Archive for the 'Cartas' Category
Nos hace daño tu ausencia
Cuarta carta a la beba Pintor
Hace apenas un mes llegaste al mundo y comienzas a pagar ya el precio de vivir. Los doctores dicen que pudo ser cualquier cosa, el agua con que te bañan, las mamilas, tu ropa, un beso mío, o de alguno de tus papás o abuelos. Dice mamá que has cambiado. Te vio más lisa y clara la piel. Tiene razón, los bebés cambian rapidísimo con los días. Cuando dejé de verte había granitos en tus cachetes, aún no te acostumbrabas a las fibras de tus prendas. ¿Sabes? Tu abuela Juana es muy sensible. No soporta verte así. Hoy llegó más frágil. Escuchó tu llanto en el hospital. Una enfermera inexperta lastimó las venitas de tus manos. Llevas ahí una semana. Todos te extrañan. Tus papis no han dejado de velarte el sueño. Tu mamá no se despega de ti, tu papá corre a todas partes para acercar lo necesario, hacer trámites y demás.
Nos hace daño tu ausencia. Tu papá y yo necesitamos tenerte en casa para no pelear. Es una larga historia y no quiero aburrirte con ella. Ve tu carita nos calma los humos. Digo que nos hace mucho bien tenerte en casa, apapacharte, alimentarte, cambiarte los pañales sucios y arrullarte hasta dormirte. De otra manera estallamos en llano y golpeamos las puertas hasta hacerles hoyos, no insultamos. Alíviate pronto y ayúdanos. Te amo, Ale. Todas las noches rezo por que se cure la infección de tu pancita. Sé fuerte.
¡Hermoso regalo de Reyes!
Tercera carta a la beba Aleida Pintor Chávez
05/01/08
Nunca imaginamos que tardarías tanto. Todo empezó hace aproximadamente veinticuatro horas. Tu papá llamó para avisarnos, tu mami había empezado labor de parto. Brincamos de emoción. Faltaban pocas horas para tu arribo. Como es común en estos casos, esperamos, esperamos y volvimos a esperar. Como a las nueve y media de la noche de ayer, tomamos camino al hospital materno de Milpa Alta, una de las delegaciones más grandes y alejadas del centro de la ciudad.
Tu abuelito Jaime se quedó en casa porque había trabajo por hacer. Pensaba que de cualquier forma no se perdería tu llegada, tenía razón. Nos tenías harto pendientes. Nos sorprendimos mucho cuando, al llegar, vimos a tu mamá súper calmada. No parecía estar por parir. No sentía ningún dolor, los médicos la habían regresado a casa. ¡Ah, que criatura tan rara! Jamás dio lata durante el embarazo, y ahora se hacía del rogar para respirar por la nariz. Esperaba tal vez la alfombra roja.
Déjame contarte bien qué sucedió. Por la tarde de ayer, cuando tu papá nos llamó, ya habían ido al hospital a revisión. Le dijeron a tu madre que tenía cuatro centímetros de dilatación. Según el informe no tardabas en nacer. Tus papis regresaron a casa de tus abuelos maternos para preparar tu ropita y dejar pasar el tiempo. Y tu mamá andaba y andaba, esperando que de un momento a otro avisaras tu inminente llegada. Pasaron tres horas, las recomendadas antes de regresar al hospital. Por supuesto, tus padres y abuelos maternos llegaron antes.
Cuando tu abuela Juana y yo llegamos, tu mamá estaba en otra revisión de rutina. Debo decir, todos tus abuelos lucían extraordinariamente emocionados. Y tus abuelos maternos parecían estar cansados. Seguro los agarraste después de una ardua jornada de trabajo.
Salió tu mamá del consultorio como si nada. Lucía rebosante, lozana, con mucha vitalidad. Y cómo no iba a lucir tan bella y sana si es tan joven y aguantadora. Nos dio una sorpresa. La doctora había cambiado el primer informe. No eran cuatro, sino dos centímetros de dilatación. Había que esperar más. Esperamos.
Apenas llegó tu abuelo Jaime, acompañó al trío de peregrinos ambulantes (mamá, papá y tu abuela paterna) en las afueras del hospital. Recorrían el estacionamiento a paso acelerado, impacientes por verte. En la sala de espera, estábamos tu abue Gloria y yo. Pero no aguanté mucho el dolor de encías, además desfallecía de hambre: ya me conocerás, soy un troglodita.
Una hora después de llegar al hospital junto con tu abuela Juana, los estragos de una cirugía de muelas que me practicaron por la mañana, me tenía cansado, hambriento y dolorido. Salí para avisarles a mis papás que necesitaba comer algo y tomar mis medicamentos. Dejaron la peregrinación y me llevaron al centro de la delegación a conseguir algo suave y sustancioso para saciar mi hambre.
Todos llamaban para preguntar cómo iba tu mamá. No actualizábamos mucho. Llegué a pensar que nacerías ayer mismo, pero fallé una vez más en mis predicciones. Porque has de saber que no soy buen psíquico. Dije que nacerías el mismo día que tu mamá cumple años (28 de dic.) y que serías niño. Cosas en las que agradezco estar equivocado. Regresamos al hospital después de cenar algo. La condición de tu mami era la misma, nada había cambiado. Comenzamos a sentirnos impacientes, pero sabíamos que el proceso era relativamente lento. Nuca imaginamos lo tardado que fue.
Nuestra presencia en el hospital no hacía más que entorpecer y estorbar. Además no todas las personas ahí celebraran como nosotros. Había que darles espacio. Regresamos todos a casa nuevamente. Habían pronosticado nacerías hasta hoy. Así fue. Debiste nacer alrededor de las siete de la noche. Mantuviste a toda la familia en ascuas durante un día entero. Sonaba el teléfono y creíamos sería tu papá para darnos la buena noticia, pero eran los tíos y primos para preguntar qué pasaba.
El informe de tu nacimiento lo proporcionó (extraoficialmente) una enfermera que atendió el parto de tu mamá. “Es niña y pesó tres kilos novecientos gramos”. Imagino que todos gritaron de felicidad entonces. Me enteré por teléfono en casa un momento después, porque el dolor de la cirugía no me ha dejado aún, pero como seguramente hicieron ellos, yo también grité y agradecí fallar en mis pronósticos. Nena hermosa. Gracias a todos los dioses ya estás con nosotros. Y aunque no te conozco aún, sé que eres hermosa como tu madre y guerrosa como tu padre. Que llenarás de alegría tus hogares y cambiarás las vidas de muchos allegados.
Aleida. Así te llamarán tus padres. Es un nombre lindo. Tengo muchísimas ganas de verte crecer, de compartir contigo mi vida, consentirte y educarte lo mejor posible. Te amo sin conocerte aún. Te amaré siempre. ¡Al fin llegó una princesa a nuestra familia! ¡Hermoso regalo de Reyes!
Las calles están llenas de mounstritos, endiablados impúberes del averno. Ahora estoy a salvo en casa, llegué corriendo entre brujas y calacas, vampiros y calabazas gordas. No pude resguardarme bien, en el camino se vulneró mi corazón al ver tanta criatura disfrazada. Enternece verlos de las manos de sus padres, recorriendo los caminos por vanidad y riquezas. Imaginé llevarte de la mano un primero de noviembre, ataviado de pies a cabeza y eufórico por dulces. Sigo pensando que serás niño. Tus papás se han encargado de sembrar incertidumbre en la familia, no sé si podré llamarte Octavio. Insisten en mantener tu sexo en duda para “sorprenderse” cuando nazcas. ¡Me chocan! Tu tía Indira estaría de acuerdo conmigo en formar un frente reaccionario para sabotear a tus papás y conocer tu sexo, pero la veo muy poco; además sería un esfuerzo absurdo pues ya no tardas en nacer. Tus abuelos maternos acaban de irse, interrumpí un rato la redacción de esta carta para saludarlos. Don Rafael es re cotorro. Me gusta charlar con él, nos divertimos mucho. Doña Gloria es moderadamente más seria, pero igual le entra al quite en las conversaciones. Pienso que serán igual o más consentidores que tus abuelos paternos. Conforme se acerca tu nacimiento, los ánimos en casa están mejor. Nunca imaginé tanta alegría. Me siento culpable por no escribirte seguido, creía poder hacerlo. Me lo impide, sobre todo, la ansiedad de saberte cerca y mis horarios desordenados.
Hace unos días tus papás redecoraron sus habitaciones. La de casa de tu mamá y la de aquí, de tu papi. Sacaron, entre muebles y ropa, un juego de cobijas, almohadas y sábanas para tu cuna, una carreola y algo que parece una canasta portabebés. Recuerdo: un día de los meses pasados vi en la mesa del comedor unas bolsas del súper, imaginé como siempre encontrar algo para engullir. Hallé un mameluco amarillo, varios juegos de playeras y shorts, unas mini sandalias y varias mamilas. El apetito que traía desapareció de súbito cuando miré tus cosas. Me emociona la emoción de tus papás, de tus abuelos, de todos los que se muestran alegres cuando miran la panza gigante de tu madre (Gigantesca: en el sexto mes hiciste subir seis kilos a tu mami, el tamaño de semejante barrigota me obliga a acariciarla cuando la miro). ¡Llega ya!, pequeño bebé. Impídeme conciliar el sueño, oblígame a cargarte para calmar tu llanto y sonríeme inesperadamente.
Nota: texto escrito el día 1 de noviembre, 2007.
Recado a la deriva
Estos días he pensado en ti: en tus ojos tristes, tus labios rosas y húmedos, tu forje tibio y actitud ¿despreocupada?
Una contradicción me inunda: contigo quiero compartir mi tiempo, conocerte más deseo, besarte horas anhelo y, la distancia es el más grande obstáculo ¿Es el único?
Hoy, desperté de un sueño obseso en donde arrancabas mis ganas con la punta de tu lengua y susurrabas secretos en mi obligo mientras salía de tu boca un soplo de esperanza.
Y del sueño quedé sorprendido, aturdido. Mi fetiche era tu boca, y casi lo es desde el primer beso. Tu boca, tu boca, tu bendita boca rosa y suave, mojada.
Descaradas, mis letras llegarán a ti, dejando una estela perceptible de seducción. Tus ojos pasaran inquietos encima de cada una, y dejará correr tu sangre un escalofrío de ansiedad.
Te deseo, y quisiera de ti salieran las más perversas propuestas. Y no salen. Por eso helas aquí, a flor de piel, echadas en cara, obscenamente frescas y cariñosas. Llámame para tenerme entre tus brazos, besarme los labios tembeleques y hacerme el amor sin prisa y con pasión animal.
Inocentemente pienso, ya lo has hecho, de tal modo que sabes los movimientos justos y las miradas comprometidas; para después perdernos en la incertidumbre del futuro: ¿y ahora qué sigue? Seguirá o no, así es este juego.
Te ofrezco seriedad y diversión, ardor y religión, libertad y sentencia. Hasta la complacencia por ser tu cómplice; sólo por andar contigo, en secreto o no, para hacerte feliz.
Besos Furtivos de Cabaret:
Sin poder evitarlo he pensado en ti como loco. Cierro los ojos y ahí están las luces de colores, el delicioso calor, el pop estridente y el vaho de tu boca. Tu boca, tu boca, tu boca. Húmeda, entreabierta y entrecerrada. Tu boca: sobre todo el espacio minúsculo que une tus labios, curva delicada de placer. Tu boca, bajo esos ojos con pestañas de perro triste y mirada distraída (retraída).
¡Carajo! Tiempo me sobra para pensar en tu boca. Porque esa boca excepción fue más mía que tuya esa noche, regalo inigualable entre detalles de compromiso. Y neta no quiero el recuerdo, sino la gloria de besarla siempre. ¿Quieres?
Y cómo no pensar en tu boca cuando me la diste toda; junto a tu cuello de sal, tus manos turistas y tu cadencia pélvica. Y cómo pensar en otra cosa si el lugar completo se esfumó apenas tocaste con los tuyos mis labios. Y ya para cuando el tercero o cuarto beso, ni mundo; sólo tus dedos en mi espalda baja, el ritmo suave de tu lengua y el sabor tórrido…
Ay, Godinez Amilpas. Me dejas, las noches posteriores hundido en el recuerdo y las ganas. ¿Te quedaron ganas y recuerdos? Dime.
De cabeza puse mi habitación, todo saco y acomodo, todo quito y olvido, todo tiro. Seis latas de pintura: azul, blanca y hueso; visitan mi aposento en espera de quedarse para siempre a vivir en sus paredes, todas en gama armónica con los colores de muebles, telas, piso. Y todo porque necesitaba pensarte menos. (Léase MENOS, no dejar de pensarte). De ahora en adelante, cuando mire mis paredes vendrás a mí entre flashes y bets. Y cuando te vengas, quiero que te quedes.
Ahora eres tan pequeño que pareces de juguete, estas entre los doce o quince centímetros de largo. Vives dentro de tu mami, bajo el adorable cobijo de un líquido tibio que saboreas cuando te chupas el pulgar. Aún no sé si eres el o ella. Me enteré de tu existencia hace un par de meses y, no había tomado valor para escribirte. Pero cada día me doy más cuenta de tu inminente llegada, nos tienes emocionados, llenas nuestros corazones de ilusión. Era imposible dejar pasar más tiempo sin dedicarte unas líneas. En el mundo que estás por conocer, te esperamos, bebé: con tanto orgullo que no cabes todo en nuestras mentes. Incluso ahora me siento poco capaz de escribir para ti, eres tan grande para nosotros, para mí… siento mis palabras poco dignas de tus latidos. Hace un par de días te vi por primera vez. Puedo jurar que sonreíste, era una sonrisa inocente, ligeramente detectable. El ultrasonido del tercer mes nos dejó conocer tu primera habitación: desde acá luce toda gris, pequeñísima y plana; también tus movimientos inquietos y la forma indefinida de tu cuerpo. Te imagino flotar sin prisas en el vientre de tu madre, rodeado por una luz rosácea que invade tus pupilas en desarrollo. El video de aquél ultrasonido dura apenas unos minutos, tiempo suficiente para sacarme a cachetadas un río de lágrimas. Con una mano en el rostro y otra en el corazón, te miré, un tanto incrédulo. Ya pienso en como serás: el tamaño de tus ojos, la firmeza de tus gestos, el color de tu cabello y piel, lo chata de tu nariz. Casi te sueño decirme, chiqueado por mis consentimientos, -Tío Isra-. Sin duda, el día que lo hagas, el día que de tu boquita salgan esas palabras puras, lloraré sin pudor y llenaré de besos tu carita de ángel. Te espero con tantas ansias como tus mismos padres, serás para mí como un hijo propio, aunque me arrebaten celosos ese título. Tal vez en el futuro tengas primos, pero eso es poco probable, te tocó un tío rarísimo. Sin embargo, tus amiguitos y amiguitas morirán de envidia por tener un tío como el tuyo, ya lo veras. Te espera una familia sensacional, llena de neuróticos, comilones, bebedores y dicharacheros: todos unidos, justos para los momentos “kodak” (buenos, malos, felices o tristes). Tendrás sólo dos tíos consanguíneos: la hermana de tu mamá y yo. Pero estás lleno de abuelos, tíos-abuelos y tíos lejanos. Te tocará crecer entre pura gente grande. Pero eso tiene sus ventajas. Serás tan consentido como tu padre, romperás su record. No sólo a tu merced tendrás a papá y mamá para complacer tus deseos, atrás de ellos, un ejército de empalagosos espera darte todo, además de hostigarte de amores. Ojo con tus abuelos paternos, sácales el mayor provecho: tu abuela Juana es sensacional, ya dejó de gritar como lo hacía, aprendió a negociar con bebés cuando dirigió un kinder; y tu abuelo Jaime sabe jugar a todo, es fan de proporcionar cosquillas e inventar voces chillonas. Creo que tus abuelos son los más contentos. Tus papás andan como en otro planeta, llegaste sorpresivamente a sus vidas, no por eso menos querido y deseado. Tal vez en breve reaccionarán. Mientras tu papá Iván hace lo imposible por juntar lo suficiente para darte la mejor de las bienvenidas. Él quiere que nazcas hembra, tu mamá por otra parte desea seas barón. Esa opinión está dividida entre familias. Los Pintor queremos nombrarte Camila o Lluvia o Renata o María Fernanda o qué se yo los nombres locos que tu padre ya ideó, más los de la lista de tu abuela Juana. Pero tu sexo no es importante, es apenas nuestro capricho: como nunca tuvimos una nena en la familia, guardamos la ilusión de verlo realizado. Si naces barón, tu papá decidió (eso dice ahora, quien sabe si cambie de opinión después) llamarte Octavio. Le regalé el nombre y, digo regalé porque estaba destinado para mi hijo, en caso de tenerlo y tenerlo barón. Como esa posibilidad es lejana, sin pensar mucho lo cedí para ti. He de confesarte, aunque me remuerdan las ganas: cuando te pienso, te veo barón. Desde la noticia de tu arribo, inevitablemente te imagino barón. Según las cuentas, nacerás a fin de año. Tal vez serás nuestro regalo de navidad. Y si fallan, nacerás los primeros días del próximo. Probablemente el día en que nació tu abuelo Jaime. Antes o después no importa, será en fechas significativas para nosotros. Bebé, morimos por tocarte, acariciarte, besarte, escucharte… Nos tienes en la palma de tus maños minúsculas. Esperamos impacientes tu llegada. Crece tranquilo entre aguas saladas, siente profundo el amor de afuera, ese arrollador, ese cínico y maravilloso que te rodea. Ven, acá nos haremos cargo de ti mientras lo necesites y, te educaremos libre, autónomo e independiente. Capaz de ti y de todo. Sin esperar nada a cambio, disfrutando el placer de sentirte crecer a nuestro lado.
Llámame…
Me la pasé excelente contigo. Lo confirmé, me gustas… y un chorro. Pero eso no está bien. Puede producir problemas. Y sé perfecto cuál es tu situación actual. No quiero interferir en ella, al menos no de manera negativa. Por eso te pido que no me llames más, al menos no para encontrarnos como hasta ahora lo hemos hecho. Las reglas del juego eran clarísimas y justo ayer, durante nuestras horas furtivas, dejé de respetarlas. Sentí quererte cuando me refugié en tu regazo. Pensé en conquistarte cuando me viste a los ojos.
Eres un ser maravilloso, valdría bien la pena luchar por una persona como tú. Estoy celoso de Jorge. Lo repito, es una lástima haberte conocido ahora, a tres años de relación con quien parece cumplir “casi todas” las características del hombre con quien deseas pasar el resto de tu vida.
Como una excelente Pretty Woman (mujer bonita, como la Robert´s), nunca debí besarte, porque en tus labios encontré mi perdición. Podemos ser amigos del fandango, pero del fandango a la veracruzana, con torito en mano hasta empedarnos de dolor y desamor. O en su defecto, amigos de tragos coquetos en un antro “buena onda”, de esos cuates sin pretextos de horas ni chismes de pasillo. Sincerotes.
Aún no me duele decirlo, por eso lo digo. No vuelvas a llamarme para hacer el amor. Porque no lo haré otra vez. No, porque eres tan bueno, complaciente y encabronadamente seductor: de sonrisa inocente, movimientos lentos y mirada certera que, me derretiré de amor en un dos por tres. Y no soportaré otro declive, otra derrota, otro rechazo. Podría amar a alguien como tú con tanta facilidad…
Ahora me siento fuerte para decirlo, aunque suene ególatra. Discurso del pendejo más pedante y subido que jamás hayas conocido. Mejor veme así, y no como el niño inmaduro e inexperto que perdió el control en el juego del sexo. Me quedan dejos de conciencia, todavía puedo alejarme, y lo haré con tranquilidad, sin heridas.
Llámame en cambio si decides cambiar de aires, si un día caes en cuanta: “lo que tengo y comparto con aquél, centro de mi vida, no era lo que siempre he deseado (en todos los aspectos)”. Llámame, si necesitas depositar tu humanidad en la mía, y crees encontrar en mí más allá del deseo perentorio de una mañana, tarde o noche de aventura.
Ahora, antes de sentir arrepentimiento me voy.
Tuyo, en la cama un mañanero y una tarde de primavera.
| ||
Activismo LGBT
Literatura
Podcast Directory
Radio














