar las peripecias de mis demás compañeros con sus respectivos abuelos y me pregunté: ¿también a ellos les habrán dicho la misma frase? –Con esos años sobre la tierra debiste ver ya mucho, abuelo-. Conozco al abuelo desde hace veinte años y siempre lo he visto igual, para mí no cambia; tal vez más blanca la cabellera, pero eso es todo. Me parecía sostener la plática del siglo, el abuelo es toda una enciclopedia inexacta. Con los dedos de la mano hice cuentas. –Pocos años habían pasado desde la Revolución Mexicana para cuando naciste, ¿recuerdas como era el ambiente político en ese entonces?-. Por un segundo pensé encontrar en sus palabras alguna revelación inédita de aquellos tiempos revolucionarios, una sonrisa se dibujo en mi rostro, las mejillas se llenaron de color, reposé los codos en la mesa e incliné el cuerpo hacia enfrente, paré bien la oreja. –¡A buen árbol te arrimas, Israel! No me acuerdo de lo que hice ayer ¿cómo quieres que recuerde eso? De historia no se nada, con trabajos me acuerdo que gritábamos en tiempos electorales: ¡Camacho, Camacho, comes plátano macho!, pero no me acuerdo de más. Enseguida entendí que mi falta de memoria fue heredada. Bajé la mirada desilusionado. -Aunque ahora que lo mencionas…-, La esperanza regresó a mi rostro. –Me acuerdo… mi papá me contaba cómo se escondían de “la leva” creo que así le decían. Así le llamaban a los revolucionarios reclutas. Llegaban y sacaban de las casas, las cantinas y las calles a los hombres: viejos o jóvenes, no importaba. Si no mal recuerdo fue por allá de 1911 o 1913. Por fortuna mi papá supo esconderse bien. Fue a uno de sus hermanos a quien capturaron, no tuvo tanta suerte-. Bajó la cabeza en solidaridad. Imaginé lo peor para el tío de mi abuelo, sentí lastima por su familia: pasaría por penurias inconsolables. Unos segundos después siguió con el relato, no sin antes darle un sorbo al vaso de agua de piña, intacto hasta entonces. -Contó a su regreso el tío: iba la tropa caminando a paso acelerado por un maizal de altas ramas, seguro nadie podía vernos pues eran altas en verdad, sólo el movimiento y el crujir de las hojas secas podía anunciar el desfile. Moría de miedo, ninguno de los que estaban conmigo sabía lo que sucedería en el campo de batalla. Durante horas ideé estrategias para escapar, pero esas misiones de magos no eran lo mío. Usaban todos uniformes del mismo color, verde oscuro-. Antes de seguir sonrió discretamente. –En ese entonces se usaban ropas interiores al estilo mameluco, qué ridículos nos veíamos todos. Las ganas de defecar de mi tío impedían su marcha; encargó la “carabina” con alguno y se agazapó entre las ramas. Vio en el hecho el escape y esperó a que se alejara la tropa. Cuando pudo corrió en mameluco por días, si alguien le veía con el uniforme lo acusarían de desertor. A los desertores les mataban sin preguntar. Llegó a casa sano y salvo, permaneció ocho meses encerrado, no le hablaba a nadie. -Ya son las cuatro treinta, mi película empieza en quince minutos. Corre hijo-. Y pagó la cuenta.
domingo 5 de febrero, 2006.
Hablé con Frida Kahlo
Ella, imponente, pavorosamente talentosa, a quién llamamos Friducha con amor, capaz de hacer de un lienzo crueles maravillas. Trascendente como ser humano, artista invaluable. Ardiente comunista y feminista dedicada a la causa, dicharachera, buen chef, extrovertida, muy valiente y dada a sus palabrotas. Bebía tequila como agua, según sus hermanas, cantaba canciones eróticas en la ducha y se reía de su propio dolor. Judía por herencia, atea por convicción. ¿Frida Kahlo? Nació el seis de julio de 1907 en la “Casa azul”, Coyoacán. Su nombre completo: Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, hija de Guillermo Kahlo, fotógrafo judío-alemán. “A los seis años tuve mi primera cita con el dolor cuando la polio me atacó, retrasándome tres años de escuela y dejándome la pierna derecha más flaca que la otra; a los 18 años y no a los 16 como se creyó, me cité con el dolor por segunda vez cuando el autobús en el que viajaba junto a mi novio, chocó con un tranvía. Quedé en piezas como los pollos para freír.” Una vara de metal le entró por un costado saliendo por la vagina, haciéndole perder la virginidad “sin reproches” como ella solía decir riéndose. El suceso provocóle once fracturas en la pierna, la ruptura de la columna vertebral, la clavícula, dos costillas, la pelvis en tres partes y un pie aplastado. Hablaba del suceso siempre, entre triste y orgullosa durante todas y cada una de las comidas o fiestas con amigos. Sin embargo nada la detuvo, a pesar de haber quedado “como piltrafa”, cubierta de yeso y confinada a un aparato ortopédico, comenzó a pintar sus primeras obras. Su gran sentido del humor le hacía tomar sus vicisitudes con gracia y alegría. Al recuperarse del accidente Kahlo buscó a Diego Rivera -“el panzón”- en la Escuela Nacional Preparatoria de la cuidad de México donde ella estudió y él pintaba murales. Le mostró algunas de sus obras solicitándole su opinión sincera y lo invitó a visitar la casa azul para ver el resto de sus pinturas. Fue así como Rivera empezó a cortejarla. “Me di cuenta de que el hombre me gustaba, a pesar de ser mayor, bebedor, con cara de rana y para colmo comprometido con Lupe Marín, quién le celaba hasta con el aire.” Me confió durante uno de los fines de semana en que compré flores de colores para llevarle y alegrarle el encierro. Día y noche pasaba postrada en la cama, pobre. Cuando Diego se enamoró de Frida, echó a un lado a su amante (con la que tuvo dos hijos). A los 22 años, Kahlo contrajo nupcias con el muralista y también comunista, no sin que antes la enardecida Lupe Marín fuera a hacerle un escándalo a Frida. “Fue todo un bochinche, Lupe se levantó la falda para gritarme que ella tenía más dotes para complacer a Diego.” Casi nunca contaba eso, siempre le dio vergüenza aquél “infortunio de borrachos”. El matrimonio Kahlo-Rivera se divorció a finales de 1939 para volverse a casar aproximadamente un año después. Se decía que el divorcio fue causado por las constantes infidelidades de Rivera. “Siempre valoré mucho más su lealtad; Diego no sabe de eso, cogía con cualquiera, me sentí defraudada cuando se acostó con Cristina, mi hermana”. Con mirada cómplice y pícara decía la Kahlo mientras se acicalaba en cabello: “Estaba al tanto, no le daba tanta importancia pues me las supe arreglar también.” Entre 1930 y 1933 la pareja vivió en Estados Unidos, donde Diego pintó murales en San Francisco, Detroit y Nueva York. Frida volvió a México únicamente por cinco semanas, tiempo que pasó en la casa azul a raíz de la muerte de su madre. A su regreso a México la pareja se instaló en una casa en San Ángel. León Trotsky, héroe de la Revolución de Octubre, exiliado del régimen stalinista soviético, consiguió en 1937 asilo político e invitación como huésped del gobierno mexicano, gracias a las gestiones de Diego Rivera frente al presidente Cárdenas. El matrimonio Trotsky vivió en la casa azul, en ese entonces propiedad de Guillermo Kahlo, los Rivera vivían en la casa de San Ángel. Durante la estadía del revolucionario, Frida y él compaginaron ideológicamente y vivieron además un escandaloso romance. Contaba de sus viajes: “en Francia, André Breton, poeta y amigo llamó a mis pinturas `una bomba envuelta en cintas elegantes´ y Picasso me llevó a cenar”. Pero Frida jamás perdió su sencillez, se mostraba inmensamente accesible. Ataviada con trajes típicos, colmada de collares y anillos, era una mujer exóticamente atractiva. Tuvo numerosas mascotas, desde monitos y loras hasta un gato que se le dormía encima del pie que le sería amputado por gangrena. Diego y Frida contrajeron matrimonio por segunda vez a principios de 1941, poco antes de la muerte del padre de Frida. “Acepté con la condición de que Diego me permitiera mantenerme económicamente yo sola”. El matrimonio se instaló de nuevo en la casa azul. En aquella época recibieron distinguidos visitantes, entre ellos figuraron amistades como Concha Michel, Dolores del Río, María Félix, Lucha Reyes y Chavela Vargas. En el año de 1943, a sus 33 años de edad Frida fue nombrada profesora en la Escuela de Pintura y Escultura de La Esmeralda; al poco tiempo dejó se asistir a causa del estado de su salud y, sus alumnos se trasladaron a Coyoacán para recibir sus lecciones. El grupo se redujo a cuatro jóvenes apodados “Los fridos”, a los que instalaba en el jardín de la casa con sus caballetes, o acompañaba a pintar a sitios cercanos. Frida expuso en tres ocasiones. Organizó las exposiciones de Nueva York de 1938 y de París de 1939. En abril de 1953 expuso por primera vez en la galería de Arte Contemporáneo de la Ciudad de México. Dado que su salud iba de mal en peor, Frida hizo que la llevaran a la galería a bordo de una aparatosa ambulancia con las sirenas prendidas. Echada en una camilla con el porte de una reina, brindó, bromeó y cantó con sus admiradores, la exposición fue un éxito. Tras la exposición, Kahlo tuvo que soportar que le amputaran la pierna derecha hasta la altura de la rodilla. “Mejor así, apesto a perro muerto o puta sin lavar”, bromeaba. La amputación le sumió en una fuerte depresión, intentó auto eliminarse dos veces, pero fracasó. Su historia es muy triste, pero bien apasionada a la vez. Nunca dejará de sorprenderme su increíble fuerza. A raíz de su nueva peripecia fui con mamá a visitarla el pasado cinco de julio, mi madre habló con Cristina, Frida está grave. Al igual que el día de su exposición en la galería de Arte Contemporáneo, hizo que en cama la llevaran a unirse a la manifestación contra la caída del gobierno izquierdista de Jacobo Arbenz de Guatemala. ¡Lo comunista no se lo quitaban ni aunque llovieran meteoritos! Esa Friducha no tuvo pudor, apenas comenzaba su recuperación de la bronconeumonía y desobedeció las órdenes del médico de nuevo. Jamás olvidaré la última vez que hablé con Frida. Eran las cuatro o cinco de la tarde, la luz del sol era amarillo ocre, todo de oro parecía en la ciudad a esas horas. Cristina nos recibiría en el vestíbulo de la casa azul. Mi madre insistía en ver a Frida, creía que en cualquier momento sería la última oportunidad de verla. Ante nosotros (mi madre y yo) celosas las puertas de madera en la entrada. Tocamos, abrió Cristina. Había sonrisas en su rostro, pero la solemnidad de la absoluta resignación la invadía ya. El patio del inmueble, como de costumbre, estaba lleno de colores, flores, adornos y esculturas; como de puntitas, con el estilo más elegante que conozco, un pavo real caminó al rededor de los cactus. La casa estaba decorada con artículos de arte popular mexicano: exvotos, judas de carrizo y papel encolado, juguetes de feria, muebles de ocote y oyamel, muertes de yeso, de alambre, de cartón, de azúcar, de papel de China; papeles recortados, petates, sarapes, huaraches, flores de papel y de cera, tocados, matracas, piñatas y máscaras; fotografías de seres queridos, armarios y repisas con figuras prehispánicas. Estaba viva, la casa estaba viva igual que Frida Kahlo. Íbamos vestidos como un domingo de iglesia, mi madre obligóme a vestir formal, de corbata y toda la cosa. Ella portaba en la cabeza una boina café en combinación con la falda y el abrigo de lana. Estábamos al límite de lo aburrido. Interpreto que mi madre creía asistir a un funeral por adelantado. ¡Que patético! Pensé. Hora y media permanecí sentado al lado de mamá. Cristina y yo sólo escuchábamos sus convalecencias. Era como para pegarse un tiro. Pobre de Cristina, tenía que soportar a cada chismoso amigo de Frida. Pobre de Frida, querría soportar a cada uno de sus amigos chismosos. Imaginé en esos momentos lo lamentable que resultaría para un artista postrarse en una cama así, sin nada mejor que hacer. Doliéndose únicamente, soportando el tiempo. ¿Puede soportar más de lo que ya soporta? ¿Podría yo a caso distraerle el pensamiento con alguna intromisión? Pensé mientras hablaba mamá como una de las loras de Frida y Cristina resistía la tortura perpetuada. Interrumpí abruptamente. -Lo siento. Necesito el cuarto de baño, Cristina ¿podría decirme cómo llegar? Dije al levantarme de aquella incómoda silla de madera apolillada. Sin contratiempos asomó la cabeza Cristina, señaló con el brazo la dirección. -Salte, caminas un poco a la derecha y listo. Indicó la incómoda hermana. Ver a Frida, era esa mi idea. Mucho menos aburrido resultaba para mí e, imaginé gustosa a la Kahlo de verme. Como por inercia caminé, no al cuarto de baño, sino al cuarto de Friducha. Sin saber a ciencia cierta su reacción, arranqué una rosa del jardín para dársela. Me sentí avergonzado al tener en mano aquella rosa cortada. ¿Pensará que la traje de fuera?, ¿reconocerá las flores de su propia casa? Estuve a punto de tirarla. En la solapa del traje decidí ponerla. Paso a paso caminé, lento, tímido hasta llegar. Desde fuera llamaba la atención, en lo alto de los muros yacían ollas de barro encajadas en piedra volcánica del Pedregal. La puerta de la habitación estaba entre abierta, miré sigilosamente. Allí estaba ella, postrada en la cama, desalineada de pies a cabeza, cubierta por una manta de colores mexicanos: verde perico, rosa enaguas, amarillo girasol. El cabello suelto, negro como el alma del infierno, la mirada seca, cubierta por sus cejas tristes. Abrí la puerta esperando indecencias; nadie con buen juicio esperaría ser bien recibido por un convaleciente, lo de menos era esperar honrosas groserías. Dormía, o al menos eso parecía; se veía exhausta. Mis ojos se depositaron inmediatamente en los detalles: en el techo de su cama había caracoles marinos y un espejo. Desperdigados en cada rincón instrumentos de pintura, describía aquella imagen el verdadero estudio de trabajo de un artista. Moderadamente amplio el lugar, olía a encierro, al encierro de un alma libre. Le daba la espalda a Frida. La curiosidad que sentí en esos momentos estuvo cerca de convertirse en morbo, por instantes la cordura me obligaba a salir de allí con latigazos aguerridos. Giré el cuerpo, posteriormente la cabeza. Un susto cambióme la tez de color, Frida me miraba silenciosa. ¿Se daría cuanta de mi presencia desde un principio o la habría despertado? Era lo de menos. Tenía abiertos los ojos, serena. Me quedé mudo, inmóvil. -Hooola- Me atreví a decir. Con voz casi imperceptible contestó el saludo: -¿Curioseando?- Bajé el rostro apenado. -Vine a saludarte, a ver cómo seguías y, según ha dejado mi atrevimiento, a molestarte- -Nunca será molestia saludarte- Con mucho mejor tono continuó la conversación. Sonaba cansada, pero como siempre irradiaba luz, aún cuando se encontraba sumergida en la oscuridad. -Imaginé que podría verte, quería hacerlo. Y quizá podría hacerte sentir mejor una visita- -Sabes siempre arreglártelas para salirte con la tuya, ¿se quedaron solas?- Por primera vez descalifiqué mi obstinado comportamiento, pero eran tantas mis ganas por verla… -Hazme hablar, extraño las conversaciones oportunas- En el rostro de la mujer se dibujo una sonrisa. Seguro mi cara representaba la desesperación de cualquier historiador al conocer al personaje anhelado. La diferencia era que ya la conocía, era Frida decreciendo. Pensé en aprovechar aquellos instantes como si fueran la última gota de agua en el desierto. Enfrente una gran artista, mi pintora favorita y amiga. Qué preguntar. No había mucho tiempo para pensarlo, comenzarían a cuestionarse por mí las mujeres que dejé a solas; con toda la confianza que la adversidad regala, intenté resumirlo todo. Dije en tono melancólico, como en espera de la última pronunciación en el final de los tiempos: -Háblame de tu más grande pasión y más fuerte dolor, cuál es tu obra preferida, por qué la pintura y no otro arte- Se notaba mi sed por Frida. Era para mi fuente de inspiración. -He tenido dos pasiones: Diego y la pintura. Pinto siempre que puedo. Te habrás dado cuenta ya de eso. Y al panzón lo amé desde que lo conocí. Dos han sido mis más grandes dolores: el accidente del tranvía y Diego. Ese sapo me ha provocado las más grandes depresiones. Más fuertes son los dolores del corazón. ¡Estupideces de enamorados! Yo por desgracia soy una estúpida enamorada- Siguió hablando sin parar. -Ahora no sé, pero en su momento “Las dos Fridas” despertó en mí sentimientos inéditos. Suena egocéntrico, mi trabajo podría resultar ególatra para muchos, nunca me importó lo que pensaran los demás. Los cumplidos fueron siempre insoportables. ¡Pinches críticos!-. Aquellas palabras la agotaron visiblemente, la Frida incontenible estaba desapareciendo. Yo, estupefacto. Erguido allí, sin poder moverme, como si el mundo entero reposara en mis hombros. -¿Por qué la pintura y no otro arte?- -Te subestimé. ¿Por qué subir y no quedarse abajo con tu madre y con Cristina? Así como tu curiosidad, grande es el gusto de un artista- De nueva cuenta bajé el rostro apenado. -¿Tienes miedo?- Pregunté -Espero que la partida sea jubilosa y espero nunca volver-. Súbitamente abrió la puerta Cristina, parecía preocupada: -Tu madre está esperando abajo, será mejor que la alcances-. Por un momento se miraron. Frida mantenía la sonrisa. Todo se fue líquido desde ese momento. Más rápido que un rayo desaparecí no sin antes decir adiós. Seis días después Frida murió.
México Distrito Federal, diciembre 1953. Jamás hablé con Frida Kahlo, pero siempre la he admirado.
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