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Archive for September, 2007

Estos días he pensado en ti: en tus ojos tristes, tus labios rosas y húmedos, tu forje tibio y actitud ¿despreocupada? 

Una contradicción me inunda: contigo quiero compartir mi tiempo, conocerte más deseo, besarte horas anhelo y, la distancia es el más grande obstáculo ¿Es el único? 

Hoy, desperté de un sueño obseso en donde arrancabas mis ganas con la punta de tu lengua y susurrabas secretos en mi obligo mientras salía de tu boca un soplo de esperanza. 

Y del sueño quedé sorprendido, aturdido. Mi fetiche era tu boca, y casi lo es desde el primer beso. Tu boca, tu boca, tu bendita boca rosa y suave, mojada. 

Descaradas, mis letras llegarán a ti, dejando una estela perceptible de seducción. Tus ojos pasaran inquietos encima de cada una, y dejará correr tu sangre un escalofrío de ansiedad. 

Te deseo, y quisiera de ti salieran las más perversas propuestas. Y no salen. Por eso helas aquí, a flor de piel, echadas en cara, obscenamente frescas y cariñosas. Llámame para tenerme entre tus brazos, besarme los labios tembeleques y hacerme el amor sin prisa y con pasión animal. 

Inocentemente pienso, ya lo has hecho, de tal modo que sabes los movimientos justos y las miradas comprometidas; para después perdernos en la incertidumbre del futuro: ¿y ahora qué sigue? Seguirá o no, así es este juego. 

Te ofrezco seriedad y diversión, ardor y religión, libertad y sentencia. Hasta la complacencia por ser tu cómplice; sólo por andar contigo, en secreto o no, para hacerte feliz. 

Lluvia de noche

04Sep07

De noche al caer la lluvia, 

fuerte como si tirar los techos quisiera, 

abro los ojos cuando por cerrarse 

durante toda la noche estaban. 

 

Modorro yo y, pareja la lluvia cae 

en la tierra haciéndola retumbar. 

Toma ritmo y por momentos 

engaña con dejarse volar, 

pero sigue en picada hasta chocar 

con ventanas cerradas, perros sucios 

y hojas secas. 

 

Me levanto miedoso, tocan mis pies 

suelo fresco y espero impaciente 

el fin de la tormenta. 

Arriba, escurriendo agua ácida, 

está mi ropa colgada y así quiero dejarla. 

Y así quiero encontrarla, en los mismos 

lazos viejos, pero tiesa y reseca por 

el nublado de la mañana. 

 

Lo sé, el aire celoso la querrá, 

me despierta también 

la angustia de mirar entre sus 

garras mis calcetines. 

Pero guardo paciencia, adusto 

y sin pijama, bajo el techo 

de mi habitación. 

 

Ahora, más suaves caen las gotas; 

chorros intensos se escuchan 

pero no vienen del cielo, sino de azoteas 

inundadas. Del cielo se escucha 

apenas un tiqui tiqui, tumbando 

el asfalto de la calle. 

 

Cada vez se oye menos y 

siento otra vez pesados los ojos. 

Tengo menos miedo que hace rato: 

cuando me paralicé al confundir 

la furia de las gotas con el grito 

de un hombre enojado al otro 

lado de la puerta. 

 

Volveré a la cama, a esperar menos 

impaciente el fin de la tormenta. 

A dormir y dejar de oír la 

lluvia de la noche caer; 

y soñar con que duermo tranquilo. 

 

 

Presentación de la novela El búfalo de la noche del escritor Guillermo Arriaga en Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, junio 2007.

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Juan Pablo Polo, Israel Pintor, Guillermo Arriaga y Carla Hinojosa.

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Guillermo Arriaga e Israel Pintor

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Firma de Guillermo Arriaga en su novela El búfalo de la noche.

 

Debería ser un día fenomenal, una sola vez se cumplen veinte, veintiuno o veintidós años. No lo fue. No lo ha sido desde entonces. Será, tal vez, la agonía de estar enclaustrado en casa durante estas asquerosamente largas vacaciones. Querer independencia y no tenerla, apesta. Apesta aún más el hecho de quererla y, por convicciones distintas, no poder adquirirla. Muy a mi pesar, lo poco o mucho hecho por celebrar mis veintidós ha estado rico. Ya con dinero en la mano, regalo de mamá, decidí invitar a “la banda” a cabaretear. Digo, para no perder la costumbre. Una vez más caí en Tito Neón. A diferencia de los años pasados, en esta ocasión esperaba “nuevas” amistades. Gente con la que durante el último año hice “buenas migas”, como dice mamá. Llamé a todos por teléfono, quise personalizar la invitación para asegurar la asistencia. Un par dijo tener compromisos, ni modo. La mayoría se mostró gustosa e interesada en divertirse joteando. Al final, reiteré, mis amistades son pocas: Ismael Marín, César Torres y Salvador Zavaleta no faltaron. Marcela Mora anda trabajando en Cancún, de haber estado aquí seguro iba (la extrañé mucho). De la “nueva banda” llegaron tres amigas: Carmen, Anahí y Ángeles. Hizo excelente compañía el buen Neftalí Bartol y su galán. Llegó, como de visita de doctor, Alfonso Castañeda, también conocido recientemente: me regaló un libro de Beatriz Rivas titulado La hora sin diosas, muy atinado presente, adoro comprometerme así con la gente, por medio de libros. Lo mejor fue ver llegar a mi hermano Iván con Herandi (Gandhi), mi cuñada y sus cuates. Como buenos prematuros, apenas cumplidos los 18 a antrearle. Hasta al sobrino llevaron, metido en panza, claro está. La pasé bien, bailé como loco y hasta ligué. Roberto Godinez Amilpas es su nombre, chispa ¿no? Bueno, pues este muchacho brujo me atrapó con sonrisa encantadora, ojos pispiretos, pestañas de perro triste y actitud despreocupada. Fue sensacional. ¡Eso de ser objeto del deseo está chido! ¡Bárbaros los besos y el baile cadencioso! “De la buena onda”, diría Carla Hinojosa, una de las estrellas brillantes por su ausencia de la noche, junto con Fabiola Maya y Adriana Sánchez. ¡Perras malditas! Esta me la pagan cara. ¡Ocho con sus vidas y sus proyectos y pelador de mi parte! (Puro y sincero argot ñero). Luego, transcurren de sobra las horas en mis últimos días. Algo tenía que hacer para no volverme loco, gaste un dinerillo en pintura para redecorar mi habitación. Cosa positiva a mis veintidós, pues eso de Bob Esponja y cartelitos de colores quedó en mis gustos del pasado. Luce ahora maduro, armónico, acomodado; mucho menos saturado y limpio. Llamé al proyecto de remodelación “Pensar menos en Roberto”, no sirvió de mucho. Pasé dos días enteros pintando,  cantando cursis rolas poperas (de las más baratas, claro) y sin fumar un solo cigarrillo. Fresa. En fin. Casi sin darme cuenta, el tiempo pasa veloz. Al ritmo de mis pasos pensé: tranquilo, aún hay tiempo, lee, conoce, sonríe y busca la felicidad. ¡Qué pinche complejo suena esto último! Sin embargo haré caso a mi pensamiento y trataré. Debo programarme para subir la velocidad, tomar el control del siguiente peldaño vivencial, prepararme mejor para el futuro, ese que todo el pasado ha estado presente, el que veo cada vez más cerca y menos miedo me da. Falta poco, seguiré a mi ritmo para acelerar, si quiero, después. Y llegarán al punto los veintitrés.