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Archive for June, 2008

*

El volumen de la televisión apenas es perceptible. De madrugada, acostado sobre la cama y en pijama, Octavio escucha correr el agua en el drenaje del inodoro.

—No te escuché entrar, ¿cómo te fue en el trabajo? —sin quitar la vista del televisor, espera respuesta:

—Bien, amor. Muy atareado como siempre: redacción estuvo de locos. Detesto a mi editor, nada le parece.

—¿Ya cenaste?

—No, muero de hambre. ¿Preparaste algo?

—Cené en la calle, antes de llegar. ¿Te preparo algo o lo compramos en la calle?

—No salgas, es tarde. Buscaré algo en la cocina. Octavio se levanta de la cama, se pone tenis y abrigo.

—No te preocupes, amor, no cocines, mejor descansa. Salgo y vuelvo enseguida. Te traigo unas enchiladas suizas y compro cigarros, ya se terminaron.

—Por favor no tardes, con cuidado, gracias, nene. Sale Octavio de la casa y justo cuando agarra camino escucha:

—¡Espérate, Octavio! ¿Quién crees que era, astuto lector?, Octavio voltea asustado en dirección a la voz que llama, ve acercarse a Ángel. ¡Adivinaste! Molesto increpa:

—¿Otra vez tú? Deja de acosarme. ¡Ya estuvo bueno!

Ignorando al muchacho retoma camino, lo esquiva. Ángel, persuasivo, contesta:

—Vamos, te invito un café, o mejor invítamelo tú… entremos a tu casa —Octavio voltea de súbito, lo agarra de la camisa y, desafiante lo zangolotea.

—Si no me dejas de chingar, putito. Voy a… Provocador, Ángel interrumpe la amenaza:

—¿Vas a qué? No me digas que muy machito.

Tiernamente toma sus manos y trata de relajarlo, pero Octavio es víctima de un ataque de ira y lo empuja bruscamente, lo tira sobre el pavimento.

—Ya bájale… Nada más quiero conocerte. ¿Crees en el amor a primera vista?

—¿Dé qué hablas, pinche güey? —Octavio se jala el cabello, confundido.

—Estoy enamorado de ti, en serio…

—¿Cómo puedes estar enamorado de mí si no me conoces?

Ángel cambia su semblante. ¿Quién es Octavio para definir mis sentimientos?, piensa.

—Te conozco desde siempre, has vivido en mis sueños. Lo supe cuando te vi la otra noche en el cine.

Octavio desgañota una carcajada ante semejante declaración.

¡Hapa discursitos los de Ángel!, tiene problemas mentales, o ¿debí decir sentimentales? No sé, ¿tú qué piensas, lector?

Octavio sentencia terminantemente:

—No sé que cosas traes en la cabeza, niño… déjame tranquilo. Nada pasó. Regresarás por donde viniste y te olvidarás de mí, ¿vale?…  

Le da la espalda y se aleja unos pasos. Atrás, Ángel cae sobre sus rodillas, agacha la cabeza.

La decepción e impotencia de Ángel, en ese momento, es la misma que alguna vez has sentido en una circunstancia similar, lector. ¿Recuerdas esa vez que te viste rechazado por la persona que ataba tu atención a un poste de deseo? Igual se siente Ángel en esta parte… no, bueno, igual, igual no. Ya verás por qué lo digo…

—¡No me dejes así!, mira cómo me tienes. Sin voltear un segundo, Octavio, alzando la voz contesta: —Eres tú quien se tiene así…

Desesperado, impotente al verlo alejarse, Ángel saca una pistola de la bolsa de su chamarra y apunta.

—Detente o disparo.

¿Ahora entiendes por qué no igual, igual? Octavio se detiene en seco, voltea lento y mira incrédulo a un hombre obsesionado, desquiciado, encañonando un arma en dirección a su pecho. Voltea a todos lados. Nadie a la redonda.

—No hagas tonterías, niño. Baja esa pistola…

—Me llamo Ángel, ¡Ángel!

—Si, Ángel, perdón, perdón —grita Octavio atormentado, torpe.

—¿Crees en el amor a primera vista? ­—repitió Ángel.

—No ¡Ya baja esa pistola!, no juegues… ¡Por favor, bájala!

—Yo si creo en el amor a primera vista, lo supe cuando te vi. Te amo. Te amo como nunca he amado antes.

—¡Sale! Ya, gracias… baja la pistola y nos vamos a tomar el café…

—¿Te burlas de mí?­ —pregunta Ángel.

—No, claro que no… Si bajas la pistola te juro que nos vamos por el café y platicamos.

Desesperado, aterrorizado, incluso arrepentido, Octavio desciende hasta topar las rodillas con el suelo, llora.

—¡Baja la pistola! —Ángel se pone de pie, sin dejar de apuntar interroga —¿Lo amas?­

—¿Qué?

—Que si amas a tu novio…

—Si. Ángel dice para si mismo, agachando la mirada

—Entonces no puedes amarme. Te quiero para mí. Si no es conmigo no es con nadie. Nunca había sentido tantos  celos por una persona a la que no conozco —(y nota el tantos, porque no era la primera vez), sube la cabeza y mira de nuevo a Octavio suplicando piedad— a mí me duele más porque te amo. Quita el seguro del arma.

—Perdón —un disparo agita la tranquilidad de la noche.

____________________________________________.

Te preguntarás, lector, por qué no escribo respecto a la situación que acaban de vivir Ángel y Octavio; por qué no explico más detalles sobre sus últimos pensamientos. Sigue preguntando. No diré nada. No se puede, aunque uno quiera.

Lo que si puedo decir: apenas la bala salió por la boca del cañón el aire se perforó; un hombre dentro de la casa de Octavio reaccionó al estruendo. Poco, pero muy poco después, salió de la casa y ubicó un cuerpo tirado sobre la acera…

*

La luz que sale del televisor ilumina el borde de los muebles en la sala-comedor. Desde el sofá, Octavio mira desinteresado las imágenes aceleradas de un programa noticioso. Un bote con helado enfría su entrepierna. Una cucharita entra y sale de su boca, endulza la noche. Su pareja, que está por llegar trae ganas… Ganas de besarle, de acariciarle, de hablarle bajo al oído. Al adentrarse en casa el ganoso, después de una larga jornada laboral, entre la oscuridad y los destellos de luz que irradia la tele, encuentra a Octavio desganado, consumiendo de a poco el helado que guardó en el refrigerador una noche antes, para embarrárselo y lamerlo todo, al regresar del cine.

Cierra la puerta y se dirige a él, afloja ligeramente el nudo de su corbata, con una mano deja el portafolio en el suelo y con la otra acaricia tiernamente el cabello de Octavio. Éste, ajeno, mantiene la mirada en el televisor.

Aquel enamorado desliza, con un movimiento rápido y cauteloso, sus dedos hasta tocarle el pecho tibio y suave. Octavio conciente, pero sólo adora la pantalla; voltea de flash y besa una mejilla tibia cuando aquél agacha el cuerpo hasta quedar rostro con rostro. Y Octavio no vira, no mira los ojos seductores, no atiende el gesto dócil del hombre enamorado.  

Molesto por la indiferencia de Octavio, camina decidido hasta posarse frente a la pantalla, sonríe cuando al fin consigue una mirada cariñosa. Mata el aparato con un dedo y pega dos brincos alegres, enciende el reproductor de discos. !Bailemos¡, invita con la mirada y una mano extendida. Descalzo y en pijama, Octavio acepta, deja el helado sobre el sillón y recarga lentamente su cabeza sobre el hombro de… Seguro sabes de quien se trata. Pícaro, le dice al oído —Hoy toca, amor. Se miran a los ojos. Se dibuja una sonrisa en el rostro de Octavio.

—Que rápido, ¿no? Se fueron dos años de volada —contesta nostálgico el empijamado.

—Anda, ve a cambiarte, nos espera la película —retoma el lugar de Octavio en el sillón y engulle diestro una cucharada fría, Octavio sube a la habitación, y desde allá grita:

—¡Te amo, Sebastián! ¡Te amo, Corazón!­

—¡Yo más! —le contesta.

*

—Aún tengo unos minutos, voy corriendo al baño.

—No te tardes, está por empezar la película. Ten tu boleto —Sebastián tomó el ticket y se alejó.

Desde su entrada al cine, un muchacho visiblemente joven, mantuvo la mirada fija en Octavio. Ahora sabes, lector, a quien me refiero, se dirigió hacia él. No se percató del hombre que aceleraba el paso en dirección al baño de caballeros, alejándose de la hilera a la que él se acercaba.

La puerta del sanitario se abrió hacia el interior, entró Sebastián desabrochando cinturón y bajando bragueta. De frente al mingitorio, justo a mitad de la micción, sonó su celular, contestó.

—Hoy no, es mi aniversario… …pero te avisé ayer… No, José, quedaste de entregar ese reportaje… ¿Eso dijo? Vale. Voy para allá. Me las vas a pagar… Llego en media hora.

Terminó llamada y micción, se fue sin lavarse las manos.

Al salir, vio desde lejos la inexistencia de la fila donde Octavio le esperaba, se enojará, pensó al tiempo que urgió el paso y esquivó-rozó a un muchacho formado en la hilera de la dulcería. Sebastián entró a la sala y buscó con la mirada a Octavio entre una multitud desorganizada que aún elegía sus lugares. La película comenzaba, apareció el título en pantalla: Mambo Italiano. Gritó: ¡Octavio!, identificó en los lugares más altos, una mano familiar que le indicaba el camino.

Un inevitable ¡Shshshsh! le acompañó hasta tomar asiento. Continuaron desplazándose los créditos en pantalla.

—Llamó Juan, del trabajo, hay problemas con un reportaje de entrega urgente, el editor se pondrá peor que de costumbre…­

—Pero… es nuestro aniversario…

—Discúlpame. Te recompensaré más tarde —sonrió pícaro— quédate a ver la película y nos vemos en casa al rato. El helado nos espera.

Sebastián se despidió de Octavio con un beso en la frente y bajó a brincos la escalera. Acelerado como iba, testereo las palomitas de un joven sentado en primera fila.

¿Ahora entiendes, lector, por qué Sebastián iba diario al cine; a quien buscaba inútilmente sin encontrar?

No hace falta decirlo, pero lo haré. Pudo parecer que Octavio era mi personaje favorito. Pero no. Es Ángel. ¿Por qué?, es simple: por vivir, sentir, por atrevido, por enamoradizo, por aceptar sus errores, por continuar la búsqueda sin perder la esperanza, por añorar el amor de su vida, aunque a primera vista, parezca un loco obsesivo. ¿Pero, que no todos pensamos y sentimos como él alguna vez? ¿No hacemos locuras y decimos sandeces?

*

Recostado sobre el pecho de Sebastián, Ángel disfruta con los ojos cerrados las caricias de una mano gentil. Están tumbados en la cama. Prevalece un silencio ruidoso y reina la oscuridad en el cuarto, está iluminado a medias por una lámpara. Ángel pregunta:

—No me contestaste…

—¿Qué cosa?, se muestra desinteresado Sebastián.

—¿Crees en el amor a primera vista?

Sebastián se recarga en la cabecera de la cama, Ángel se acomoda para seguir en su pecho. Guardan silencio unos segundos, luego Sebastián se anima a decir:

—Perdí al amor de mi vida hace poco… no te lo dije antes.

—Yo también, Ángel titubea. Sebastián reacciona intrigado por la confesión. Lo mira a los ojos y se identifica con su dolor: —¿Cómo fue?

Ángel esconde la mirada y dice:—No importa, lo perdí.

Continúa Sebastián: —No creo en el amor a primera vista. Viví dos años con mi pareja y para que funcionara, antes salimos otro más… Lo perdí la noche de nuestro segundo aniversario… —las palabras de Sebastián resultan demasiado familiares para Ángel. Su reacción es de súbita sorpresa y temor —Creo en la honestidad y el compromiso. No te ofendas, por favor. Estoy aquí porque me gustas, nada más.

Temeroso de escuchar lo indeseable, Ángel pregunta: —¿Cómo lo perdiste?

Sebastián le mira tristemente, tarda en contestar…

—A Octavio lo mataron hace dos meses, todavía no encuentran al asesino. ¡Juro por Dios que si lo encuentro lo mato!  

Asustado, Ángel se aleja de Sebastián rápidamente, permanece en el extremo de la cama, serio, absorto.

—¿Qué te pasa, Ángel?

—Yo si creo en el amor a primera vista.

Sebastián le mira confundido. Lo observa detenidamente.

—Crees en la honestidad, ¿no?, Sebastián. Bien, entonces voy a decírtelo.

A primera vista, Ángel parece arrepentido, dispuesto a saldar cuentas…

No lo niegues, querido lector, siempre quisiste saberlo y ahora que lo sabes sufres incontrolable desdén, tal vez insatisfacción. Pero llegaste hasta aquí, eso puede significar que: el morbo natural es más fuerte que el amor por la lectura o, encontraste sentido y gusto por la historia…

¿Y ahora qué harás?

Ya no sé si esa pregunta se la hace Ángel a Sebastián entre dientes o yo a ti, lector…

Permanecen en silencio. Sebastián saca del buró un cigarrillo, lo enciende, da una bocanada y exhala.

El llanto, el dolor por la pérdida.

Finalmente, la comprobación de que estaba solo, de que siempre se está solo.

Tal vez intentaría no volver a recordarlo”.

Sí, tiene razón, tal vez estoy exagerando un poco. Pero todo esto desemboca en la culpabilidad, en la sensación de haber cometido errores, en la misma pregunta que se repite una y otra vez: Dios mío, ¿qué fue lo que hice mal?” 

La edad, objeto de múltiples disquisiciones frente al analista, acarrea consigo un desgarrador sentimiento de inutilidad. Aunque ha comprendido que la belleza es perecedera, aunque nunca estuvo firmemente convencida de ser bella, la conciencia de su cuerpo, de su rostro, de sus movimientos, sólo acentúa la impresión de objeto inservible”. 

…la importancia que en el melodrama adquiere el blanco y negro: estando el color más cercano a la realidad (por lo menos a la pedestre realidad de todos los días), siendo capaz de mostrar con mayor exactitud ciertos matices de la visión, el blanco y negro resulta imprescindible, cuando se trata de emociones encontradas, pasiones desgarradoras, nostalgias recalcitrantes, erupción de sentimientos o culpabilidades maternas”. 

—No, no. De eso estoy segura. Cuando es amor del bueno, te das cuenta luego luego”. 

Si no tuviera la certeza de estar viva, pensaría que los gusanos recorren su rostro”. 

La vida es un drama, comadre, por no decir otra cosa que ofendería a sus oídos. Es un drama, cuando no una farsa, y así hay que entenderla: somos sus títeres, sus juguetes; la vida dispone de nosotros como si fuéramos marionetas a su voluntad”. 

Siempre hay alguien que sufre más que los otros: el que tiene conciencia, el visionario, el que no se ciega ante la realidad, por más dolorosa o aterradora que pueda ser”. 

¡Bienvenido seas, pues, sufrimiento porque nos haces sentir!” 

Juntos cabalgan en un paroxismo de placer ligeramente mezclado con dolor, hasta alcanzar, después de enormes esfuerzos por posponer su llegada, el anhelado clímax”.

—Es que tengo que empezar desde abajo. —No importa. Yo también voy a tener que comenzar de cero. Menos mal que hemos perdido todo: así ya no tenemos nada que perder. —¡Qué profundo y filosófico es usted, mi niño!”

La locura es un asesino que anda suelto y que puede atacar en cualquier momento. Es soledad del alma y vacío del corazón expresados en una sola palabra. Es todas las ausencias, todos los desamparos, la pérdida de la ilusión. La locura es el espejo que refleja lo que no debería reflejar; es, el mundo contra uno, y, lo que es peor, la propia psique convertida en feroz y encarnizada enemiga de uno mismo”.

Los enamorados, para un espectador ajeno a sus sentimientos, suelen ser casi insoportables; pero es que viven en otra dimensión y se expresan en otro código. Por eso se hacen sus confesiones en la oscuridad, y prefieren el lugar más alejado para hablar de lo que sienten”. 

A Luis Zapata, si de eso se trata. 

Si de ver se trata, aunque niegues lector tu morbo natural, se ve que Ángel toma a Sebastián por el cuello, acaricia su nuca y se acerca hasta darle un largo y apasionado beso; pregunta luego de sentirse ligeramente vigilado:

—¿Crees en el amor a primera vista?

No se escuchó más mientras sus cuerpos desnudos se fundían al calor de la noche.

Una lámpara medio ilumina sus rostros. En la habitación hay dos mesas de noche, una ventana y una silla con ropa, oscura y arrugada, por cierto.

De pie a un lado de la cama, con el cigarrillo en mano, el incrédulo de Sebastián mira al que está entre sus almohadas.

—¿Entonces fuiste tú? —cuestiona a gritos el pobre; no comparte con Ángel la sensación de pena, tal vez de arrepentimiento. Ángel le mira avergonzado. Un recuerdo tormentoso transforma su semblante y asiente lentamente a la pregunta. La culpa, a primera vista, se le ve en las rodillas deformes, en los brazos cruzados y en los labios tembeleques. Lleno de ira, Sebastián le avienta un zapato; lo esquiva y el zapato se estrella en la lámpara que ilumina la habitación. Un destello. Queda todo oscuro. Cobijas revueltas, almohadas tiradas, cama chueca y, ahora, lámpara encendida: parece que en el suelo, no sé, no se ve… qué más da. Ángel, sentado con las piernas entre los brazos y la cabeza gacha, existe a un costado de la silla.

—No puedo vivir así —sentencia Sebastián, como si aquellas inútiles palabras le devolvieran la fuerza, las ganas. ¿Fuerzas y ganas de qué? No desesperes, lector.

—Hablemos —recibe Sebastián en respuesta, ríe sarcástico.

—No mames… ¿Quién eres? ¿Con qué clase de persona estoy?… Las cosas no son ni serán así de fáciles.

Las cosas nunca son fáciles, Sebastián. ¿Alguna vez te han parecido fáciles a ti, lector? La vida perdería su sentido, sus retos.

—¿Y qué piensas hacer? —pregunta Ángel retador, al tiempo que levanta la cabeza.

Intempestivamente, Sebastián saca de entre su ropa oscura, sobre la silla, una pistola, le apunta. El coraje se apodera de él. Podría ser confusión o tal vez impotencia…

—Lo que desde hace tiempo quiero hacer.

Ángel suplica, está indefenso, se siente identificado; proyectado en Sebastián. Lo mira directo a los ojos y se pregunta cantidad de cosas; confirma eso que dicen sobre el momento antes de morir, la vida le pasa toda frente a los ojos. Al menos eso parece que le pasa a Ángel, cuando sus ojos tiemblan ante el cañón de la pistola empuñada por Sebastián.

Y neta, Sebastián deseaba matarlo. No pensaba en otra cosa, lo impedía el dolor.

Ángel se levanta del suelo estrepitosamente, golpea otra vez la lámpara. Penumbra. Un disparo.

Se ven como cualquier otra pareja recién establecida: alegres, condescendientes, quizá emocionados. Y, nota lector el quizá. Desde que terminó la película andan extraños, silenciosos. Caminan risueños sobre la acera. Ángel pasa un brazo sobre los hombros de Sebastián, éste se detiene serio y lo quita; agacha la cabeza apenado, triste. ¿Dije triste? No sé si triste, más bien parece avergonzado, o tal vez culpable.

Ángel toma una mano de Sebastián, le levanta el rostro y hacen gestos apacibles. Sostienen las miradas y se acercan lentamente hasta besarse. Cuando Sebastián siente rozar los labios de Ángel, cierra los ojos… un recuerdo, otro, otro más. ¡Ay!, lector, no sabes cuan distante está ahora Sebastián; contesta el beso, sí. Pero más por inercia que por ganas.

La recepción del cine está llenísima: la gente espera formada el inicio de las películas. Parejas visiblemente enamoradas comparten sus refrescos; niños eufóricos corren por los pasillos, padres neuróticos persiguen a sus hijos. Sebastián lo busca inútilmente. Todo es igual y a la vez tan diferente, piensa mientras ubica con la mirada la sala donde proyectan la película que verá. Fuera de ella mira una línea de gente esperando entrar; al final está un muchacho comiendo sin pudor un combo jumbo de palomitas.

Desde el arribo de Sebastián a la fila, Ángel no cambió un segundo la dirección de su mirada; el recién formado le pareció totalmente apuesto. Es un caso ese Ángel, a todos les ve, a primera vista, un algo encantador. Pero a Sebastián le vio algo más que un simple algo: vulnerabilidad.

Y si esperabas, lector, ahora leer cómo Ángel aborda a Sebastián, tenías razón:

—Llevas un rato solito, ¿esperas a alguien?

No recibió respuesta. Sebastián miró reticente al muchacho de las palomitas. Ángel intentó nuevamente:

—¿Vienes seguido?

—Cada noche desde hace dos meses…

—Cinéfilo, ¿eh?

—Me gusta el cine, sí, pero estoy aquí por otra razón.

¿Qué razón? ¿Por qué Sebastián va diario al cine? ¿No se aburre? Más y más preguntas se acumulan en tu cabeza, lector, sé paciente. Siempre vas adelante, como si pudieras manejar a tu antojo la historia, imaginando lo que, crees, sucederá.

Amable (sí, se amable y espera), Ángel extiende a Sebastián el bote de palomitas.

—No, gracias.

—Son sólo palomitas, anda…

Sebastián toma un puño y se lo mete a la boca, sonríe tímido. Más bien incómodo, tal vez ligeramente complacido. Continuó Ángel:

—Yo también vengo seguido, pero no tanto como tú.

—A mí me trae muchos recuerdos, por eso estoy aquí.

Lo que Ángel no sabe, ni tú, lector, es qué recuerdos le trae a Sebastián esas constantes visitas al cine.

—¿Amor?

Sebastián le mira sorprendido.

—¡Tranquilo!, es que tienes la pinta, nada más…

Y sí, Sebastián, a primera vista, es un enamorado empedernido. Aunque justo en este momento luzca más bien derrotado, agobiado. Su ropa oscura lo delata. Pregunta compungido si se le nota. Ángel responde en tono alegre, convencido de lograr su cometido: ligarse a Sebastián:

—Yo estoy aquí por lo mismo… ¡Mira!, ya tenemos algo en común.

La gente avanza, Ángel y Octavio entran juntos a la sala.

La asesoría con el tutor de tesis se prolongó demasiado. Resulta que Angelito es muy estudioso. Pues sí, lo cabroncito no le quita lo ñoño. ¿Cabroncito por qué? Ya lo sabrás…

Llegaré tarde a la función, pensó Ángel, mientras caminaba a prisa por la banqueta, rumbo al cine. 

Si algo le choca es no ver completa una película. Llegó presuroso con el boleto en mano. Formado, entre la multitud, vio un hombre divino que comía palomitas.

El muchacho olvidó un instante su prisa y dirigió la marcha hacia él. El hombre divino miró su reloj con impaciencia. Tiene un rostro hermoso y un encanto peculiar. Sólo un loco no voltearía a verlo, concluyó mentalmente mientras la distancia entre ambos se acortaba. Ángel puso cara de Casanova. Cueste lo que cueste, ese hombre será mío, se dijo. Y es que en verdad estaba divino el hombre, es modelo de televisión, o artista, como dicen muchos.

Ay, no te hagas, lector. Alguna vez lo has dicho también.

Sintió acelerado el corazón. Le tenía de frente.

—Hola. ¿Esta es la fila para Mambo Italiano?

—Si —contestó indiferente Octavio.

Porque así se llamaba el hombre divino. Y ahora que lo veo bien, si de ver se trata, el muchacho está como  quiere.

Ángel, por muy fácil que pueda parecerte a estas alturas de la historia, tiene razón: sólo un(a) loco(a) (buga o gay) no voltearía a verlo. El “algo de Octavio no es otra cosa que su increíble belleza, seguramente coincido con Ángel.

—Vale, gracias. Pensé que no llegaría a tiempo… ¿Estás solo?

Octavio miró extrañado al joven que le hablaba, le dirigió una sonrisa simplona. Volvió a revisar la hora que marcaba su reloj y dio la espalda al muchacho entrometido.

—¡Uuuyy, perdón! No quise molestar —advirtió Ángel mientras Octavio hacía gestos de desdén y fastidio.

—Pero si estás solo me encantaría acompañarte… —insistió, pues no cavilaba perder aquella oportunidad: maravillosa, única. Tal vez es el amor de mi vida, se decía.

Porque Ángel, en todos veía esa probabilidad, todos eran potencialmente el amor de su vida. Ese Ángel, siempre tan ingenuo. ¿Ingenuo? Más bien tonto. ¿Tonto? Pero si de eso no tiene un pelo. ¿Entonces, qué adjetivo se merece Ángel en esta parte? A primera vista luce emocionado, sus ojos reflejan esperanza… Ni ingenuo ni tonto, sino todo lo contrario.

Ángel insiste:

—Veo que ya estás preparado. Palomitas y todo… ¿Pero no tomas nada? Te invito un refresco, ¿de cuál quieres?

Un instante de silencio rectificó la indiferencia de Octavio, pero Ángel no quitaba el dedo del renglón.

—Voy por tu refresco y aprovecho para comprarme algo, ahora vuelvo.

Octavio, incrédulo, le miró ir a la dulcería.

Ángel está seguro: será una excelente noche. Piensa en ello mientras toma el último turno en la fila de los dulces. Comenzaré un histórico romance, nada más y nada menos que con el más papi de papis… ¡Ah!, pero qué güey soy. Ya le ando comprando y ni su nombre pregunté… ¡Bueno, Ángel, entonces si eres medio güey! Que conste: lo dijo él, no yo… tú eres testigo, amado lector.

No acababa de pensarlo aún y un roce en la espalda le hizo despertar del ensueño, volteó en dirección a la fila donde dejó al divino; obstruyó su vista el hombre que le rozó. Ni divino ni fila

La gente había entrado ya, estaba por comenzar la película, él seguía esperando su turno en la dulcería. Con lo chocante que le resulta ver las películas empezadas, esta situación le era insoportable. Pero no importaba, estaba de por medio el “posible” amor de su vida.

Apenas pagó, corrió emocionado y entró en la oscura sala buscando al hombre.

El bullicio del lugar corresponde más a un domingo en el centro de Coyoacán que a una noche de cine. Entre tanta gente y con tan poca luz, nunca encontró al prospecto de conquista. Para colmo el único lugar disponible está en primera fila, a un costado de la puerta de salidadice entre dientes Ángel.

Inconforme, permaneció un segundo de pié, con la esperanza de escuchar un ¡Por aquí! indicador del camino hasta el asiento reservado para él, por el hombre divino. No escuchó nada; sería demasiado inverosímil si lo hiciera, ¿no crees, lector? Después de cómo lo trató Octavio en la fila, no era para menos. Además, y seguramente ya lo intuiste, Octavio esperaba a alguien. Por algo miraba su reloj con insistencia.

Resignado tomó asiento, con la esperanza de verlo al finalizar la película. Los créditos del inicio aparecían en pantalla. Un hombre abandonó la sala con prisa, testereó el bote de palomitas que Ángel sostenía torpemente. ¡Lo que faltaba!

En la calle, frente al cine, Ángel mira salir a la gente. Espera encontrar al divino. No le vio salir de la sala. Los minutos le parecen eternos. Por fin, encuentra lejos al guapo prospecto. Camina a paso veloz hasta quedarle detrás. ¿Podemos ver, a primera vista, en Ángel destellos de obsesión?

—¿Te vas, Divino? —pregunta impaciente.

Octavio voltea.

—Soy Ángel, no pude evitar esperarte, te escabulliste entre la gente hace rato…

El divino sonríe cansado, extiende la mano, le saluda.

—Soy Octavio, ¿te puedo ayudar en algo? —combate.

—Sí. Busco un hombre guapo para invitarle un café —respondió cínico.

Ángel siempre anda buscando un hombre apuesto para, algo más que invitarle un café. Aunque a ti no te conste, lector, pero a mí sí. ¿Qué más da? Se nota: lo que yo digo, o tú pienses, a Ángel no le interesa en absoluto. Aunque desde páginas atrás no deja de sentirse observado, le valemos madre. De repente se me escapa de las manos…  y no debería, porque en este un cuento mando yo.

Mejor regresemos, viremos y miremos, si de ver se trata, lo que Octavio dice:

—Pareces simpático. Gracias por la invitación, paso. Tengo pareja.

Disculpa.

Dio media vuelta y se alejó sobre la acera. Con semblante sereno, casi afligido, Ángel quedó de pie, con la boca abierta a media oración. Octavio no escuchó, ni yo escuché…      

No creas, lector, que Octavio fue grosero.

Me cae bien Octavio. ¿A ti no? Y si no, debería gustarte. Es muy educado, tolerante.  Es atento, infinitamente atento… Lo que sea de cada quien, y perdona que recurra al lugar común en repetidas ocasiones, el muchacho en verdad es apuesto. Y por si esos adjetivos calificativos fueran pocos para convencerte: me cae bien, porque despreció a Ángel.

¿Qué me hace pensar de esta manera? ¿Por qué está bien que Octavio haya despreciado a Ángel? ¿Qué hace de Octavio, a primera vista —y nótese el a primera vista—, mi personaje favorito? Lo sabrás, chocantísimo lector. Cada vez falta menos para el desenlace.

Octavio espera el transporte público. A unos metros de ahí, Ángel le observa, escondido. Un microbús se detiene, Octavio lo aborda, el vehículo arranca. Corre entonces Ángel hacia la avenida, para un taxi, se sube.

—Siga ese microbús —indica al chofer.

Octavio baja durante una de tantas veces en que hizo parada el microbús. Llevaba en las manos chamarra y llaves.

A una distancia pertinente se detiene el taxi. Ángel abre la puerta del auto, avienta un billete al chofer y sale sin esperar el vuelto.

Se esconde presuroso entre unos arbustos. Desde ahí, mira a Octavio acercarse a la puerta de su casa.

Octavio busca la llave que abrirá la puerta. Alguien grita su nombre, busca alrededor. Sorprendido, aturdido y espantado (aunque te parezcan un exceso, estimado lector, todos esos adjetivos le describen), vio a Ángel correr hacia él.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por ti.

—¿Estás loco? ¿Por qué me seguiste?

¿Que si Ángel está loco? ¡Disparate!

—No importa, Octavio. Estamos hablando de nuevo.

Coincido con Ángel, no importa. ¿Por qué habría de importar? ¿Por qué importa saberlo todo en esta historia, lector?

—Ya te dije, no quiero nada contigo, por favor vete. Ahórrame problemas…

Detendré las preguntas. Porque si no, esto se volverá una sarta de cuestionamientos insoportables.

—Me gustas, Octavio. Me gustas desde el primer momento.

Octavio le echó una mirada punzante, dudosa. Y cómo no después de semejante perorata.

—No sé qué decir. Me siento halagado, pero ya te dije que…

—Si, si. Tienes pareja. Pero no es ningún obstáculo. Sólo es un café, platicamos y…

—Estás enfermo. Adiós.

Octavio abrió la puerta de su casa y entró. Un movimiento brusco y atolondrado sacudió su chamarra, cayó su cartera al suelo. No se percató de ello. ¡Ah!, que Octavio tan despistado; fueron los nervios. No creas, lector, que Octavio es torpe.

Un segundo antes de cerrar, miró al muchacho y le pidió disculpas. Ángel bajó la cabeza en señal de derrota. Justo cuando pensó terminada su aventura, miró tirada la cartera. La recogió y sonrió.

—¿Perdón? Todavía no te deshaces de mí. Si no es conmigo no será con nadie.

Dio media vuelta y se perdió en la oscuridad de la noche. Y si no queda claro cuan loco-enfermo está Ángel, el loco-enfermo soy yo.Manigüis, contesta papacito chulo, manigüis… ¿Escuchaste, manigüis, tu teléfono…? Manigüis, contesta… Manigüis… ¡Ay!, majadera hedionda, contesta ya el teléfono, caramba contigo… Hay pobrecita de ti si no conte…—¿Bueno?… si, él habla… ¿Quién?… ¿Ángel?, ¿qué Ángel?… ¿Cómo conseguiste mi número?… ¡Déjame en paz! No quiero nada contigo, si vuelves a llamar le hablo a la policía.

Angustiado, Octavio termina la llamada y se sienta despacio en la cama. Deja el celular a un costado, asoma por la ventana y ve la calle solitaria, nada extraño…

Oculto entre unos autos, Ángel termina la llamada. Mío, de nadie más, dice.

Lleno de dudas, Octavio toma su teléfono nuevamente y marca un número…

—Hola, amor. Oye, algo extraño está pasando…

Hace veinticinco años, Luis Zapata escribió Melodrama, una novelita espléndida que narra las desventuras de una familia capitalina de clase alta, pero sobre todo, la desesperanza de una madre benévola, entregada a su miserable vida como mujer, así como los atrevimientos de un atlético y enamoradizo hijo adolescente que intenta vivir plenamente su homosexualidad.

Confieso mi atracción por la literatura de Zapata desde mi adolescencia temprana, cuando me encontré de frente, entre callejuelas oscuras, con El vampiro de la colonia Roma y, hace un año, al disfrutar amenamente La historia de siempre, sorprendido por su desfachatez y mi gusto por una trama tal vez común pero nada simple.

Por lo tanto, cualquier comentario que pudiera emitir sobre su trabajo, resultaría, sin lugar a dudas, subjetivo. Expreso, sin embargo, cuan rico me resulta leerlo. Si de aceptar se trata, aceptaré lo profundo y al mismo tiempo superficial que puede ser el autor cuando se lo propone. Aceptaré también lo inefable y rotundo de sus diálogos, así como lo bien delineado de los personajes en todas las novelas.

Comentaré, por otra parte, lo influyente de su trabajo sobre mis primeros intentos narrativos: él con su estilo literario ya maduro, sólido y yo, con el mío aún en formación, tartamudo. No pretendo, por supuesto, comparar negativa o positivamente; encuentro apenas alguna similitud entre su estilo y el mío. Tampoco intento, si se diera el caso de mal interpretar estas palabras de ese modo, compararme escrituralmente con Zapata.

Empecé y terminé de leer Melodrama el día de ayer. Es una novela breve; muy consumible diría yo. Vivimos sumergidos en un mundo inmediato, casi fugaz, donde aceptamos alegremente lo comprimido, lo fragmentado, lo corto. Y la novela de Zapata no es precisamente así, sino digerible y empalagosa, tan leíble y maravillosa, que debería estarse vendiendo como pan caliente, o, en el mejor de los casos, como dildos big size en rebaja con lubricante incluido: por aquello del gay marketing promotor de la última edición conmemorativa, bajo el sello editorial Quimera, que muestra dos musculosos pechos varoniles a punto de fruición.

La historia está escrita muy al estilo cinematográfico de los años cincuenta (sino no podría ser un verdadero melodrama: blanco y negro y toda la cosa).

“…la importancia que en el melodrama adquiere el blanco y negro” -está, dice Zapata, en- “el color más cercano a la realidad (por lo menos a la pedestre realidad de todos los días), siendo capaz de mostrar con mayor exactitud ciertos matices de la visión, el blanco y negro resulta imprescindible, cuando se trata de emociones encontradas, pasiones desgarradoras, nostalgias recalcitrantes, erupción de sentimientos o culpabilidades maternas”.

Agradezco mucho la capacidad de Zapata para mantenerme prendido a un libro. Hacía meses no lograba terminar mis lecturas. Una constante insatisfacción me ha llevado de ejemplar en ejemplar, de historia en historia sin concluir alguna. Debo agradecer también, por inspirar en gran medida mis ganas, mis formas…

Intentaré ir al grano y decir aquello por lo que ahora escribo. Aunque eso implique un ejercicio sintáctico y preciso imposible de realizar en estos momentos tan dispersos… pienso en galimatías… ese adjetivo se merecen estas líneas.

Hace año y medio empecé a escribir un cuento llamado “A primera vista”, inspirado en un loco triángulo entre la calma, el amor y la desesperación. Luego de leer La historia de siempre, logré darle a mi cuento el tono deseado, la novela de Zapata me ayudó infinitamente a relajar mis dedos y sacar plácidamente aquellas ideas escondidas en mi mente. He de confesarme, hasta ese momento, ignorante de la existencia de Melodrama: la conocí apenas hace algunos meses.

Hoy, “A primera vista” forma parte de la tesis con que me gradué; ha sido criticado por cuentistas como Guillermo Vega Zaragoza, Mónica Lavín, Julieta García González y César Gándara. Escribo estas páginas, a colación de la crítica particular de Lavín; presentaré a continuación parte de ese texto: “Vómito de amor, cuentos de Carla Hinojosa e Israel Pintor, indaga en la conducta humana, en las fragilidades del descobijo y la búsqueda amorosa. Tan pronto desde el mito, como lo hace Carla en “El misterio de Psique”, donde la relación de Francisco y Florencia se revela entre códigos secretos que aceitan la complicidad; tan pronto desde los guiños a autores canónicos de la narrativa mexicana como Luis Zapata y su Vampiro de la colonia Roma sobre el que se monta Israel Pintor para escribir un melodrama kitch.

Curiosamente tanto en “A primera vista”, como en  “Había una vez un cuento”, Israel Pintor usa juegos metaliterarios donde se dirige al lector implicándolo y retando sus expectativas y prejuicios como espectador de historias. De alguna manera sus cuentos prefiguran a un personaje externo que es el lector, ¿nosotros?, construido por las preguntas y comentarios que el narrador le dirige, apelando a una curiosa complicidad. “Pudo parecer que Octavio era mi personaje favorito. Pero no. Es Ángel”, escribe el autor”.

Sobra adentrarse en lo acertado de Lavín al relacionar mi texto con la literatura de Zapata, a quien, incluso, está dedicado el cuento. Me resulta chistoso, y sobre ello sí comento, que se haga referencia directa a El vampiro de la colonia Roma que desde mi punto de vista, nada se relaciona con mi cuento. Finalmente y como debe de ser, soporto una cachetada telenovelesca, igualito que Angélica María en una de tantas películas mexicanas tiradas al llanto, al reflexionar sobre lo rotundamente kitch (según el diccionario, kitch significa “de mal gusto”, ¡ni hablar!), y melodramático de mi obra.            

Desde que concebí “A primera vista” como guión para un corto cinematográfico, he querido ofrecerlo humildemente como lectura a Luis Zapata, quién, sincero, me abrió las puertas de su casa y corazón hace poco. Una vergüenza provisoria retenía el breve homenaje a Zapata, escondido entre las miradas y opiniones de otros, tal vez preparándose para ser leído finalmente por el homenajeado.

Leí, pues, Melodrama, a raíz de la crítica de Mónica Lavín, a quien nunca dejaré de agradecer tanto apoyo y consideraciones, y, por qué no decirlo, de la mágica insistencia de Eduardo Montagner, quién releyó no hace mucho la novela y me compartió el encanto. Encontré un par de escenas parecidas y, si acaso, un chillante y nada acertado tono simplón en mi cuento. En fin, así es la creación de jodona y caprichosa. A pesar de las “inconsistencias” y casualidades entre Melodrama y “A primera vista”, me siento satisfecho con el trabajo realizado, en tanto primer ejercicio formal de mi cuentística. Ahora bien, Luis Zapata. Te invito, emocionado, a leer mi cuento y difieras, concuerdes o elabores tu propia opinión, si así te apetece, amigo.

Casa de citas

24Jun08

En septiembre del 2006, comencé a coleccionar fragmentos de texto, los guardo todos en mi “Casa de citas”, muy al estilo de madrota que administra a sus quimeras.

Las citas de mi blog, pueden ser motivos de reflexión, ideas al aire, breves espejos de identificación o, como mi poesía, pura basura… La falta de espacio en esta casa, me obliga a mudar a todas mi citas chulas. Ahora, podrás encontrarlas como post y serán etiquetadas por la misma nomenclatura anti-pedorra y nada original que las ha unido siempre.

En este post, encontrarás todas las citas coleccionadas hasta ahora, en próximos posts, podrás hallar nuevas.

Ana Clavel, Las Violetas son flores del deseo:

…abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano buscaremos saciar la sed —para unos momentos más tarde volver a padecerla”. 

Ahora puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada”.

…la belleza más insoportable es aquella que, en su bostezo letárgico, reclama a gritos una voluntad irredenta de ser profanada”.   

…una herida bien puede ser una flor abierta o una boca que manda besos cárdenos en el aire”.   

El deseo nunca muere… Antes bien, nos morimos nosotros”.   

Para que dos se condenen basta una mirada. Para que se reconozcan y se palpen, para que sepan santo y seña, para que dialoguen, acallen, vociferen en el idioma sin palabras del pecado. Para que lo compartan con ese lazo indisoluble e irrenunciable de la culpa gloriosa, la que proviene del pozo sin fondo del deseo que sólo es hambre e instinto. Una mirada sola. No hace falta más. Para perderse y —¿por qué no reconocerlo de una vez? —  también para salvarse, irrevocablemente”.

Ahora soy un anciano pero me sigo aferrando a la vida porque hacerlo es tan inevitable para mí como el acto de la ficción y de la escritura”.

Tal vez no todo se haya perdido si algunas de estas palabras encuentran un destino diferente a la hoguera; si alguien llega a conocerlas y no me condena del todo”.

Juan Carlos Bautista, Lenguas en erección:

(…)

        ”Mis palabras picotearon su carne

        antes de que mi deseo le alcanzara”.

        (…)

        “Amores que saben a libro

        sólo son lenguas en erección”.

        (…)

        “Al filo de su sexo

                     escucho

         el crecido rumor de su violencia”.

Encantadores los poemas “No hay piedad para el amor”, “Que mueras tu”, “Sería bueno morirse de amor”; de la serie “Últimas noticias”: “4” y, finalmente “Caín y Abel”.

César Gándara, Es el viento:

Somos como esa bolsa de pan que arrastra el viento. No decidimos las cosas que nos pasan, el destino nos lleva a donde quiere y no podemos hacer nada. Si no, mírate”.

Adolfo Bioy Casares, en el cuento “Recuerdo de las sierras”, Cuentos latinoamericanos, Antología de Conrado Zuluaga:

Nos creemos el móvil de cuanto ocurre”.

José Revueltas, en el cuento “Lo que solo uno escucha”, Cuentos mexicanos, Antología de Sealtiel Alatriste:

No quería sentirse feliz, no quería desatar, sacrílegamente, esa dicha que iluminaba su espíritu. Algo indecible se le había revelado, mas era preciso callar porque tal revelación era un secreto infinito”.

Julieta García González, Las malas costumbres:

Nosotros podemos darnos aires de civilidad, de superar los escollos evolutivos en los que evidentemente nos encontramos… Pero de ahí a obviar las verdades de las que habla nuestro organismo hay un trecho sustancial e infranqueable. Nada es tan cierto como lo que dice el cuerpo”.

Están casados, de eso no tengo la menor duda. Tienen esa actitud de personas que han madurado juntos en una relación de pareja, de quienes han transformado amor en amistad y después en algo parecido a la tolerancia”.

¿Cuánto podemos aguantar viviendo con otro al lado, asimilando su descomposición? ¿Qué tan bien toleraremos la imperfección del otro, su aliento matutino y sus desconciertos digestivos? No lo sé. Pero me parece que ella llegó a su límite”.

Oscar de la Borbolla, Asalto al infierno:

…luego de tres semanas de estar inmóvil dentro de la tumba, todavía me preocupen los lectores y misuerte literaria: de veras que la vanidad es lo último en morir”.

El amor es como los eclipses: raras veces sucede, pues aunque en principio podamos enamorarnos de cualquiera, en realidad resulta muy difícil: se requiere que esa media burbuja que es nuestro amor emerja hasta la superficie y, además, que coincida con esa otra burbuja incompleta que es el amor ajeno. Por ello, cuando se da, dura un instante como todas las pompas de jabón y los eclipses: el amor es perverso: es como la sed o el hambre, una necesidad, pero una necesidad diferenciada a la que no es posible saciar con cualquier pan, ni con un sorbo tomado en cualquier parte: es una sed sólo de esa agua y un hambre de una persona exacta; pero la persona es infiel a sí misma, inoportuna, no hay modo de bañarnos dos veces en ella, es como el río de Heráclito”.

Yo bajé, Ella subió, en ningún momento nos encontramos”.

¿Cuánto nos falta? Estamos, le respondí, a la mitad del último capítulo. Nos miramos en silencio: los dos sabíamos que era inútil buscar mediante presiones que mi ánimo se atemperara”.

Convoco a todas las fuerzas vivas de la patria, a los jóvenes que tienen fresca la capacidad de indignación, a los de espíritu verdaderamente democrático, a los que sienten un asco espontáneo por la forma como está concebido en más allá; hago un llamado a todos, para que juntos nos vayamos al infierno”.

Es inútil, por lo tanto, describir al Demonio, ya que, salvo los cuernos, que resultan el denominador común, en todo lo demás cada quien trae su propio Diablo en la pupila”.

La vida es un camisón de fuerza que los demás nos ajustan, siempre esperan algo de nosotros: que sigamos fieles a nosotros mismos, que mantengamos nuestra palabra, que demos lo prometido; y si nos apartamos del cauce, de inmediato levantan indignados el retrato de lo que fuimos para exclamar con censura: “Nunca lo creí de ti”, o para decir entre lágrimas: “Me has fallado”, y uno tiene que recular, convertirse en la estatua que los demás aprecian, reasumir su papel y ejecutar por enésima vez la tullida representación de uno mismo con los parlamentos probados”.

Son las seis y media de la tarde y no cambio de tema, insisto: estoy física, espiritual, biológica, sociológica, filosófica, económica, psicológica, química y matemáticamente harto de mi vida y, según mis cálculos, usted también estimado lector: de otro modo no estaría leyendo este libro para distraerse”.

Si cualquier lector tiene el privilegio de seleccionar a sus escritores, es justo que alguna vez un autor ejerza el derecho de decidir quiénes serán sus interlocutores. Considero que la publicación de un texto no es razón suficiente para que cualquier hijo de vecino se crea facultado para meter sus narices donde no lo llaman, y como no voy a volverme críptico para expulsar a nadie de esta página, exijo a los felices que se larguen”.

Una aventura fácil se disuelve muy rápido en el ácido de los días monótonos: es un pivote que nos devuelve tranquilos al cauce de las horas domesticadas”.

Para avanzar es preciso que los pasos no se inscriban en ningún círculo, ni siquiera en la espiral del placer que a cada tanto revive: así se atornilla “el amor consuetudinario”.

…el amor no es a prueba de intrusos…”

Entra las fuerzas que conspiran para hacernos perder el equilibrio no hay ninguna más poderosa que la del imán de la carne…”

…no son las manecitas sublimes del amor, sino las garras dobles del deseo correspondido las que nos arrastran, se enseñorean de la voluntad y, al grito de ahora o nunca, nos lanzan sobre el otro…”

…prefiero ser expulsado para siempre de la liga de los escritores “realistas”, a padecer, mientras escribo, esas atmósferas de sordidez obligatoria, esos personajes insulsos y arrabaleros que atiborran las páginas y las pupilas de miseria: “la verdadera realidad está en otra parte”.

Eve Gil, Sueños de Lot:

por el tamaño de su bolsa el de su cerebro soperaréis”…”

Me sentí invadida por el llamado de la perra. Me senté frente a él, tomó mi mano, la besó y dijo que quería matarme”.

Andrés Roemer, No, un imperativo de la GENERACIÓN NEXT:

Este, sin duda ha sido uno de los textos más trascendentes en lo que va de mi vida. Andrés Roemer nos regala un clarísimo y brillante ensayo sobre algunas circunstancias que rodean a los jóvenes del siglo XXI, la generación NEXT, que nació de los años 70 a los 90 en el siglo pasado.

La generación NEXT tiene tanto de lo que las generaciones previas carecieron, son más saludables, disfrutan de incontables comodidades modernas y poseen una mejor formación profesional; empero, no tienen otros elementos básicos para la felicidad como sostener relaciones estables, sentido de comunidad, esperanza, un tránsito aceptable hacia la adultez y amor comprometido hacia la pareja”.

La tecnología y las cosas materiales nos facilitan la vida, aunque no necesariamente nos hacen más felices. Por el contrario, extrañamos los vínculos emocionales del pasado, cuando entramos en un mundo confuso que nos presenta demasiadas opciones y, quizá por ello, nos deprimimos a edades cada vez más tempranas”.

La ansiedad anticipada –que es un efecto causado por la creencia de que el futuro será mejor- nos impide apreciar el presente”.

El exceso nos ha hecho escasos en esencia. El pecado capital del siglo XXI es que tenemos la “necesidad” de enajenarnos (volvernos ajenos) de nosotros mismos. Con más y con lo nuevo, el tiempo no se detiene, y si el tiempo no se detiene, no tenemos tiempo de confrontarnos con lo que somos, con lo que sentimos, con lo que sufrimos”.

El cambio más notable de esta generación constituye una desconexión entre sexo y envolvimiento emocional”.

Vivimos en un mundo de redes, de conexiones que se desconectan fácilmente y fríamente; no de relaciones que perduran y se sienten”.

¡Que pavor! ¿Sabía usted que al comprometerse, por más que sea a medias, le está cerrando la puerta a otras posibilidades amorosas que podrían ser mejores? (…) …si quiere que su relación sea plena, no se comprometa. Mantenga todas sus puertas abiertas permanentemente. Lo que sigue: NEXT… lo está esperando”.

Las relaciones sexuales en la generación NEXT nada tienen que ver con el largo plazo. La seducción de compartir la cama brota de la nada, y no necesita golpear varias veces la puerta para que se le permita entrar. Basta comprobar el código postal, el estatus maleado, la compatibilidad de los signos del zodiaco, y ya hay un avance significativo”.

Otra epidemia de la generación NEXT es no permitirnos estar aburridos. Aburrirse es un crimen. El énfasis en ser cool y feliz ha provocado que millones piensen que algo está fundamentalmente mal si uno se siente en otro estado de ánimo. (…) La instrucción de ser cool se da en los programas televisivos y mediáticos; inculca la idea de que una persona debe irradiar satisfacción continua como prototipo de moda y, si no es así, es un indicador de que es conflictiva, complicada o indeseable”.

Para diversos miembros de la generación NEXT comprar es supuestamente una terapia; para otros, es una manifestación de insatisfacción constante de lo que ofrece la existencia”.

Gabriel Zaid, Los demasiados libros:

Basta con decir, Zaid ha logrado ponerme los pies sobre la tierra con un solo libro. Disfruté mucho su sarcástico humor e iluminado sentido perspectivo. Un excelente trabajo el del autor en esta obra. Ahora sí, aquí las citas:

Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿para qué hablar de masas pobres, analfabetismo, poco poder adquisitivo, precios excesivos? El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir”.

Leer no es deletrear, ni arrastrarse sobe la superficie de un mural que no se llega a ver de golpe. Más allá del alfabeto, del párrafo, del artículo breve que todavía se llega a ver como totalidad, hay analfabetismos funcionales del libro. La gran barrera a la difusión del libro está en las masas de privilegiados que fueron a la universidad y no aprendieron a leer un libro, a pesar de que existe un manuel excelente (Mortimer Adler, Cómo leer un libro)”.

Leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable. Publicar sirve para hacer méritos. Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad”.

Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegara a ser ignorantes inteligentes”.

…la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado ñeque nos dejan. ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer no hace, físicamente, más reales”.

Soñamos con la atención universal: con el silencio de todos los que callan para escucharnos, de todos los que renuncian a escribir para leernos. Consideramos que al menos ciertas cosas deberían ser leídas por todos. Pero, ¿qué es lo que uno puede decir a todos? Si hubiera una asamblea universal permanente, en la que todos fuéramos pasando al micrófono para dirigirnos a todos, el tiempo no alcanzaría ni para saludar y retirarnos de inmediato. El diálogo universal se reduciría al reconocimiento del tú, a esa especia de Poema Babilónico de la Creación que es decirnos: “Buenos días”. Quizá la vida es eso: aparecer con un saludo y desaparecer. Pero es difícil aceptarlo. El saludo sueña con la eternidad, lo que lleva a no querer soltar el micrófono, lo que lleva a la comunión totalitaria. Todos deberían escuchar lo que Yo tengo que decir. El saludo interminable es un yo interminable, centro del universo”.

Noble tentación de apodarse del micrófono, de no soltar el mundo (por su propio bien); de sujetarlo a las sabias palabras y buenas intenciones de uno”.

La cultura es conversación. Pero escribir, leer, editar, imprimir, distribuir, catalogar, reseñar, pueden ser leña al fuego de esa conversación, formas de animarla”.

El aburrimiento es la negación de la cultura. La cultura es conversación, animación, inspiración”.

No llegar al público es, en último término, la negación misma de la cultura: no comunicarse; pero también salvarse de la perdición comercial y exitosa: una garantía de pureza”.

Pero lo que se llama ‘culto’ sigue siendo lo contrario. Algo que para serlo tiene que ser mediatizado por un proceso externo a la lectura misma: por los ritos de pase de una institución que consagra, gradúa y garantiza”.

…escribir es ponerse al margen de la realidad”.

Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”.

…un libro no leído es un proyecto no cumplido”.

Regale un libro: es como regalar una obligación”.

Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo”.

yo sólo sé que no he leído nada”.

Cita especialmente dedicada a René Avilés Fabila, querido y respetado profesor, Maestro escritor y amigo:

Un profesor de provincia se entusiasma por un libro, encarga una tarea a sus alumnos y genera una demanda repentina de treinta ejemplares, sin ponerse de acuerdo previamente con los libreros locales. No sabe que en toda la ciudad no hay un solo ejemplar de la mayor parte de los libros publicados; hay solo un ejemplar de la mayor parte de los libros que sí hay; llega a haber dos o tres ejemplares (a veces más) de algunos; pero jamás de los jamases habrá treinta ejemplares de cualquier libro que se le ocurra”.

René Avilés Fabila, La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura:

Se suple la memoria con creación y recreación”.

…el lenguaje literario o artístico es el campo de la entera libertad, mientras que en el periodístico hay reglas, terrenos que no pueden ser destruídos”.

La frase manida es bien cierta: hoy es noticia, mañana será historia, pero habrá que añadir, si fue escrita con pasión y esmero, más adelante será asimismo, literatura”.

Las siguientes citas son retomadas en La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura de René Avilés Fabila:

Mario Vargas Llosa:

…el escritor parte de cierta realidad pero va transformándola, la va convirtiendo en una realidad suya, es decir, en una realidad literaria, ajena al modelo. Y esto es justo lo contrario del periodismo, en esta actividad predomina el apego a los hechos reales, tal como ocurrieron, la intromisión del autor es discutible”.

…las novelas mienten -no pueden hacer otra cosa- pero esa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es”.

No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo”.

…no es la anécdota lo que en esencia decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas”.

La vida de la ficción es un simulacro en la que aquel vertiginoso desorden se vuelve orden: organización, causa y efecto, fin y principio. La soberanía de una novela no resulta sólo del lenguaje ñeque está escrita. También, de su sistema temporal, de la manera como discurre en ella la existencia: cuándo se detiene, cuándo se acelera y cual es la perspectiva cronológica del narrador para describir ese tiempo inventado”.

…la literatura como algo enraizado en la vida, no como un ejercicio de la imaginación sino una manera de transformar la experiencia vivida en una fábula, en un mito, en una ficción que nos permite entender mejor y de una manera más crítica el mundo en que vivimos”.

…el periodismo es el mejor barómetro que tenemos para medir la salud democrática de una sociedad”.

Oscar Wilde:

¿Qué diferencia hay entre la literatura y el periodismo? El periodismo es ilegible, y la literatura no es leída”.

Manuel Buendía:

La solemnidad es un refugio para quienes pretenden esconder su incapacidad ante el desafío permanente del periodismo, que consiste en saber enfrentar las mayores complejidades –descripción o razonamiento- con un lenguaje fresco, ágil, sencillo, ameno, y además, perfectamente capaz de crear belleza literaria”.

Gabriel García Márquez:

…en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura”.

Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica”.

Truman Capote:

Hallar la forma correcta para un cuento es sencillamente descubrir la manera más natural de contarlo. El modo de probar si un escritor ha intuido o no la forma natural de su cuento consiste sencillamente en esto: después de leer el cuento, ¿puede uno imaginárselo en una forma diferente, o silencia el cuento la imaginación de uno y parece absoluto y definitivo? Del mismo modo que una naranja es definitiva, algo que la naturaleza ha hecho de la manera precisamente correcta”.

Alberto Dallal:

…la principal cualidad del lenguaje literario, formalmente hablando, se refiere a su capacidad para registrar la realidad (circundante o no) que el escritor intenta describir o inventar. Ello implica necesariamente la funcionalidad de este lenguaje con el universo descrito y por tanto implica una relación dialéctica lenguaje-atmósfera, aunque esta última desee representar una realidad no existente o fantasiosa, una realidad que, como en el caso de la más abstracta poesía, queda inmersa en la pura subjetividad”. Norman Mailer: “el periodismo no obstante, posee sus propias disciplinas. Idealmente, no sólo debes describir el sucedo y recubrirlo con tu percepción del mismo, sino decir al lector. “Esta es la clase de hombre o de mujer que soy. Así capto el acontecimiento. Ahora usted, que me conoce a mí y conoce el acontecimiento, puede prescindir de mí y observar el acontecimiento; y sacar sus propias conclusiones. Pueden ser distintas a las mías”.

Renato Leduc, Historia de lo inmediato:

El periodista político es el historiador de lo inmediato”.

El novelesco deporte hizo escuela, pues por aquellos mismos días la policía irrumpió en un baile de sociedad en el que cuarenta y un filántropos –como llamabda Salvador Novo (q.e.p.d.) a los militantes de esta secta- se consagraban jubilosamente a la práctica de la máxima evangélica ‘Amaos los unos a los otros’”.

Don Victoriano Huerta, general, católico, apostólico y mariguana en el poder”.

Pero ya estamos convencidos de que el homosexualismo es absolutamente natural; también estamos convencidos, sin necesidad de que se escriban diálogos socráticos para demostrarlo, que en el universo casi todo es natural, desde los astros cristalinos hasta el estiércol de los muladares; pero aquí no se trata de lo natural y lo artificial, sino de lo limpio y de lo sucio, y las estrellas son limpias y el estiércol es sucio, y más todavía quien lo revuelve”.

Esta última cita merece una observación. Sin duda el trabajo de Renato Leduc es de los más impresionantes, literarios y maravillosos que conozco en cuanto a periodismo refiere. Cuestión que admiraré siempre. Defiendo también la libertad de prensa y expresión, por lo tanto omitiré réplica a la cita que desata estas letras. Empero remarcaré la atención en ella, recordemos el pasado y veamos nuestro presente ¿cambiado, mejorado, tolerante, respetuoso? Sírvanos de prueba entonces la cita de Leduc: vivimos inmersos en una cultura homofóbica y heterosexista, no hagamos de nuestra existencia lo peor, aprendamos de los errores del pasado y escribamos con inteligente prudencia y respeto.

‘¿Café negro, señor…?’, respondía furibundo: ‘No, señorita… café café. Porque, en efecto, salvo en el caso de que sea torrificado y por ende impuro, el café no es ni debe ser negro, sino café”.

Guillermo Arriaga, El búfalo de la noche:

…el pasado –por más que se pretenda- nunca es posible extirparlo, que permanece como una antigua quemadura que nos escuece de vez en vez que más vale vivir con él que contra él”.

En el crimen, como en la infidelidad, si te sorprenden niégalo todo, aunque tu mujer te cache con otra con los pantalones abajo, aunque un policía te agarre con la pistola en la mano, y no te estoy albureando…”

William Shakespeare, Romeo y Julieta:

-Ay, ¿por qué el amor que parece tan dulce cuando se prueba, es áspero y tirano?”

-El amor es una nube hecha por el vapor de los suspiros. Si se evapora brilla como el fuego en los ojos que aman, si se ataca hacen un mar de lágrimas de amor. ¿Qué más es el amor? Una locura benigna, una amargura sofocante, una dulzura que te da consuelo”.

-¡La luz debe llevarla el apagado!”

…Es tan pequeñita como piedra de ágata que brilla en el meñique de un obispo, tiran su coche atómicos caballos que la pasean sobre las narices de los que están durmiendo; rayos de luna hicieron los arneses y una arañita le tejió las bridas; es tan pequeño como un gusanito el cochero que guía la carroza, y trabajó una ardilla este carruaje en la concavidad de una avellana. Y así la Rina Mab con su cortejo galopa noche a noche por las almas de los enamorados, y los hace soñar con el amor…”

-¡Oh, sobrehumano amor que me hace amar al odiado enemigo!”

-Con alas del amor pasé estos muros, al amor no hay obstáculo de piedra y lo que puede amor, amor lo intenta: no pueden detenerme tus parientes.”

¡Si es capaz de crear tanta alegría sólo la sombra del amor, qué dulce será la posesión del ser amado!”.

Jaime Sabines, Poemas de amor. Selección y prólogo de Mario Benedetti:  

Versos de “Los amorosos”:

Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite”.

Estrofas de “Después de todo…”:

A la miseria del placer, eternidad, condenaste la búsqueda, al injusto fracaso encadenaste sed, clavaste el corazón a un muro”. {…} Soledad, márcame con tu pie desnudo, aprieta mi corazón como las uvas y lléname la boca con su licor maduro”.

Poema “4” de “Canciones del pozo sin agua”:

Como la sombra de los pájaros pasan los días. Tengo sueño de vivir. Mi corazón es un hambre olvidada. Igual que la arena entre los dedos se va la vida y la tierra florece con flores y con niños. Tengo sueño de amar, quiero dormir cantando, como si fuera a nacer o a morir”.

Versos de “No es nada de tu cuerpo…”:

No es nada de tu cuerpo, ni una brizna, ni un pétalo, ni una gota, ni un grano, ni un momento: Es sólo este lugar donde estuviste, estos brazos tercos”.

Versos de “Digo que no puede decirse amor…”:

La mano de un manco lo puede tocar, la lengua de un mudo, los ojos de un ciego, decir y mirar. El amor no tiene remedio y sólo quiere jugar”.

Versos del poema “V” en “Autonecrología”:

Soy una cicatriz que ya no existe, un beso ya lavado por el tiempo, un amor y otro amor que ya enterraste. Pero estás en mis manos y me tienes y en tus manos estoy, brasa, ceniza, para secar tus lágrimas que lloro”.

Versos del poema “XI” en “Autonecrología”:

No me hables, si quieres, no me toques, no me conozcas más, yo ya no existo. Yo soy sólo la vida que te acosa y tú eres la muerte que resisto”.

Xavier Velasco, Este que ves:

Si la cursilería fuera un pecado, yo cada noche me ganaría el infierno”.

Vivir, amar, narrar: solamente un pelmazo piensa o dice que tamaños engorros pueden ser cosa fácil”.

Uno mira hacia atrás y entiende tanto como cuando pretende mirar al porvenir. No se entiende la vida, ni el amor. Por eso hay que contarlos, para que haya un atrás, un adelante, un arriba, un abajo, un así eran las cosas y un éste era yo”.

Escribir no es ganar, sino echar a perder”.

Escribiendo no iba a ganarle a nadie, pero nadie iba a verme perder contra mí mismo”.

Escribir es lanzarse a perder todo por nada, creyendo que no hay otra forma de ganar”.

Se escribe igual que se ama o que se vive, porque no queda más alternativa ni se ve escapatoria tolerable”.

Escribir es autorizarse a estirar las fronteras de lo sensato y disfrutar del aislamiento resultante”.

En el liceo literario de mis sueños, quien deseaba ser escritor tenía que cumplir con la prueba de tirarse al vacío”.

Uno puede decir que el vicio de escribir es como un bicho omnívoro cuya urgencia de vida se alimenta de realidades compulsivas, pero antes que eso es un bicho antropófago. Come de uno primero, luego de os demás, y después del orgullo de saberse insaciable”.

Cuando ya el juego de escribir se ha adueñado del juego de la vida, ninguna otra disputa parece interesante si no se relaciona con él”.

Sólo una perspectiva me atemoriza más que meterme todo el tiempo en problemas: la de vivir sin ellos”.

Quiero borrar los miedos que se fueron y empiezo por nombrar a sus fantasmas”.

Los escritores pueden morirse de hambre, pero de lo contrario se aburren mortalmente”.

Pero el hecho es que estoy jugando el mismo juego, pues contra lo que los adultos esperan de los niños, crecer no me apartó de ciertos juguetes. Un cuaderno repleto de garrapatas negras y moscones de todos los tamaños (tacha uno los renglones, y hasta los párrafos) es el juguete más emocionante que he tenido de los nueve años para acá. Sorry, Scaletric”.

Por más que intento ya no puedo parar las lágrimas, ni tampoco ellos van a detenerse sin llevárselas antes de trofeo. Me queda sólo el gusto de llorar insultándolos y llamándolos por sus peores apodos, aunque me den más fuerte. Y muy de vez en cuando, si es que me hacen rabiar hasta el temblor, me voy sobre el que esté más cerca de mí y le pego con todas las fuerzas de mi cuerpo, ya con prisa, con saña, y los otros se asustan y me dejan hacer, porque en ese momento le estoy gritando al último que me pegó que le voy a sacar los ojos y me va a recordar la vida entera”.

Cada vez que en la escuela me roban o me rompen alguno de mis útiles, no me queda más que inventar un nuevo engaño. Y de repente son demasiadas mentiras para no equivocarme y despertar sospechas. A veces, cuando Alicia llega por mí, salgo del baño con la cabeza empapada y le cuento que estuve jugando futbol y tenía mucho calor, lo que sea con tal de justificar los ojos inyectados de estar llore y llore”.

Y yo no sé por qué le temo a los reptiles. Y a las arañas, y a las abejas, y a los niños gritones de mi salón que de nuevo se están divirtiendo conmigo como si le arrancaran las patas a un zancudo”.

Cuando uno insiste en enterrar a un fantasma, el fantasma termina por enterrarlo a uno”.

¿Quieren decir que yo, porque soy niño, no tengo nada bueno que contar y no puedo sentir lo que sienten los grandes? La diferencia es que ellos arreglan sus problemas solos, yo tengo que esperar a que me corten con una navaja para poder salir del infierno”.

Tenía que entenderlo, ya me temía que seguir en ascuas era arriesgarme a que volviera a pasar. A pasarme. Por eso nunca pude acabar de enterrar el recuerdo preciso de ciertos días, y porque más adentro, quizás en esa misma catacumba donde escondía el habmbre de narrar, tenía la certeza más o menos etérea de que antes o después intentaría contarlo todo por escrito”.

Con el tiempo, no obstante, fui entendiendo que no era propiamente la historia lo que me interesaba, sino meterme al juego de contarla. Sabía ya, por cierto, que el que juega con fuego… a aullar se enseña”.

Basta con que ninguno mire dentro de mí, donde hay ocultos ciertos tesoros que nadie más está invitado a ver”.

Engaño a los que quiero para que ellos no sientan vergüenza de quererme”.

Los niños que se van a jugar con las niñas son todavía menos respetables que los chillones y los acusetas”.

Y cuando uno descree de su pasado no le queda otra opción que refrendarlo”.

No había con quién hablar de tantos fantasmas. E incluso cuando hallaba una oportunidad para tocar el tema, recibía las muestras de extrañeza o indiferencia que alimentaban un miedo mayor: temía desde entonces ser un bicho raro”.

No consigo entender, y esta será la marca del resto de mi infancia, que no exista en el mundo la magia suficiente para salvarlos uno de las pesadillas”.

Uno a veces se agarra de los ogros pequeños para no ver entero al monstruo que está enfrente”.

Cuando el infierno se instaló en mi vida, nada en ella acusaba más sentidos ni fines que asistir con la boca abierta aunque callada y esperar que el Demonio se apiadara de mí. Pero no he comenzado, el infierno parece lejos todavía…”

Si otros consiguen ser intrépidos y oportunos y simpáticos, yo lo mero opuesto de esas cosas, y lo sé porque todos los días, a la hora del recreo, camino a solas por el patio con un sándwich, un caso o una bolsa de papas en la mano”.

Estar solo, jugar a solas, nunca ser elegido para armar un equipo, aguantar unas burlas y devolver otras, pasar por alto algunos golpes y pellizcos: nada parece demasiado grave, y si lo pareciera sería una razón para ocultarlo. ¿Tengo la culpa de no tener amiguitos, ni habilidades claras, ni popularidad de ningún tipo?”

A veces, mientras me paseo por el patio, temo que ya jamás voy a estar a la moda, porque cualquier día de estos la gran moda va a ser darme patadas”.

Eduado Montagner, Toda esa gran verdad:

A veces se nos desmorona el autoengaño. Entonces nadie el albergue, nadie es idolatría ni paz, ni siquiera guerra”.

Mi madre, que todo lo ve y nada sabe, espera resignada a que los días y los años configuraran el destino de su único hijo”.

Ellos, a pesar de todo, siguen siendo más felices que yo, me decía: haga lo que haga, siempre lo serán”.

No te conformas con ser joto, sino que todavía quieres ir más allá. A pesar de tus esfuerzos por ocultarlo, algún día alguien te descubrirá y entonces serás un paria en tu propia tierra. Y tendrás que esconderte cada vez más a fin de ser medianamente feliz. Y estarás solo porque será casi imposible encontrar a alguien que se interese con la misma intensidad en aquello que te excita. Torpe, ¿no ves que no se puede llegar impune a tanta perversión?”

Las paredes sabían mantener mi angustia dentro de un espacio definido. Luego me dio por considerar que mi vida era un pequeño infierno perdido en un desierto inabarcable”.

Autoerotismo en pleno: mal de uno, consuelo de nadie”.

…las manos sirven para muchas cosas, menos para el acto quizás de mayor trascendencia para cualquier ser humano: escapar del sepulcro”.

Federico Ortiz Quezada, Primero los pobres:

Soy un hombre inacabado, pues lo único que lo termina a uno como ser humano, la verdadera definición, nos la da el amor”.

Es la frontera, filo de la navaja de nuestra existencia, el lugar en que debemos situarnos para elegir hacia dónde encaminarnos y qué sentido darla nuestra vida”.

¿A caso no es la meta de la vida toda? Y la muerte, debo reconocerlo, tiene tanta o más imaginación que la vida; por eso existimos evocándola, recreándola, temiendo su inagotable sabiduría”.

Somos lo que hemos sido, el pasado vive en nosotros y conforma el presente. Uno construye su propio destino, sabiendo desde el principio lo que acontecerá”.

…hay algo peor que el sufrimiento: la pérdida del amor propio, mi tragedia”.

Las mujeres son la tierra y el hombre el viento; por eso ellas esperan y el hombre vuela convertido en giros inconstantes. México es tierra de mujeres, en México la casa no reposa sobre la tierra sino sobre la mujer, son ellas las que han formado la nación. Los hombres giramos alrededor de ellas y…”

A pesar de lo que muchos piensan, la casualidad y la paradoja son el tejido de la vida”.

Con claridad percibo los golpes en las mejillas que escuecen las lágrimas del pasado”.

La lectura es la mejor forma de combatir la soledad y la desesperación, porque se convierte en una conversación con uno mismo y con quienes conocen la vida: los muertos”.

No cabe duda, la glotonería ensambla; el hambre, separa”.

Si algún bien he hecho en toda mi vida, me arrepiento desde lo más profundo de mi alma”.

Pinche Dios, te olvidaste de nosotros, parece como si el diablo nos hubiera manoseado”.

La vía recta a la lujuria es la del arte culinario”.

En el ejercicio de nuestras emociones no hay fronteras, pertenecemos a una misma patria. El texto de nuestras vidas es el mismo, lo que difiere es la lectura”.

La mentira más frecuente y aceptable es la que nos repetimos a nosotros mismos, y es aquí donde se inserta el poder de las ideologías”.

México es un país ayuno de justicia y cualquiera que la ofrezca tendrá éxito”.

…expresamos nuestras más grandes obras cuando estamos dominados por el sufrimiento”.

La disociación esquizofrénica es inevitable cuando llevamos una vida doble”.

Se ama lo que se conoce y se conoce lo que se ama”.

Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca”.

En un país paupérrimo, tener dinero significa la salvación del cuerpo y del alma, por ello todos lucha entre sí y se matan por tenerlo: la riqueza hace la diferencia. Lo mismo pasa entre los ricos. La diferencia es que los pobres piensan más en él”.

Quien escribe se escribe, no sólo enviándose misivas, producto