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Archive for the 'Cuento' Category

El padre Nicanor aguardaba sereno la llegada de los feligreses detrás del altar en la Iglesia de San Pascual Rey, impávido, daba la impresión de esperar el fin de su agotadora jornada. Eran las nueve de la noche del miércoles de ceniza. Daría inicio la tercera imposición de la noche. Más cansado que devoto, el padre siguió al pie de la letra la tradición, cargó sobre sus manos el tazón con las palmas quemadas del domingo de ramos. El ambiente encerrado del lugar atrajo, como miel a las abejas, un incuantificable rebaño. Las misas antecesoras tuvieron todo de tradicionales. La proclamación del padre fue más expresiva y cuidadosa en las lecturas del día; entre cantos del salmo, se creaba el ambiente de la Cuaresma: el gravamen de la ceniza comunicaba fácilmente su mensaje de humildad y conversión. Poco a poco se llenaron los lugares de la Iglesia. Dos monaguillos encendieron las veladoras. El padre Nicanor entonces, dejó la serenidad para iluminar su rostro con una increíble sonrisa de satisfacción, reacción por la llegada abrumadora de los bastardos Buendía. La multitud de San Pascual Rey borboteó en murmullos, incluso para mí fue sorpresivo el arribo de los cuarenta hombres. Hombres que nunca antes habían pisado la Iglesia, no por herejía, sino por impedimento del padre. Y no podía ser para menos cuando los Buendía, bastardos reconocidos del pueblo, festejaban veinticuatro por veinticuatro horas, interminables parrandas bañados en champañas y conducidos por las putas del burdel de Doña Cata. Miré incrédulo la entereza del padre. No fui el único extrañado, la congregación entera se preguntó el motivo del arribo de aquellos hombres. El padre viró hacia mí, borró con una servilleta la ceniza de su frente y postró nuevamente su rostro frente al mío en espera de su tercera imposición de la noche. Marqué con mi pulgar, tembloroso, otra cruz en su frente. Sin más, el carraspeo del padre concentró las miradas en el altar. Dio inicio la misa. Se tocaron las campanas, los inciensos se esparcieron y la cera de las veladoras se consumió. Aquellos hombres retaron, sólo con su presencia, la sagrada imagen de Jesucristo crucificado. Durante toda la ceremonia, permanecieron de pié al fondo del recinto sin rezar ni moverse. Luego pasó algo irregular: el padre sacó de la repisa bajo la mesa de servicio otro tazón con cenizas y lo puso en el altar, a un lado del tazón con cenizas utilizado en las otras ceremonias. Tomó éste último y dejó el recién sacado. Convocó entonces a formarse para dar imposición al pueblo. Un mundo de señoras y niños abarrotaron el pasillo principal. Todos los Aurelianos, porque así se llaman, Aureliano Buendía, permanecieron al fondo. Extrañado, sin entender la irregularidad del padre al sacar otro tazón con cenizas, procuré conservarme tranquilo, sabía que algo andaba mal. De frente a la monumental hilera, una vez más me postré a su costado con el sagrado Evangelio en mis manos. Los feligreses fueron marcados con una cruz en la frente por el pulgar del padre, al tiempo en que repetía, “Polvo eres y en polvo te convertirás”, para luego pasar conmigo, besar el libro y escucharme decir, “Convertíos y creed el evangelio”. Mis frases parecieron más suspiros, las del padre se encendieron al pasar de feligrés en feligrés, como si terminar con la fila le llenara de alegría. Conforme los concurrentes regresaron a sus lugares, el murmullo inundó nuevamente la Iglesia. Y es que todos se preguntaban la razón de por qué estaban ahí los Buendía. De repente, uno de ellos gritó desde el fondo ¿A quioras nos toca a nosotros? Desde el altar se escucho pronunciar al padre Nicanor Ahora mismo hijos míos. Aquello parecía obra del mismísimo Demonio, como por reflejo nos persignamos todos. La inquietud de los concurrentes se debía más a la incertidumbre que a los acontecimientos. La multitud miró boquiabierta la fila de hombres que caminaba hacia el altar. Sin prisas, el padre se volvió y cambió de tazón. Pocos nos percatamos de ello, pues la mayoría permanecía petrificada ante semejante espectáculo. Cuando los cuarenta Aurelianos estaban frente al altar, se escuchó pronunciar al padre Nicanor Pueblo de San Pascual Rey, el día de hoy seremos testigos de la fuerza de nuestro señor Dios. Nadie más que él ha logrado traer a su casa estas arrepentidas almas. Demos fé del poder divino. Los feligreses se arrodillaron al término de las palabras del padre. Esto sin duda salía de la tradición que prepara para la Cuaresma. Aún sin comprender sentí un codazo en la costilla, era el padre, la señal me indicaba recobrar la postura y mostrar el evangelio a los cuarenta Buendía. Del bolsillo derecho de la sotana, le vi sacar una especie de sello en forma de cruz. Cuidadosamente lo impregnó y marcó las frentes de los cuarenta hombres. Pero ahora ninguna frase se pronunció en el acto. Apenas imprimía en el último de los Buendía la cruz, anunció determinantemente Esta misa ha terminado, podemos irnos en paz. Hasta ese momento nadie, incluyéndome, entendía lo sucedido. Los feligreses salieron a pasos temerosos, no tan convencidos del milagro de Dios que había llevado a los Buendía hasta la Iglesia por su salvación. Los monaguillos apagaron las veladoras y salieron también. Únicamente se quedaron los cuarenta hombres hincados frente al altar. Como de costumbre, empecé a acomodar los sagrados utensilios, mientras el padre Nicanor reposaba brevemente con las manos en las sienes, recargado sobre el altar. Muy silenciosamente le escuché decir Gracias Señor por permitirme ayudarte en la purificación de estas almas. Los Aurelianos permanecieron hincados, con las cabezas gachas y los ánimos pacíficos.  Luego de que saliera hasta el último de los concurrentes, el padre cerró las puertas de la Iglesia y regresó frente a los cuarenta hombres. Se le transformó el tono de voz, dejó la postura rígida y se dirigió a los Buendía Ya está, redimidos quedan. Absuelvo todos sus pecados y les doy la bendición. Su reputación queda restaurada. Con su bondadosa contribución ayudarán a enaltecer la casa de Dios. Más no esperen de mí el perdón, sirvo apenas de intermediario con nuestro Señor, será él quien se encargue de juzgarlos y ajustar cuentas. Inmediatamente uno de los hombres preguntó ¿Hora si ya quedamos no? Sin pleitos ni recelos. Le miraron todos impacientemente. Cada uno de nosotros necesita oír esta llamada urgente al cambio pascual, porque todos somos débiles y pecadores, y porque sin darnos cuenta vamos siendo vencidos por la dejadez y los criterios de este mundo, que no son precisamente los de Cristo. Pueden irse ya, que el poder de los cielos les guíe hacia la luz y los días de la cuaresma les hagan bien; respondió el padre, y salieron divertidos los Aurelianos azotando las puertas de la Iglesia. Hace treinta y nueve días de esto, está por acabar la cuaresma. Desde ese miércoles, uno a uno han muerto los Buendía. Queda vivo el último y ya agoniza. Me ha mandado el padre Nicanor, otra vez, a dejar las condolencias correspondientes. Desde el miércoles de ceniza, los feligreses de San Pascual Rey dejaron de ir a misa.

Ella, imponente, pavorosamente talentosa, a quién llamamos Friducha con amor, capaz de hacer de un lienzo crueles maravillas. Trascendente como ser humano, artista invaluable. Ardiente comunista y feminista dedicada a la causa, dicharachera, buen chef, extrovertida, muy valiente y dada a sus palabrotas. Bebía tequila como agua,  según sus hermanas, cantaba canciones eróticas en la ducha y se reía de su propio dolor. Judía por herencia, atea por convicción. ¿Frida Kahlo? Nació el seis de julio de 1907 en la “Casa azul”, Coyoacán. Su nombre completo: Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, hija de Guillermo Kahlo, fotógrafo judío-alemán.  “A los seis años tuve mi primera cita con el dolor cuando la polio me atacó, retrasándome tres años de escuela y dejándome la pierna derecha más flaca que la otra; a los 18 años y no a los 16 como se creyó, me cité con el dolor por segunda vez cuando el autobús en el que viajaba junto a mi novio, chocó con un tranvía. Quedé en piezas como los pollos para freír.” Una vara de metal le entró por un costado saliendo por la vagina, haciéndole perder la virginidad “sin reproches” como ella solía decir riéndose. El suceso provocóle once fracturas en la pierna, la ruptura de la columna vertebral, la clavícula, dos costillas, la pelvis en tres partes y un pie aplastado. Hablaba del suceso siempre, entre triste y orgullosa durante todas y cada una de las comidas o fiestas con amigos. Sin embargo nada la detuvo, a pesar de haber quedado “como piltrafa”, cubierta de yeso y confinada a un aparato ortopédico, comenzó a pintar sus primeras obras. Su gran sentido del humor le hacía tomar sus vicisitudes con gracia y alegría. Al recuperarse del accidente Kahlo buscó a Diego Rivera -“el panzón”- en la Escuela Nacional Preparatoria de la cuidad de México donde ella estudió y él pintaba murales. Le mostró algunas de sus obras solicitándole su opinión sincera y lo invitó a visitar la casa azul para ver el resto de sus pinturas. Fue así como Rivera empezó a cortejarla. “Me di cuenta de que el hombre me gustaba, a pesar de ser mayor, bebedor, con cara de rana y para colmo comprometido con Lupe Marín, quién le celaba hasta con el aire.” Me confió durante uno de los fines de semana en que compré flores de colores para llevarle y alegrarle el encierro. Día y noche pasaba postrada en la cama, pobre. Cuando Diego se enamoró de Frida, echó a un lado a su amante (con la que tuvo dos hijos). A los 22 años, Kahlo contrajo nupcias con el muralista y también comunista, no sin que antes la enardecida Lupe Marín fuera a hacerle un escándalo a Frida. “Fue todo un bochinche, Lupe se levantó la falda para gritarme que ella tenía más dotes para complacer a Diego.” Casi nunca contaba eso, siempre le dio vergüenza aquél “infortunio de borrachos”. El matrimonio Kahlo-Rivera se divorció a finales de 1939 para volverse a casar aproximadamente un año después. Se decía que el divorcio fue causado por las constantes infidelidades de Rivera. “Siempre valoré mucho más su lealtad; Diego no sabe de eso, cogía con cualquiera, me sentí defraudada cuando se acostó con Cristina, mi hermana”. Con mirada cómplice y pícara decía la Kahlo mientras se acicalaba en cabello: “Estaba al tanto, no le daba tanta importancia pues me las supe arreglar también.” Entre 1930 y 1933 la pareja vivió en Estados Unidos, donde Diego pintó murales en San Francisco, Detroit y Nueva York. Frida volvió a México únicamente por cinco semanas, tiempo que pasó en la casa azul a raíz de la muerte de su madre. A su regreso a México la pareja se instaló en una casa en San Ángel. León Trotsky, héroe de la Revolución de Octubre, exiliado del régimen stalinista soviético, consiguió en 1937 asilo político e invitación como huésped del gobierno mexicano, gracias a las gestiones de Diego Rivera frente al presidente Cárdenas. El matrimonio Trotsky vivió en la casa azul, en ese entonces propiedad de Guillermo Kahlo, los Rivera vivían en la casa de San Ángel. Durante la estadía del revolucionario, Frida y él compaginaron ideológicamente y vivieron además un escandaloso romance. Contaba de sus viajes: “en Francia, André Breton, poeta y amigo llamó a mis pinturas `una bomba envuelta en cintas elegantes´ y Picasso me llevó a cenar”. Pero Frida jamás perdió su sencillez, se mostraba inmensamente accesible. Ataviada con trajes típicos, colmada de collares y anillos, era una mujer exóticamente atractiva. Tuvo numerosas mascotas, desde monitos y loras hasta un gato que se le dormía encima del pie que le sería amputado por gangrena. Diego y Frida contrajeron matrimonio por segunda vez a principios de 1941, poco antes de la muerte del padre de Frida. “Acepté con la condición de que Diego me permitiera mantenerme económicamente yo sola”. El matrimonio se instaló de nuevo en la casa azul. En aquella época recibieron distinguidos visitantes, entre ellos figuraron amistades como Concha Michel, Dolores del Río, María Félix, Lucha Reyes y Chavela Vargas. En el año de 1943, a sus 33 años de edad Frida fue nombrada profesora en la Escuela de Pintura y Escultura de La Esmeralda; al poco tiempo dejó se asistir a causa del estado de su salud y, sus alumnos se trasladaron a Coyoacán para recibir sus lecciones. El grupo se redujo a cuatro jóvenes apodados “Los fridos”, a los que instalaba en el jardín de la casa con sus caballetes, o acompañaba a pintar a sitios cercanos. Frida expuso en tres ocasiones. Organizó las exposiciones de Nueva York de 1938 y de París de 1939. En abril de 1953 expuso por primera vez en la galería de Arte Contemporáneo de la Ciudad de México. Dado que su salud iba de mal en peor, Frida hizo que la llevaran a la galería a bordo de una aparatosa ambulancia con las sirenas prendidas. Echada en una camilla con el porte de una reina, brindó, bromeó y cantó con sus admiradores, la exposición fue un éxito. Tras la exposición, Kahlo tuvo que soportar que le amputaran la pierna derecha hasta la altura de la rodilla. “Mejor así, apesto a perro muerto o puta sin lavar”, bromeaba. La amputación le sumió en una fuerte depresión, intentó auto eliminarse dos veces, pero fracasó. Su historia es muy triste, pero bien apasionada a la vez. Nunca dejará de sorprenderme su increíble fuerza. A raíz de su nueva peripecia fui con mamá a visitarla el pasado cinco de julio, mi madre habló con Cristina, Frida está grave. Al igual que el día de su exposición en la galería de Arte Contemporáneo, hizo que en cama la llevaran a unirse a la manifestación contra la caída del gobierno izquierdista de Jacobo Arbenz de Guatemala. ¡Lo comunista no se lo quitaban ni aunque llovieran meteoritos! Esa Friducha no tuvo pudor, apenas comenzaba su recuperación de la bronconeumonía y desobedeció las órdenes del médico de nuevo. Jamás olvidaré la última vez que hablé con Frida. Eran las cuatro o cinco de la tarde, la luz del sol era amarillo ocre, todo de oro parecía en la ciudad a esas horas. Cristina nos recibiría en el vestíbulo de la casa azul. Mi madre insistía en ver a Frida, creía que en cualquier momento sería la última oportunidad de verla. Ante nosotros (mi madre y yo) celosas las puertas de madera en la entrada. Tocamos, abrió Cristina. Había sonrisas en su rostro, pero la solemnidad de la absoluta resignación la invadía ya. El patio del inmueble, como de costumbre, estaba lleno de colores, flores, adornos y esculturas; como de puntitas, con el estilo más elegante que conozco, un pavo real caminó al rededor de los cactus. La casa estaba decorada con artículos de arte popular mexicano: exvotos, judas de carrizo y papel encolado, juguetes de feria, muebles de ocote y oyamel, muertes de yeso, de alambre, de cartón, de azúcar, de papel de China; papeles recortados, petates, sarapes, huaraches, flores de papel y de cera, tocados, matracas, piñatas y máscaras; fotografías de seres queridos, armarios y repisas con figuras prehispánicas. Estaba viva, la casa estaba viva igual que Frida Kahlo.   Íbamos vestidos como un domingo de iglesia, mi madre obligóme a vestir formal, de corbata y toda la cosa. Ella portaba en la cabeza una boina café en combinación con la falda y el abrigo de lana. Estábamos al límite de lo aburrido. Interpreto que mi madre creía asistir a un funeral por adelantado. ¡Que patético! Pensé. Hora y media permanecí sentado al lado de mamá. Cristina y yo sólo escuchábamos sus convalecencias. Era como para pegarse un tiro. Pobre de Cristina, tenía que soportar a cada chismoso amigo de Frida. Pobre de Frida, querría soportar a cada uno de sus amigos chismosos. Imaginé en esos momentos lo lamentable que resultaría para un artista postrarse en una cama así, sin nada mejor que hacer. Doliéndose únicamente, soportando el tiempo. ¿Puede soportar más de lo que ya soporta? ¿Podría yo a caso distraerle el pensamiento con alguna intromisión? Pensé mientras hablaba mamá como una de las loras de Frida y Cristina resistía la tortura perpetuada. Interrumpí abruptamente. -Lo siento. Necesito el cuarto de baño, Cristina ¿podría decirme cómo llegar? Dije al levantarme de aquella incómoda silla de madera apolillada. Sin contratiempos asomó la cabeza Cristina, señaló con el brazo la dirección. -Salte, caminas un poco a la derecha y listo. Indicó la incómoda hermana. Ver a Frida, era esa mi idea. Mucho menos aburrido resultaba para mí e, imaginé gustosa a la Kahlo de verme. Como por inercia caminé, no al cuarto de baño, sino al cuarto de Friducha. Sin saber a ciencia cierta su reacción, arranqué una rosa del jardín para dársela. Me sentí avergonzado al tener en mano aquella rosa cortada. ¿Pensará que la traje de fuera?, ¿reconocerá las flores de su propia casa? Estuve a punto de tirarla. En la solapa del traje decidí ponerla. Paso a paso caminé, lento, tímido hasta llegar.  Desde fuera llamaba la atención, en lo alto de los muros yacían ollas de barro encajadas en piedra volcánica del Pedregal. La puerta de la habitación estaba entre abierta, miré sigilosamente. Allí estaba ella, postrada en la cama, desalineada de pies a cabeza, cubierta por una manta de colores mexicanos: verde perico, rosa enaguas, amarillo girasol. El cabello suelto, negro como el alma del infierno, la mirada seca, cubierta por sus cejas tristes. Abrí la puerta esperando indecencias; nadie con buen juicio esperaría ser bien recibido por un convaleciente, lo de menos era esperar honrosas groserías. Dormía, o al menos eso parecía; se veía exhausta. Mis ojos se depositaron inmediatamente en los detalles: en el techo de su cama había caracoles marinos y un espejo. Desperdigados en cada rincón instrumentos de pintura, describía aquella imagen el verdadero estudio de trabajo de un artista. Moderadamente amplio el lugar, olía a encierro, al encierro de un alma libre. Le daba la espalda a Frida. La curiosidad que sentí en esos momentos estuvo cerca de convertirse en morbo, por instantes la cordura me obligaba a salir de allí con latigazos aguerridos. Giré el cuerpo, posteriormente la cabeza. Un susto cambióme la tez de color, Frida me miraba silenciosa. ¿Se daría cuanta de mi presencia desde un principio o la habría despertado? Era lo de menos. Tenía abiertos los ojos, serena. Me quedé mudo, inmóvil. -Hooola- Me atreví a decir. Con voz casi imperceptible contestó el saludo: -¿Curioseando?- Bajé el rostro apenado. -Vine a saludarte, a ver cómo seguías y, según ha dejado mi atrevimiento, a molestarte- -Nunca será molestia saludarte- Con mucho mejor tono continuó la conversación. Sonaba cansada, pero como siempre irradiaba luz, aún cuando se encontraba sumergida en la oscuridad. -Imaginé que podría verte, quería hacerlo. Y quizá podría hacerte sentir mejor una visita- -Sabes siempre arreglártelas para salirte con la tuya, ¿se quedaron solas?- Por primera vez descalifiqué mi obstinado comportamiento, pero eran tantas mis ganas por verla… -Hazme hablar, extraño las conversaciones oportunas- En el rostro de la mujer se dibujo una sonrisa. Seguro mi cara representaba la desesperación de cualquier historiador al conocer al personaje anhelado. La diferencia era que ya la conocía, era Frida decreciendo.  Pensé en aprovechar aquellos instantes como si fueran la última gota de agua en el desierto. Enfrente una gran artista, mi pintora favorita y amiga. Qué preguntar. No había mucho tiempo para pensarlo, comenzarían a cuestionarse por mí las mujeres que dejé a solas; con toda la confianza que la adversidad regala, intenté resumirlo todo. Dije en tono melancólico, como en espera de la última pronunciación en el final de los tiempos: -Háblame de tu más grande pasión y más fuerte dolor, cuál es tu obra preferida, por qué la pintura y no otro arte- Se notaba mi sed por Frida. Era para mi fuente de inspiración. -He tenido dos pasiones: Diego y la pintura. Pinto siempre que puedo. Te habrás dado cuenta ya de eso. Y al panzón lo amé desde que lo conocí. Dos han sido mis más grandes dolores: el accidente del tranvía y Diego. Ese sapo me ha provocado las más grandes depresiones. Más fuertes son los dolores del corazón. ¡Estupideces de enamorados! Yo por desgracia soy una estúpida enamorada- Siguió hablando sin parar. -Ahora no sé, pero en su momento “Las dos Fridas” despertó en mí sentimientos inéditos. Suena egocéntrico, mi trabajo podría resultar ególatra para muchos, nunca me importó lo que pensaran los demás. Los cumplidos fueron siempre insoportables. ¡Pinches críticos!-. Aquellas palabras la agotaron visiblemente, la Frida incontenible estaba desapareciendo. Yo, estupefacto. Erguido allí, sin poder moverme, como si el mundo entero reposara en mis hombros. -¿Por qué la pintura y no otro arte?- -Te subestimé. ¿Por qué subir y no quedarse abajo con tu madre y con Cristina? Así como tu curiosidad, grande es el gusto de un artista- De nueva cuenta bajé el rostro apenado. -¿Tienes miedo?- Pregunté -Espero que la partida sea jubilosa y espero nunca volver-. Súbitamente abrió la puerta Cristina, parecía preocupada: -Tu madre está esperando abajo, será mejor que la alcances-. Por un momento se miraron. Frida mantenía la sonrisa. Todo se fue líquido desde ese momento. Más rápido que un rayo desaparecí no sin antes decir adiós. Seis días después Frida murió.  

México Distrito Federal, diciembre 1953. Jamás hablé con Frida Kahlo, pero siempre la he admirado.

010706, 11:39 p.m. Siete de la noche, minutos más, minutos menos. A la salida de la estación del metro Taxqueña, cientos de personas caminan con rumbos desconocidos. Se abre lento el paso entre el río, avanzar a prisa es la prioridad. Escaleras, puestos ambulantes; un pordiosero con harapos oscuros extiende la mano y nadie le hace caso. El destino está claro, deseas ir a casa y escribir la mejor historia de tu vida. Pero un instante cambia todo, se achicharra y aparece uno nuevo. Desde hace tiempo le buscas sin encontrarle. A su departamento fuiste más de una vez a dejar notas debajo de la puerta. Sabes que existe, que está bien; por alguna importante razón no ha contestado tus mensajes. Contento, te diriges a su departamento otra vez. Algo indica que hoy le encontrarás. Ver su rostro sorprendido te emociona. Los reencuentros siempre te han parecido momentos agradables. Una ingenua sonrisita se dibuja en tu boca, piensas que después del aburrido día, el encuentro le pondrá sazón. De camino, mil cosas pasan por tu mente, tienes miedo de caer profundo, hay sentimientos acumulados. Supones la causa: jamás habías estado tan atormentado como los últimos meses. Ninguna otra razón ha provocado, durante el tiempo de abstinencia, esto que ahora te tiene atrapado en un laberinto sin salida. Necesitarás encontrarla antes de volverte loco o morir de pena, tristeza y lujuria. De frente a tu nuevo destino, se yergue ante ti el edificio de departamentos más horrible que conoces. La puerta negra es grande y pesada, tiene grafitis por todas partes y guarda basura en las esquinas. Es más familiar que la última vez. Es tan gruesa… Si llamas con golpes no se escuchará. Usas la puertilla metálica del buzón para hacer ruido, esperas sea suficiente. Con el ruido del tráfico de la avenida Taxqueña es difícil competir. No tardan en atender, abre la puerta un conocido. A simple vista parece inofensivo. Se ve igual que cuando le viste por primera vez. Sin chiste, chaparro, sereno, de ojos desconfiados, moreno quemado, labios gruesos, inseguro. De cara mejor ni hablar. Como de costumbre cuando le vez, ignoras los ambientes, sus actividades y sus conversaciones. Te interesa alguien más. ¿Dónde está quien buscas? ¿Tardará? ¿Cómo está? Pasa, te dice amable el moreno. Espérale, ya no tarda en llegar. Decides quedarte, tienes muchas ganas de verle. Le extrañas, te carcomen las ganas de ver su rostro atónito. El tiempo ha creado una barrera que podría jamás derrumbarse, por eso estás ahí, para derrumbarla. Minutos pasan y te aburres viendo a Don Francisco en TV. El cuartucho donde esperas es pequeñísimo. En el mismo mueble donde está la televisión, un reproductor de DVD, un estéreo, una pila de discos pirata y una serie de artículos de higiene personal; están agrupados un frasco de mayonesa, una bolsa de pan de caja, un bote con café y otro con azúcar. Un colchón de resortes salidos tienes bajo el culo, no puedas sentarte en otro lugar. Al lado de la cama un mueble viejo tiene encima un par de camisas blancas y la misma cantidad de pantalones de vestir. Han pasado ya veinte minutos desde que llegaste. Las palabras que cruzas con tu compañía te parecen tontas, sin sentido. No se sabe expresar y te desespera, preferirías se quedara callado. Sacas un cigarrillo. Pides fuego y una servilleta para tirar la ceniza. Te recorres a la orilla de la cama, cerca de la puerta, para que el humo salga sin acumularse en ese espacio tan reducido. La primer bocanada de alquitrán y nicotina sale de tus labios y, de pronto el ansia te invade. Se te nota pues encoges los hombros y tocas tu frente. Afuera, la lluvia se apoderó de la ciudad. El verano en puerta amenaza con mantenerte allí más tiempo del que tenías previsto. Te levantas, miras por la ventana y vez la calle gris, mojada. Las luces de los autos iluminan la avenida. Imaginar el recorrido de regreso a casa te provoca cansancio adelantado. Tomas asiento de nuevo. Volteas a tu alrededor desilusionado. Por más que buscas, no encuentras una razón para permanecer encerrado en ese lugar tan espantoso. Sin querer demuestras nervios. Aquél, atento pregunta si los tienes y contestas incómodo con una afirmación de cabeza. Otra bocanada de humo te impide hablar, miras las estúpidas imágenes en televisión. Sin haberlo calculado, comienza a masajearte los hombros. Sabes que algo no está bien y te ignoras. Placer, únicamente sientes placer. Hace tanto no te tocan… Importa poco quién lo haga. Intuyes lo que podría suceder si no respondes de inmediato, sin embargo callas. Todo es más lento ahora, ignoras la razón. El touch es suave, agradable. Al fin una salida al laberinto y te sientes satisfecho. Durante minutos la sensación es la misma, hasta que en la espalda baja sientes su presencia más cercana. De nueva cuenta no dices palabra. Le otorgas el beneficio de la duda a las intenciones del que de amable se está pasando. Y de un momento a otro, el descaro en su más expresiva manifestación se hace presente. Con toda alevosía y ventaja se recarga en tu espalda. Con toda alevosía y ventaja dejas que lo haga. En lo único que piensas ahora es que, después de meses de abstinencia, al fin derramarás tensión, si no en grandes proporciones, mínimo si algo. Es horrible y lo sabes, de ninguna manera te atrae y tienes presente la idea. Eliges la mejor estrategia: ignoras cualquier detalle que impida llegar al orgasmo. Pierdes la decencia y el orgullo en el averno. Eres víctima del peor de los pecados capitales y, por si fuera poco, estás a nada de traicionar una amistad; aquella persona por la que estás allí y brilla por su ausencia, mejor momento no encontró para desaparecer. Ya sin camisa aquél horripilante individuo te avisa, quien buscas tardará en llegar poco más, el comentario pasa desapercibido. Sigues inmerso en la sensación, el placer te fusiona con la cama. Sus manos torpemente siguen sobándote la espalda. Intentas encontrar un pensamiento que te indique parar y no lo encuentras. A pesar de todo, tienes lo que quieres desde hace meses. No con quién prefieres, no de la mejor manera, no en el mejor lugar, pero sucede y es lo que importa. No hay felicidad, ni misterio, ni angustia. Lo único que quieres es verle abrir y cerrar la boca mientras te hace sexo oral; aún no sucede y ya lo imaginas. Te excitas. Nunca antes usaste así a una persona. Te vale; nada más te ha valido madres tanto como esto. ¡En qué gran hijo de puta te has convertido! Y aún tu conciencia está tranquila. Yo, yo, yo. Nada más importa. Inmerso en una sobredosis de hormonas olvidas por completo la razón de porque estás allí. Te dejas llevar sin importar el fin. Eso sí, en ningún momento bajarás la guardia. Lo que ahora sucede, sucede porque quieres, y se hará únicamente lo que a ti te plazca. Lo que te place ahora es dejar la lentitud. Bajas la mirada y te prometes jamás mirarle a los ojos; si lo haces todo habrá terminado: vomitarás. El suéter que llevas puesto desaparece y de inmediato desabrocha tu camisa. Dejas sea él quien se mueva, quieres demostrarle indiferencia. Le das la espalda y ordenas que continúe con el masaje y lo hace, se monta sobre ti. Los cuerpos juegan rítmicamente, se sienten uno al otro. Rápido, quiero esto rápido; entre más rápido mejor, piensas. Terminas de quitarte la ropa, él hace lo mismo. Se abalanza sobre ti, como loco lame tu cuello y orejas, toca tu espalda y nalgas con desesperación. Eres un maniquí, inmóvil ante sus movimientos. Apenas respondes las pulsaciones pélvicas. Le tomas del cabello con fuerza, en busca de tus labios se acerca, te quiere besar. Con un jalón le detienes, busca tu mirada y le esquivas. Antes de que pueda pronunciar palabra, con las manos bajas su cabeza hacia tu vientre. Infalible señal de lo que quieres. Obedece tu petición sin dudarlo y al fin un sonido emerge desde tus pulmones, gimes de placer. Sientes su boca tibia entre tus piernas; con la mano derecha mueves su cabeza de arriba a abajo sin ternura, sin remordimientos. Nunca habías querido ser lo que eres ahora: un insensible cabrón que busca únicamente coger y satisfacer sus gustos y necesidades. No te remuerde la conciencia pues sabes, aquél espantoso adefesio con quién estás piensa de la misma manera. Te valen sus sentimientos, de la misma manera a él le valen los tuyos, rectificas. Transcurre el tiempo, ni idea tienes de cuánto ha pasado desde el comienzo. De repente una sandez te azota, igual que lo haría un látigo inquisitorio. Desde hace mucho quería hacerlo contigo, se atrevió a decirte. Con todo y que le tienes mamándotela, caes en la cuenta de lo terrible que se pondrán las cosas después. ¿Cómo me lo quitaré de encima?, ¡Está por llegar mi cuate!, piensas. Justo cuando el placer aumentaba, la realidad te da una cachetada tele novelesca. Tu vida es tan triste y estás tan desesperado que has llegado hasta aquí. Cierras los ojos y te imaginas frente al espejo: pálido, desnudo, lleno de heridas en el corazón. Te inauguras hoy como tirano, tirano de sus propios terrenos. Tu amistad, con quien en principio ibas, no volverá a ser igual.  ¿Quién es el espantoso adefesio ahora? Justo como lo habías predicho por la mañana, la lujuria se apoderó de ti. “Y por favor, que la oportunidad de pasar a los menesteres amorosos, pasionales o carnales se dé pronto. Neta, esto urge. Puedo caer sumamente enfermo de lujuria si no encuentro solución a mi temporada de horror.” ¿Horror?, el que te espera ahora. Te sietes tan asqueado y culpable… Tiemblas de miedo. Lo más escabroso es que no te arrepientes. La culpa, el asco y el malestar en general lo provocas tú y no él. Desde los rincones más sensibles del alma sientes dolor. Insoportable dolor. Caes en la cuenta de tu error y paras todo en seco. Se sorprende y te mira desconcertado. Lo único que quieres es salir de ahí antes de que llegue a quién ibas a buscar. Demasiado tarde. Se encienden las luces del pasillo que está fuera de la habitación. Es tu amigo. ¿Podrás seguirle diciendo de esa manera, amigo? No paras de preguntarte ¿cómo saldrás de esta? En chinga te vistes, mientras lo haces recuerdas haber dejado tus cosas en otro lugar, si las ve descubrirá que eres tú. Ese no era el reencuentro que imaginabas. Ya vestido, con el rostro rosado, las manos frías y los ojos bien abiertos esperas un momento detrás de la puerta de la habitación para salir corriendo cuanto antes. No importa más nada, quieres huir. Sin hacer un solo ruido los dos, el horrible chaparro y tú, esperan agazapados como de película cómica gringa, las risitas cínicas les salen de la boca. ¡En tu puta vida permites que suceda algo similar! Les prometes a todos tus dioses. Al fin, tu cuate abandona el lugar y sales caminando aprisa. El imbécil al que dejaste dentro dijo al filo de la puerta: ¡Regresa cuando quieras!, ¡Si pendejo, regreso mañana!, dijiste sarcástico entre dientes al salir. Por inercia caminas a la derecha y ¡OH! Sorpresa, allí está tu amigo en la esquina, esperando transporte. Notas como desde la distancia quiere ubicar el rostro de quién acaba de salir de su casa. Escondes la cara inmediatamente y giras a la derecha, te pierdes entre las cuadras de la colonia hasta salir de nuevo a la avenida taxqueña, paras el primer taxi a la vista. Llegas a casa y frente a la computadora terminas de escribir la historia más asquerosa que jamás imaginaste. De camino a casa, mil veces pasó por tu mente la escena y te retorciste de asco, de asco, de asco de ti. Estás satisfecho y decepcionado a la vez. Mereces tenerte lástima y te preguntas ¿cuanto tardaré en olvidar?, es lo único que interesa. Olvidar.  Sigues, y seguirás lamentándote de esto, quien sabe hasta cuando. Dormirás pensando en lo atroz de la situación. Vomitarás al amanecer. 030706, 4:01 p.m. No vomitaste, pero seguiste revolcándote de asco. Cínicamente pusiste los pies a andar. Tenías ya un itinerario; decidiste seguirlo al pie de la letra. Tiempo hay de sobra para reflexionar… Sigues pensando en ayer, en el largo proceso de horas y horas que coincidió con el proceso electoral. Al igual que los resultados del segundo, los del primero continúan en ascuas. No te arrepientes, eso está claro. Sigues adolorido, mentalmente fue agotador, el cansancio se apodera de ti y vez nubloso. En fin, ya paso. Supones: de alguna manera el tiempo se convertirá en tu único y mejor aliado; dejarás pronto de preocuparte. Mientras, tragas saliva amarga con cada recuerdo recurrente. Prometes no atormentarte y simplemente reconoces los nuevos límites en tus relaciones personales. Esperas con fé, con una fé similar a la católica devota, que jamás se modifiquen de nuevo. 170706, 12:04 a.m. El asco probablemente nunca desaparezca, tendrás que lidiar con él. Por la ventana se filtra luz del sol, está todo en silencio. Saltas de la cama, tres pasos sobre el suelo frío terminan por despertarte. Vez en el espejo un reflejo que te atormenta y deleita, es el diablo. Corres a escribir sobre la cautivadora personalidad del diablo: “He llegado a la conclusión de que estoy loco. Loco de lujuria, loco de tristeza, loco de angustia, loco de mí.”

Hace un chorro de calor. El agua de mi cantimplora está tibia y así no me gusta. La frescura de las congeladas de limón ya pasó desde hace rato. Quisiera llegar rápido a la casa. El camino tan largo de todos los días me amodorra, por suerte no es miércoles, si no mamá estaría arrastrando al Enano por las calles y limpiaría mi baba de la ventana del camión. Ojalá se acorte el camino un día para así llegar luego luego a ver la tele. Aunque ni puedo verla porque mamá me pide ponga la mesa para cenar, o saque la basura de la cocina, o tienda mi cama. Y eso si papá no está, porque si está pide los cuadros, o las fotos, o los recortes, o las tarjetas. Hoy, apenas lleguemos todos y baje del bocho, iré a mi cuarto. Ya sé, a esas horas de la tarde siempre me da hambre, pero no quiero hacerla de mesero en la cena o de corre, ve y trae de papá. Me gusta cuando practico mis letras, cada día están más bonitas. Hubiera seguido escribiendo con cursivas, a lo mejor ahora escribiría como mi prima Alyn. Se ven bien padres sus cuadernos de la escuela, aunque luego me cuesta trabajo entenderles. Voy a encerrarme nada más llegue. Cuando llame mamá subiré el volumen del radio, al fin que siempre estoy cantando las de la onda vaselina. Por lo menos haré una plana, copiaré el cuento de las ranas, me gusta tanto… Dice la maestra Gaby -Te sale bien, pero la letra bonita no te pasará de año-. Me cae mal, sólo hace caso a Luis y las niñas de la primera fila. Pero me vengué cuando fuimos al campamento de aplicados. Para ella no lo soy, por eso no me dio un permiso como a los demás. Se puso frenética cuando supo que fui con la directora a abogar por mí mismo. Y como tengo buenas calificaciones me dio la razón. Soy un buen alumno. Tengo muy buena conducta, hasta me paso de repente. Me agarran de mascota del salón y con tal de no hacer problemas dejo hagan y deshagan. La maestra Gaby nunca lee mis historias, solo le importan las sumas, restas y multiplicaciones que le entrega Luis y las niñas de la primera fila. Si les diera un vistazo a mis historias… A lo mejor no son tan buenas, a veces cuando las leo no les entiendo, pero a veces. La niñera de las tardes en la escuela ha de pensar que estoy loco. Mientras todos juegan a brincos, patean las mochilas, avientan papelitos mojados al techo, les alzan la falda a las niñas o juegan a guerritas de groserías, leo mis historias sentado en una esquina del salón. Nunca doy lata hasta sentir el golpe, recibir mentadas o algo parecido. Tanto al Enano como a mí nos tienen bien fichaditos en la dirección: a mí como víctima, a él como agresor. Ni creen que seamos hermanos. Me queda un coraje dentro cuando eso pasa, ni chillando se me quita. No deberían llevarme a la dirección, se me pone roja la cara de vergüenza cuando piso esa oficina. Por eso me gustan mis historias, en ellas puedo ser yo quien los hace sufrir a todos. Al ratito en mi recámara, terminaré la historia del sándwich vengador. Se la voy a regalar a Marisol cuando termine de escribirla. Marisol es una de las niñas de la primera fila, de cara luce tierna e ingenua, pero es traviesa como ella sola. Todos la conocen por maldosa, el otro día sacó de mi mochila mi sándwich de jamón. Lo pisó hasta el cansancio y luego lo guardó de nuevo en su lugar. A la hora del recreo, cuando saqué el lonche, encontré el chiste. Y con tanta hambre me lo comí, eso fue lo peor. Cuando le conté a mamá se puso furiosa y me pegó un zape por sonso. Le tengo miedo a Marisol, siempre se sale con la suya por su cara bonita. Y como no me gustan los problemas… Por eso hago la historia del sándwich vengador, un emparedado tan pero tan grande que la aplasta contra el suelo una y otra vez. Aún no sé porqué la aplasta, pero de que lo hace, lo hace. Al fin llegamos. Voy a tomarme un vasote de coca y me encierro.  

Nota: Cuento realizado a raíz de la lectura de Este que vez de Xavier Velasco.

Tengo cinco novelas inéditas en el archivo. Ninguna ha sido leída por el populacho aunque muero de ganas porque así sea. Los editores me mandan al carajo, a nadie le importan las ficciones de un viejo. En sueños, un príncipe gallardo y barbón me aconseja no abandonarme, -sigue el placer de escribir-, me dice. En realidad estoy cansado e inundado en papelitos. Harto de enlistar datos para el periódico. Desde mis quince, no hago más que historias de lo inmediato. Esas sí las publican. Para mí son subliteratura.   Hago buenas crónicas, lo reconozco. Pero si no las hiciera habría muerto de hambre. Papá me enseñó a hacerlas. Aún recuerdo su mirada apasionada, observaba al torero lidiar con algarabía. Tauromaquico fue, esa era su pasión.  Me encuentro hastiado de personajes absurdos, tan absurdos como yo por cobardes. Crónicas malditas, enviciadas por hambrunas, pestes, robos, secuestros, muertos, drogas y dinero. Lamento hoy el derroche de tiempo, tanto como a la inversa gusto por los maricones, amigos entrañables, de mis ferias y parrandas. Nunca sentiré nostalgia por mis letras sucias de ayer, aunque de sabios y usanzas me impregnaron. Tirado estoy por la pesadumbre, deseoso de verme a letra de molde en la portada de una de mis ficciones. Más por el goce de compartir mi prosa, menos por la vanidad de saberme actor del campo literario. Atado a sueldo cierto esas letras me llenan la panza. ¡Malditas y fronterizas historias de lo inmediato! Apartaron la pasión y agotaron mis fuerzas de seguir luchando. Entre el periodismo y la literatura están atrapadas y deseosas de brincar el charco. Ahí se quedarán, no son más que aspiraciones. Xavier grande siempre demostró necesidad por ellas, las amó tanto o más que a mamá. Amenazó alguna vez, -Xavier, hijo, cuando crezcas serás como yo-. Y lo soy, pero desdichado, pues mi pasión es otra.

Reflexión. Xavier Dúlec, 22 de agosto 1985.

Nota: texto ficcionado a partir de la lectura de Historia de lo inmediato de Renato Leduc.

Para seguir la tradición, esta tarde tomaré café en el centro, pero hoy, a diferencia de otros días en que la dedico a las páginas de un libro o la remembranza de mi mal de amor, engalanará la mesa un gran maestro. El jefe indicó la semana pasada, lee Primero lo pobres y hablas con Ortiz, quiero la entrevista en mi escritorio el 7 de mayo a primera hora. Iré a Jekemir, cafetería contemporánea sobre la calle de Bolívar: encantadora, sencilla, de ambiente trovador y buen café. La charla se adornará con el atardecer, mientras en sol caiga del cielo y sus rayos cenitales inunden el lugar. Imperfecto lugar para una charla igual de imperfecta. A pesar de tener presente la obra, no sé por dónde empezar la conversación. Impone la idea de tenerle frente, todo culto, engreído; al menos esa impresión dejó su escritura. Poco más de una cuadra falta para llegar, buen tiempo llevo, pretendo ser yo quien espere su arribo. Qué tipo irreverente, igual le da escribir en primera, segunda o tercera persona… Tal vez iniciaré hablando de la descripción que hace del México actual: gris y cruda, o mejor del significado que tienen las fronteras para él. Aún no sé y ya debería saberlo y, es que con tan desmesurada muestra de erudición no hay por donde llegarle. 

Justo en la entrada de la cafetería, un pordiosero derrumbado pide limosnas, lleno de mugre, pestilente, con la mano extendida al cielo y la cabeza agachada entre las piernas, viste de negro. ¿No encontró mejor lugar el día de hoy? Demasiado tarde para cambiar de lugar la cita. Un vistazo de reojo y ya; hay poca gente en el lugar: una esquina con la mesa imperfecta, el servicio listo y suficiente espacio. En ella sentado está Federico, esperando mi llegada. Una mueca inconforme dibuja mi rostro, prefiero no llegar tarde. Apenas me percato y llama mi atención otro detalle, un parpadeo otorga el beneficio de la duda. Desapareció de la mesa y volvió a aparecer, debo estar loco. -Lamento llegar tarde-. Tomo asiento justo cuando Miguel, el mesero de siempre, pone sobre la mesa una taza de café americano, taza con la que inauguro normalmente la mesa. El rubor en mis mejillas no esconde la vergüenza, llegó con tiempo suficiente para ordenar. Agradecí e inmediatamente pregunté por qué solo una taza. –Yo no tomaré café, por favor, da pie a la entrevista-, dijo sereno sin ánimos de ofender. Sin entender, Miguel voltea un instante y sonríe extrañado. Tal vez Federico está molesto, no pretendo ahondar en ello y comienzo a hablar, no sin antes poner su libro sobre la mesa, abierto por la mitad.  

-Una sola cita será insuficiente para charlar sobre tu obra, por eso abordaré aspectos que, sin duda alguna, tus lectores querrán profundizar un poco más…- -No pienso profundizar, si te parece bien seré concreto-, al parecer Ortiz solo cumple un compromiso, delinea una breve sonrisa y cede la palabra. -Hablas, en tu libro, de la frontera entre México y Estados Unidos, pero la utilizas también de pretexto para referir sentidos mucho más abstractos…- por segunda vez interrumpe mis palabras. -Es la frontera, filo de la navaja de nuestra existencia, el lugar en que debemos situarnos para elegir hacia dónde encaminarnos y qué sentido darle a nuestra vida, sin embargo, en el ejercicio de nuestras emociones no hay fronteras, pertenecemos a una misma patria. El texto de nuestras vidas es el mismo, lo que difiere es la lectura – Acomoda su silla y mira directamente el libro. -¿Ayudará tu obra a encaminar el sentido de la vida de algún mexicano?- -La ausencia del libro es la causa del mal que invade y arruina a México…, la lectura es la mejor forma de combatir la soledad y la desesperación, porque se convierte en una conversación con uno mismo y con quienes conocen la vida: los muertos- -Entonces, concibes al mexicano deprimido y desesperado, carente de sentido de sí mismo, ¿qué podemos hacer, nosotros los mexicanos mortales, para entender nuestra propia lógica? Giro el sentido primero de la entrevista, en vista de su ególatra respuesta.  -Me he dado cuenta que en México la salvación es individual, es decir, la conciencia personal es lo único que previene al mexicano de seguir cayendo en un mundo depravado, en el universo del malLa gente cree en lo que quiere creer y ve lo que saber ver- -¿Tu libro ayudará o beneficiará la conciencia del mexicano? -Si algún bien he hecho en toda mi vida, me arrepiento desde lo más profundo de mi alma- Al terminar la frase, sórdido y sarcástico sonríe. -Miguelito Reyna, es uno de los personajes más representativos en la obra, parodia o reflejo de una figura política sobresaliente en nuestro país hasta no hace mucho… -En un país paupérrimo, tener dinero significa la salvación del cuerpo y del alma, por ello todos luchan entre sí y se matan por tenerlo: la riqueza hace la diferencia. México es un país ayuno de justicia y cualquiera que la ofrezca tendrá éxito- -AMLO, a quien parodias como Miguelito Reyna, ¿actúa desde su plataforma política de la misma manera? -La mentira más frecuente y aceptable es la que nos repetimos a nosotros mismos, y es aquí donde se inserta el poder de las ideologías- Sin dar lugar a continuar con el tema, por su actitud fúnebre y concluyente, paso a otra pregunta. Sorprendido, miro alrededor, la gente observa la escena con detenimiento; en sus rostros una extraña expresión me pone nervioso. -¿En qué medida consideras tú obra un trabajo autobiográfico?- -Quien escribe se escribe, no sólo enviándose misivas, producto de su reflexión, sino delineando, con cada letra, su alma. En la obra está escrita la historia de cada hombre, puesto que se escribe a sí misma y quien la lee, se lee- Intento descifrar la causa de aquellas miradas inquisidoras y no puedo. Insolente y, trastabillado por la inconstante entrevista, pido disculpas y me retiro al sanitario. Siguen mi andar todas las miradas, como preguntándose algo que no tiene respuesta. Frente al espejo del baño, miro mi rostro pálido, deslumbrado por el atardecer. Permanezco un segundo de pie frente al lavabo, respirando profundo para calmar una estúpida sensación de incertidumbre, para luego regresar a la mesa. De nuevo, en mi andar de vuelta, las miradas me siguen. Procuro ignorarlas y volteo en dirección a la mesa en que espera mi interlocutor y veo… Incrédulo abro bien los ojos, no está. ¿Se fue? ¡No debí pararme al baño! Insolente, ¿Quién se cree que es? Cambia mi semblante a un rojo enfurecido. Ni rastro de él, nada. Tomo asiento y llamo a Miguel, seguro él sabrá decirme lo que ha sido de Federico. -Dígame, joven. ¿Otro cafecito?-, pregunta el mesero. -No, mejor dime a donde se fue la persona con quien estaba- -Joven, con todo respeto. Usted no estaba con nadie, ha estado hablando solo, ¿se siente bien?-. Sonrió burlón el estúpido mesero. -¿Cómo que no? ¿Qué no me viste? Hace unos instantes lo dejé mientras iba al baño y…- -No, usted llegó solo, lo reconocí desde la calle, pensé que vendría por el americano de siempre, por eso lo serví sin que lo pidiera. Si eso le molestó, ruego me discul…-. -Déjalo ya. Seguro no lo viste, tráeme la cuenta por favor-. Doy sobre la mesa un golpe de coraje y la cucharita vibra temerosa. Miro sobre el libro abierto una cita subrayada, acompañada de un papel con una nota. La cita dice “Estar enamorado es un caer en el otro o en la otra y, por lo tanto, es un olvido de Dios; por eso el demonio se vale del deseo para apoderarse de hombres y mujeres, pues el bien y el mal están dentro de la persona, no fuera de ella”. Y la nota que le acompaña, firmada por Quesada anuncia: “No olvides a Dios y mira lo bueno de tu propia persona para hacer el bien”. Salgo, desaforado de coraje después de pagar la cuenta y, el soberbio sol me guiña un ojo. En ese preciso instante escucho una voz que me grita, ¡Pinche Dios, te olvidaste de nosotros, parece como si el diablo nos hubiera manoseado! Apenas me percato de la voz y llama mi atención otro detalle, ahora el guiño otorga el beneficio de la duda. En lugar del pordiosero está Federico, con la misma apariencia, pestilencia y vestimenta, pero con otro rostro, el rostro de Ortiz Quesada. Muerto de miedo camino en dirección a la nada con la mirada al suelo y, veo sorprendido la portada del libro que llevo entre las manos, el libro de quien juro estaba conmigo, Primero los Pobres, bajo la firma de otro ¿o del mismo? Federico Ortiz Quezada

Nota: en el título original, la palabra “cita” está escrita con itálicas. 

 

Lo escribí…

01May07

28 de abril, 2007. El placer de verborrear estos sentimientos, el que desde chico me tiene atado a la disciplina y produce inigualable sensación, me dejó otra vez hecho trisas. Sí, fue él y nadie más. Arrepentido estoy, cedí a mis ganas incontrolables por describir, lloro hoy de hastío las letras de ayer. Oscar Wilde trajo la respuesta: “El cuerpo peca una vez y acaba con su pecado, pues la acción es una especie de purificación. Nada queda entonces sino es el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un arrepentimiento”. Disfruté plácido imaginar, ilusionarme. Soy víctima de mis pecados, de mi purificación. Lo juro, el desvanecimiento de mis ilusiones es causa inequívoca de mis ansias por escribir lo sucedido. Porque sabía, si contenía otro poco las ganas, una mágica consecuencia inundaría mi alma de alegrías. Las siguientes líneas son la prueba de mi estúpida necesidad: 27 de abril, 2007. Traté de ignorarlo. Rompo la promesa. La ilusión de hacerse un nuevo amor es más fresca y revitalizante que una ducha matutina en primavera. José Juan Pablo Chávez González, escribirlo no me había dejado. Cruzó por mi cabeza la idea de conservar virgen, inmaculada, intacta la ilusión primera de nuestro encuentro. Creí romper con el encanto, romper con él. Él, de piel clara, como leche tibia con canela; ojos grandes color miel, largas y separadas pestañas, negros e insolentes abanicos de belleza; sonrisa de príncipe, carnosos, suaves y sublimes labios rosas, brujos labios rosas adornados por hoyuelos en las mejillas. Deja ver entre ceja y oreja, destellos de su varonil juventud. Poco más alto, de pasos lentos como si caminara sobre almohadas de algodón. Tierno, honesto, encabronadamente seductor. Atento, preocupado por su primera apariencia, dejó correr a caudales las palabras de mi boca. Soportó mi interminable degenere verbal y, luego en la oscuridad, de vuelta a casa después de un excelente día; día sobremanera iluminado por delicias de una cafetería antiquísima en Tenango del Aire, besó mis frágiles y ávidos labios. Besome sobrenatura apasionado. Escuché los latidos de su corazón acelerado, sobresalto de ilusiones contenidas. Lo besé como solo yo puedo hacerlo, lentamente dibujé en su humedad mi calor agotador, calor que sucumbe desde siempre mis entrañas. Besos nunca antes disfrutados, mucho menos planeados, sí esperados en cambio, me convierten en víctima de mis propios anhelos. -¿Por qué las cosas buenas terminan rápido?-, preguntó ingenuamente mientras miraba mi nariz. -Tal vez vale la pena intentar, alguna vez y de la mejor forma, que no suceda con nosotros-, respondí sereno. Deposito entonces la esperanza en aquel varón de facciones alegres. Dejaré en sus manos el poder de atraparme al vuelo y guardarme como su tesoro más preciado. Yo, ya estoy del otro lado, una vez más. Atrapado en mis propios territorios, espero algo más, no una simple y desabrida correspondencia virtual. 28 de abril, 2007. “El único modo de salvarse de una tentación es ceder a ella…”, sin duda Wilde sabe. Mi salvación ayer la encontré vomitando letras del domingo. Cedí a la tentación de escribir, destruí el destino. Mi salvación no está por ningún lado, transformo lágrimas en estornudos y retengo las ganas de tirarme al llanto. “El reprocharse a sí mismo es un lujo. Al censurarnos nosotros mismos, tenemos la sensación de que nadie tiene ya derecho a censurarnos. Es la confesión y no el sacerdote, lo que nos absuelve”. Sin duda, hay amores imposibles de coartar, esos que te llevan de la mano hasta el sitio de tus delirios y prometen perpetuar pensamientos. El  mío sigue y seguirá, esclavo de mis ganas, sin importar nada más. Amante, seré fuente de placer a cada golpe en el teclado, a cada letra moldeada. Mientras, tambaleando palabras, derrumbaré sentimientos.