Podbean Podcast Site Category :   Radio   Tags :                                   

-Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis-. Sin saberlo el abuelo comenzaba a relatar aventuras y desventuras. De comida, giras con la orquesta y anécdotas revolucionarias hablamos. Pero primero lo primero: -Cómo estás, supongo que como siempre, plenamente sentado en el sofá y viendo televisión- –¿Qué comes que adivinas?- –Te llamo para dos cosas. Para saludarte y para invitarte a comer mañana domingo, ¿puedes?- –Claro hijo, y ¿a qué se debe?- –A que te necesito abuelo. Te necesito para hacer la tarea; por muy convenenciero que resulte- –¿Cómo está eso?- –Nada, olvídalo. Quiero visitarte, platicar contigo y, se me ocurre que podía invitarte a comer. Nunca lo hemos hecho. Paso por ti a las dos- –Sale y vale, acá nos vemos-. Como siempre llegue tarde, hora y media tarde. Para él seguro no es sorpresa, de familia es la impuntualidad. El living de su casa lleno de luz, las cortinas medio recorridas como siempre, sobre los sillones sábanas rosadas y cojines de colores, nuevas cubiertas de polvo sobre otro cubre polvo de plástico. ¡Que metódico es el abuelo¡ -Siéntate a ver la tele conmigo hijo- –Hace calor abuelo, iré por agua a la cocina- –Aquí hace frío. Come unas galletas, están “requetericas”- –Tengo hambre, vamos ya al restaurante ¿no?-. Caminamos un par de cuadras, verlo siempre es un placer. No es el típico abuelito quejumbroso, aunque tiene sus dolencias como todos. Vestía todo de negro, cachucha con el logo de un equipo de fútbol, estoy seguro de que ni él sabía qué equipo era. Pasos firmes, lentos y cuidadosos -¡No te pases por la tierra!-, me decía. Según él, se come rico en el mercado de “la uno”, -…allí por lo menos se portan mejor, atienden bien, sirven todo a tiempo y nunca está fría la comida-. No quiso ir al restaurante y me guió pues al mercado de “la uno”. Mesitas con manteles a cuadros, servilleteros de palitos colorados, sillas al estilo provincia, la luz del sol entraba por todos lados y el sonido inconfundible que producen las fonditas: vasos de vidrio y cubiertos tintineando. Nos sentamos, tardaron en acercarse a tomar la orden. A su espalda una muchacha regordeta llevaba a su chihuahua en los brazos, ¡Dos para llevar!, gritaba y, nadie le hacía caso. Las meseras sudorosas de tanto caminar, confundidas, cansadas pero sonrientes. Al fin se acercó una. -¿Les traigo consomé o sopa de pasta?- –Queremos pozole señorita, dos por favor-, ordenó el abuelo. -Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis. Se dice fácil pero son un chorro ¿no?-. Asentí con la cabeza. Sin siquiera preguntar comenzó a hablarme como si supiera exactamente lo que quería saber. -Cuando entré en el cincuenta y nueve, la cosa estuvo difícil, me ayudó la novia de uno de los hermanos de tu abuelita Chata; entré como mozo, ahora tengo otro puesto, después de tantos años allí debía ascender ¿no?-. Volteo rápidamente hacia los costados, vigilante. -Aquí entre nos, me pagan como arreglista y eso que no sé nada de música. Tengo el nivel quince, el más alto. No me va mal-. Llegó la mesera con los platos de pozole, ya con mejor semblante y sin sudor. -¿Y de tus viajes, abuelo?- –¿Qué tienen mis viajes?- –Háblame de ellos, seguro haz visitado muchos lugares del país y algunos pocos del mundo-. Miró con detenimiento la mesa, acomodó el salero, olió la salsa y suspiró.  –A tu abuela le gustaba hacer de estas salsas-. Tomó una servilleta y la dobló por la mitad, ubicó con la mirada los limones, extendió la mano. -¿Me das uno?-. Quitó la servilleta que envolvía los cubiertos, escrupulosamente dejó el cuchillo y tenedor del lado izquierdo, utilizó sólo la cuchara. –El que más me ha gustado es cuando fuimos a dar conciertos a Guatemala, pero recién nos fuimos también a Sinaloa por dos semanas. Nos pagan todo, es una de las cosas de las que jamás podré quejarme en el trabajo. Lo que ahora es la Secretaría de Cultura… que por cierto está al mando de una señora que me cae bien mal y no tiene idea de lo que es la cultura: ¡figurate!, un día mandó un montón de médicos para hacerse cargo de las relaciones públicas de la orquesta. Nos mandó también a Guadalajara a una feria musical que se celebra por allá…- Mi hambre era mucha, a los quince minutos quedaba la mitad de mi plato, él siguió hablando, hacía pausas breves para meterse una cucharada de granos a la boca. Con toda la paciencia del mundo dobló al revés su servilleta y reacomodó el salero. Come lento, no lo había notado. Caí en cuenta: lo veo poco, mucho menos de lo que me gustaría verlo. –Está bien rico el pozole ¿no?, y hablando de comidas y viajes: hace muchos años, cuando tu tía Alicia aún no se casaba con Gerardo, fuimos en el “bochito” a Jalisco, ¡ay!, está re lejos Jalisco. Nos invitaron a una boda, habían hecho carnitas, ya sabes cómo ¿no? A la antigüita, hasta me acuerdo de cómo mataron al puerquito. ¡Que ricas estaban esas carnitas! Tu bisabuela Carmen, con todo y diabetes se chutó tres tacotes de puros cueritos ¿te gustan los cueritos hijo?-. La información comenzaba a saturar mi cabeza. Definitivamente no me gustan los cueritos, contesté a su pregunta con una cara de repudio. Decía tantas cosas que jamás me atreví a interrumpirlo. Siguió hablando de comida y de sus viajes al extranjero: Los Ángeles California es su lugar favorito en Estados Unidos pues allí vive su hija la más chica, mi tía Susana. De repente y sin darme cuenta el tema era distinto. No paraba de hablar, podía ver entusiasmo en sus ojos. –Nací en 1934, a mis setenta y uno años me siento aún con muchas ganas de vivir-. Seguro todos los abuelos saben esa frase de memoria, traté de imaginar las peripecias de mis demás compañeros con sus respectivos abuelos y me pregunté: ¿también a ellos les habrán dicho la misma frase? –Con esos años sobre la tierra debiste ver ya mucho, abuelo-. Conozco al abuelo desde hace veinte años y siempre lo he visto igual, para mí no cambia; tal vez más blanca la cabellera, pero eso es todo. Me parecía sostener la plática del siglo, el abuelo es toda una enciclopedia inexacta. Con los dedos de la mano hice cuentas. –Pocos años habían pasado desde la Revolución Mexicana para cuando naciste, ¿recuerdas como era el ambiente político en ese entonces?-. Por un segundo pensé encontrar en sus palabras alguna revelación inédita de aquellos tiempos revolucionarios, una sonrisa se dibujo en mi rostro, las mejillas se llenaron de color, reposé los codos en la mesa e incliné el cuerpo hacia enfrente, paré bien la oreja. –¡A buen árbol te arrimas, Israel! No me acuerdo de lo que hice ayer ¿cómo quieres que recuerde eso? De historia no se nada, con trabajos me acuerdo que gritábamos en tiempos electorales: ¡Camacho, Camacho, comes plátano macho!, pero no me acuerdo de más. Enseguida entendí que mi  falta de memoria fue heredada. Bajé la mirada desilusionado. -Aunque ahora que lo mencionas…-, La esperanza regresó a mi rostro. –Me acuerdo…  mi papá me contaba cómo se escondían de “la leva” creo que así le decían. Así le llamaban a los revolucionarios reclutas. Llegaban y sacaban de las casas, las cantinas y las calles a los hombres: viejos o jóvenes, no importaba. Si no mal recuerdo fue por allá de 1911 o 1913. Por fortuna mi papá supo esconderse bien. Fue a uno de sus hermanos a quien capturaron, no tuvo tanta suerte-. Bajó la cabeza en solidaridad. Imaginé lo peor para el tío de mi abuelo, sentí lastima por su familia: pasaría por penurias inconsolables. Unos segundos después siguió con el relato, no sin antes darle un sorbo al vaso de agua de piña, intacto hasta entonces. -Contó a su regreso el tío: iba la tropa caminando a paso acelerado por un maizal de altas ramas, seguro nadie podía vernos pues eran altas en verdad, sólo el movimiento y el crujir de las hojas secas podía anunciar el desfile. Moría de miedo, ninguno de los que estaban conmigo sabía lo que sucedería en el campo de batalla. Durante horas ideé estrategias para escapar, pero esas misiones de magos no eran lo mío. Usaban todos uniformes del mismo color, verde oscuro-. Antes de seguir sonrió discretamente. –En ese entonces se usaban ropas interiores al estilo mameluco, qué ridículos nos veíamos todos. Las ganas de defecar de mi tío impedían su marcha; encargó la “carabina” con alguno y se agazapó entre las ramas. Vio en el hecho el escape y esperó a que se alejara la tropa. Cuando pudo corrió en mameluco por días, si alguien le veía con el uniforme lo acusarían de desertor. A los desertores les mataban sin preguntar. Llegó a casa sano y salvo, permaneció ocho meses encerrado, no le hablaba a nadie. -Ya son las cuatro treinta, mi película empieza en quince minutos. Corre hijo-. Y pagó la cuenta.

domingo 5 de febrero, 2006.


No Responses to “Pozole con el abuelo”  

  1. No Comments

Leave a Reply