A primera vista (parte 1)
A Luis Zapata, si de eso se trata.
Si de ver se trata, aunque niegues lector tu morbo natural, se ve que Ángel toma a Sebastián por el cuello, acaricia su nuca y se acerca hasta darle un largo y apasionado beso; pregunta luego de sentirse ligeramente vigilado:
—¿Crees en el amor a primera vista?
No se escuchó más mientras sus cuerpos desnudos se fundían al calor de la noche.
Una lámpara medio ilumina sus rostros. En la habitación hay dos mesas de noche, una ventana y una silla con ropa, oscura y arrugada, por cierto.
De pie a un lado de la cama, con el cigarrillo en mano, el incrédulo de Sebastián mira al que está entre sus almohadas.
—¿Entonces fuiste tú? —cuestiona a gritos el pobre; no comparte con Ángel la sensación de pena, tal vez de arrepentimiento. Ángel le mira avergonzado. Un recuerdo tormentoso transforma su semblante y asiente lentamente a la pregunta. La culpa, a primera vista, se le ve en las rodillas deformes, en los brazos cruzados y en los labios tembeleques. Lleno de ira, Sebastián le avienta un zapato; lo esquiva y el zapato se estrella en la lámpara que ilumina la habitación. Un destello. Queda todo oscuro. Cobijas revueltas, almohadas tiradas, cama chueca y, ahora, lámpara encendida: parece que en el suelo, no sé, no se ve… qué más da. Ángel, sentado con las piernas entre los brazos y la cabeza gacha, existe a un costado de la silla.
—No puedo vivir así —sentencia Sebastián, como si aquellas inútiles palabras le devolvieran la fuerza, las ganas. ¿Fuerzas y ganas de qué? No desesperes, lector.
—Hablemos —recibe Sebastián en respuesta, ríe sarcástico.
—No mames… ¿Quién eres? ¿Con qué clase de persona estoy?… Las cosas no son ni serán así de fáciles.
Las cosas nunca son fáciles, Sebastián. ¿Alguna vez te han parecido fáciles a ti, lector? La vida perdería su sentido, sus retos.
—¿Y qué piensas hacer? —pregunta Ángel retador, al tiempo que levanta la cabeza.
Intempestivamente, Sebastián saca de entre su ropa oscura, sobre la silla, una pistola, le apunta. El coraje se apodera de él. Podría ser confusión o tal vez impotencia…
—Lo que desde hace tiempo quiero hacer.
Ángel suplica, está indefenso, se siente identificado; proyectado en Sebastián. Lo mira directo a los ojos y se pregunta cantidad de cosas; confirma eso que dicen sobre el momento antes de morir, la vida le pasa toda frente a los ojos. Al menos eso parece que le pasa a Ángel, cuando sus ojos tiemblan ante el cañón de la pistola empuñada por Sebastián.
Y neta, Sebastián deseaba matarlo. No pensaba en otra cosa, lo impedía el dolor.
Ángel se levanta del suelo estrepitosamente, golpea otra vez la lámpara. Penumbra. Un disparo.
Se ven como cualquier otra pareja recién establecida: alegres, condescendientes, quizá emocionados. Y, nota lector el quizá. Desde que terminó la película andan extraños, silenciosos. Caminan risueños sobre la acera. Ángel pasa un brazo sobre los hombros de Sebastián, éste se detiene serio y lo quita; agacha la cabeza apenado, triste. ¿Dije triste? No sé si triste, más bien parece avergonzado, o tal vez culpable.
Ángel toma una mano de Sebastián, le levanta el rostro y hacen gestos apacibles. Sostienen las miradas y se acercan lentamente hasta besarse. Cuando Sebastián siente rozar los labios de Ángel, cierra los ojos… un recuerdo, otro, otro más. ¡Ay!, lector, no sabes cuan distante está ahora Sebastián; contesta el beso, sí. Pero más por inercia que por ganas.
La recepción del cine está llenísima: la gente espera formada el inicio de las películas. Parejas visiblemente enamoradas comparten sus refrescos; niños eufóricos corren por los pasillos, padres neuróticos persiguen a sus hijos. Sebastián lo busca inútilmente. Todo es igual y a la vez tan diferente, piensa mientras ubica con la mirada la sala donde proyectan la película que verá. Fuera de ella mira una línea de gente esperando entrar; al final está un muchacho comiendo sin pudor un combo jumbo de palomitas.
Desde el arribo de Sebastián a la fila, Ángel no cambió un segundo la dirección de su mirada; el recién formado le pareció totalmente apuesto. Es un caso ese Ángel, a todos les ve, a primera vista, un algo encantador. Pero a Sebastián le vio algo más que un simple algo: vulnerabilidad.
Y si esperabas, lector, ahora leer cómo Ángel aborda a Sebastián, tenías razón:
—Llevas un rato solito, ¿esperas a alguien?
No recibió respuesta. Sebastián miró reticente al muchacho de las palomitas. Ángel intentó nuevamente:
—¿Vienes seguido?
—Cada noche desde hace dos meses…
—Cinéfilo, ¿eh?
—Me gusta el cine, sí, pero estoy aquí por otra razón.
¿Qué razón? ¿Por qué Sebastián va diario al cine? ¿No se aburre? Más y más preguntas se acumulan en tu cabeza, lector, sé paciente. Siempre vas adelante, como si pudieras manejar a tu antojo la historia, imaginando lo que, crees, sucederá.
Amable (sí, se amable y espera), Ángel extiende a Sebastián el bote de palomitas.
—No, gracias.
—Son sólo palomitas, anda…
Sebastián toma un puño y se lo mete a la boca, sonríe tímido. Más bien incómodo, tal vez ligeramente complacido. Continuó Ángel:
—Yo también vengo seguido, pero no tanto como tú.
—A mí me trae muchos recuerdos, por eso estoy aquí.
Lo que Ángel no sabe, ni tú, lector, es qué recuerdos le trae a Sebastián esas constantes visitas al cine.
—¿Amor?
Sebastián le mira sorprendido.
—¡Tranquilo!, es que tienes la pinta, nada más…
Y sí, Sebastián, a primera vista, es un enamorado empedernido. Aunque justo en este momento luzca más bien derrotado, agobiado. Su ropa oscura lo delata. Pregunta compungido si se le nota. Ángel responde en tono alegre, convencido de lograr su cometido: ligarse a Sebastián:
—Yo estoy aquí por lo mismo… ¡Mira!, ya tenemos algo en común.
La gente avanza, Ángel y Octavio entran juntos a la sala.
La asesoría con el tutor de tesis se prolongó demasiado. Resulta que Angelito es muy estudioso. Pues sí, lo cabroncito no le quita lo ñoño. ¿Cabroncito por qué? Ya lo sabrás…
Llegaré tarde a la función, pensó Ángel, mientras caminaba a prisa por la banqueta, rumbo al cine.
Si algo le choca es no ver completa una película. Llegó presuroso con el boleto en mano. Formado, entre la multitud, vio un hombre divino que comía palomitas.
El muchacho olvidó un instante su prisa y dirigió la marcha hacia él. El hombre divino miró su reloj con impaciencia. Tiene un rostro hermoso y un encanto peculiar. Sólo un loco no voltearía a verlo, concluyó mentalmente mientras la distancia entre ambos se acortaba. Ángel puso cara de Casanova. Cueste lo que cueste, ese hombre será mío, se dijo. Y es que en verdad estaba divino el hombre, es modelo de televisión, o artista, como dicen muchos.
Ay, no te hagas, lector. Alguna vez lo has dicho también.
Sintió acelerado el corazón. Le tenía de frente.
—Hola. ¿Esta es la fila para Mambo Italiano?
—Si —contestó indiferente Octavio.
Porque así se llamaba el hombre divino. Y ahora que lo veo bien, si de ver se trata, el muchacho está como quiere.
Ángel, por muy fácil que pueda parecerte a estas alturas de la historia, tiene razón: sólo un(a) loco(a) (buga o gay) no voltearía a verlo. El “algo” de Octavio no es otra cosa que su increíble belleza, seguramente coincido con Ángel.
—Vale, gracias. Pensé que no llegaría a tiempo… ¿Estás solo?
Octavio miró extrañado al joven que le hablaba, le dirigió una sonrisa simplona. Volvió a revisar la hora que marcaba su reloj y dio la espalda al muchacho entrometido.
—¡Uuuyy, perdón! No quise molestar —advirtió Ángel mientras Octavio hacía gestos de desdén y fastidio.
—Pero si estás solo me encantaría acompañarte… —insistió, pues no cavilaba perder aquella oportunidad: maravillosa, única. Tal vez es el amor de mi vida, se decía.
Porque Ángel, en todos veía esa probabilidad, todos eran potencialmente el amor de su vida. Ese Ángel, siempre tan ingenuo. ¿Ingenuo? Más bien tonto. ¿Tonto? Pero si de eso no tiene un pelo. ¿Entonces, qué adjetivo se merece Ángel en esta parte? A primera vista luce emocionado, sus ojos reflejan esperanza… Ni ingenuo ni tonto, sino todo lo contrario.
Ángel insiste:
—Veo que ya estás preparado. Palomitas y todo… ¿Pero no tomas nada? Te invito un refresco, ¿de cuál quieres?
Un instante de silencio rectificó la indiferencia de Octavio, pero Ángel no quitaba el dedo del renglón.
—Voy por tu refresco y aprovecho para comprarme algo, ahora vuelvo.
Octavio, incrédulo, le miró ir a la dulcería.
Ángel está seguro: será una excelente noche. Piensa en ello mientras toma el último turno en la fila de los dulces. Comenzaré un histórico romance, nada más y nada menos que con el más papi de papis… ¡Ah!, pero qué güey soy. Ya le ando comprando y ni su nombre pregunté… ¡Bueno, Ángel, entonces si eres medio güey! Que conste: lo dijo él, no yo… tú eres testigo, amado lector.
No acababa de pensarlo aún y un roce en la espalda le hizo despertar del ensueño, volteó en dirección a la fila donde dejó al divino; obstruyó su vista el hombre que le rozó. Ni divino ni fila
La gente había entrado ya, estaba por comenzar la película, él seguía esperando su turno en la dulcería. Con lo chocante que le resulta ver las películas empezadas, esta situación le era insoportable. Pero no importaba, estaba de por medio el “posible” amor de su vida.
Apenas pagó, corrió emocionado y entró en la oscura sala buscando al hombre.
El bullicio del lugar corresponde más a un domingo en el centro de Coyoacán que a una noche de cine. Entre tanta gente y con tan poca luz, nunca encontró al prospecto de conquista. —Para colmo el único lugar disponible está en primera fila, a un costado de la puerta de salida—dice entre dientes Ángel.
Inconforme, permaneció un segundo de pié, con la esperanza de escuchar un ¡Por aquí! indicador del camino hasta el asiento reservado para él, por el hombre divino. No escuchó nada; sería demasiado inverosímil si lo hiciera, ¿no crees, lector? Después de cómo lo trató Octavio en la fila, no era para menos. Además, y seguramente ya lo intuiste, Octavio esperaba a alguien. Por algo miraba su reloj con insistencia.
Resignado tomó asiento, con la esperanza de verlo al finalizar la película. Los créditos del inicio aparecían en pantalla. Un hombre abandonó la sala con prisa, testereó el bote de palomitas que Ángel sostenía torpemente. ¡Lo que faltaba!
En la calle, frente al cine, Ángel mira salir a la gente. Espera encontrar al divino. No le vio salir de la sala. Los minutos le parecen eternos. Por fin, encuentra lejos al guapo prospecto. Camina a paso veloz hasta quedarle detrás. ¿Podemos ver, a primera vista, en Ángel destellos de obsesión?
—¿Te vas, Divino? —pregunta impaciente.
Octavio voltea.
—Soy Ángel, no pude evitar esperarte, te escabulliste entre la gente hace rato…
El divino sonríe cansado, extiende la mano, le saluda.
—Soy Octavio, ¿te puedo ayudar en algo? —combate.
—Sí. Busco un hombre guapo para invitarle un café —respondió cínico.
Ángel siempre anda buscando un hombre apuesto para, algo más que invitarle un café. Aunque a ti no te conste, lector, pero a mí sí. ¿Qué más da? Se nota: lo que yo digo, o tú pienses, a Ángel no le interesa en absoluto. Aunque desde páginas atrás no deja de sentirse observado, le valemos madre. De repente se me escapa de las manos… y no debería, porque en este un cuento mando yo.
Mejor regresemos, viremos y miremos, si de ver se trata, lo que Octavio dice:
—Pareces simpático. Gracias por la invitación, paso. Tengo pareja.
Disculpa.
Dio media vuelta y se alejó sobre la acera. Con semblante sereno, casi afligido, Ángel quedó de pie, con la boca abierta a media oración. Octavio no escuchó, ni yo escuché…
No creas, lector, que Octavio fue grosero.
Me cae bien Octavio. ¿A ti no? Y si no, debería gustarte. Es muy educado, tolerante. Es atento, infinitamente atento… Lo que sea de cada quien, y perdona que recurra al lugar común en repetidas ocasiones, el muchacho en verdad es apuesto. Y por si esos adjetivos calificativos fueran pocos para convencerte: me cae bien, porque despreció a Ángel.
¿Qué me hace pensar de esta manera? ¿Por qué está bien que Octavio haya despreciado a Ángel? ¿Qué hace de Octavio, a primera vista —y nótese el a primera vista—, mi personaje favorito? Lo sabrás, chocantísimo lector. Cada vez falta menos para el desenlace.
Octavio espera el transporte público. A unos metros de ahí, Ángel le observa, escondido. Un microbús se detiene, Octavio lo aborda, el vehículo arranca. Corre entonces Ángel hacia la avenida, para un taxi, se sube.
—Siga ese microbús —indica al chofer.
Octavio baja durante una de tantas veces en que hizo parada el microbús. Llevaba en las manos chamarra y llaves.
A una distancia pertinente se detiene el taxi. Ángel abre la puerta del auto, avienta un billete al chofer y sale sin esperar el vuelto.
Se esconde presuroso entre unos arbustos. Desde ahí, mira a Octavio acercarse a la puerta de su casa.
Octavio busca la llave que abrirá la puerta. Alguien grita su nombre, busca alrededor. Sorprendido, aturdido y espantado (aunque te parezcan un exceso, estimado lector, todos esos adjetivos le describen), vio a Ángel correr hacia él.
—¿Qué haces aquí?
—Vine por ti.
—¿Estás loco? ¿Por qué me seguiste?
¿Que si Ángel está loco? ¡Disparate!
—No importa, Octavio. Estamos hablando de nuevo.
Coincido con Ángel, no importa. ¿Por qué habría de importar? ¿Por qué importa saberlo todo en esta historia, lector?
—Ya te dije, no quiero nada contigo, por favor vete. Ahórrame problemas…
Detendré las preguntas. Porque si no, esto se volverá una sarta de cuestionamientos insoportables.
—Me gustas, Octavio. Me gustas desde el primer momento.
Octavio le echó una mirada punzante, dudosa. Y cómo no después de semejante perorata.
—No sé qué decir. Me siento halagado, pero ya te dije que…
—Si, si. Tienes pareja. Pero no es ningún obstáculo. Sólo es un café, platicamos y…
—Estás enfermo. Adiós.
Octavio abrió la puerta de su casa y entró. Un movimiento brusco y atolondrado sacudió su chamarra, cayó su cartera al suelo. No se percató de ello. ¡Ah!, que Octavio tan despistado; fueron los nervios. No creas, lector, que Octavio es torpe.
Un segundo antes de cerrar, miró al muchacho y le pidió disculpas. Ángel bajó la cabeza en señal de derrota. Justo cuando pensó terminada su aventura, miró tirada la cartera. La recogió y sonrió.
—¿Perdón? Todavía no te deshaces de mí. Si no es conmigo no será con nadie.
Dio media vuelta y se perdió en la oscuridad de la noche. Y si no queda claro cuan loco-enfermo está Ángel, el loco-enfermo soy yo.Manigüis, contesta papacito chulo, manigüis… ¿Escuchaste, manigüis, tu teléfono…? Manigüis, contesta… Manigüis… ¡Ay!, majadera hedionda, contesta ya el teléfono, caramba contigo… Hay pobrecita de ti si no conte…—¿Bueno?… si, él habla… ¿Quién?… ¿Ángel?, ¿qué Ángel?… ¿Cómo conseguiste mi número?… ¡Déjame en paz! No quiero nada contigo, si vuelves a llamar le hablo a la policía.
Angustiado, Octavio termina la llamada y se sienta despacio en la cama. Deja el celular a un costado, asoma por la ventana y ve la calle solitaria, nada extraño…
Oculto entre unos autos, Ángel termina la llamada. —Mío, de nadie más, dice.
Lleno de dudas, Octavio toma su teléfono nuevamente y marca un número…
—Hola, amor. Oye, algo extraño está pasando…
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