Archive for August, 2007
Besos Furtivos de Cabaret:
Sin poder evitarlo he pensado en ti como loco. Cierro los ojos y ahí están las luces de colores, el delicioso calor, el pop estridente y el vaho de tu boca. Tu boca, tu boca, tu boca. Húmeda, entreabierta y entrecerrada. Tu boca: sobre todo el espacio minúsculo que une tus labios, curva delicada de placer. Tu boca, bajo esos ojos con pestañas de perro triste y mirada distraída (retraída).
¡Carajo! Tiempo me sobra para pensar en tu boca. Porque esa boca excepción fue más mía que tuya esa noche, regalo inigualable entre detalles de compromiso. Y neta no quiero el recuerdo, sino la gloria de besarla siempre. ¿Quieres?
Y cómo no pensar en tu boca cuando me la diste toda; junto a tu cuello de sal, tus manos turistas y tu cadencia pélvica. Y cómo pensar en otra cosa si el lugar completo se esfumó apenas tocaste con los tuyos mis labios. Y ya para cuando el tercero o cuarto beso, ni mundo; sólo tus dedos en mi espalda baja, el ritmo suave de tu lengua y el sabor tórrido…
Ay, Godinez Amilpas. Me dejas, las noches posteriores hundido en el recuerdo y las ganas. ¿Te quedaron ganas y recuerdos? Dime.
De cabeza puse mi habitación, todo saco y acomodo, todo quito y olvido, todo tiro. Seis latas de pintura: azul, blanca y hueso; visitan mi aposento en espera de quedarse para siempre a vivir en sus paredes, todas en gama armónica con los colores de muebles, telas, piso. Y todo porque necesitaba pensarte menos. (Léase MENOS, no dejar de pensarte). De ahora en adelante, cuando mire mis paredes vendrás a mí entre flashes y bets. Y cuando te vengas, quiero que te quedes.
¿Sexo sin amor?
¿Nuestras generaciones son más propensas al sexo sin amor? ¿Es una práctica común hoy en día? ¿Somos completamente capaces de separar el amor del mero acto carnal? Esas y otras cuestiones me atañen a raíz de concentrar mis pensamientos en el tema. Pretendo con estas líneas aportar apenas un par de ideas al respecto, sin proponerlas, claro está, como la única y necesaria verdad sobre el tema. Últimamente, entre amigos y colegas me entero de casos muy interesantes. Que si cuando ligamos nuestros primeros pasos nos dirigen al sexo (entiéndase sexo como relaciones sexuales). Que, si de tanto salir e intimar con nuestro ligue, la posibilidad de entablar relaciones sexuales desaparece antes de insinuarse. Que si entramos al juego del sexo por placer y perdemos al enamorarnos, o lo jugamos tanto como para perder la capacidad de sentir amor. Incluso, jugamos a querernos enamorar sin pensar siquiera en sexo… ¿Así o más complicado?
Para algunas personas el amor y el sexo son indisociables. Otras describen las relaciones como una necesidad fisiológica más; una forma, entre muchas otras, de comenzar una relación humana (amorosa o no); incluso hay quienes se refieren a ellas como una actividad innecesaria del ser humano (Aja…).
Sabemos de sobra lo importante de la sexualidad. Somos seres sexuados y no se trata sólo de nuestra capacidad de reproducción, sino de las formas de expresar nuestra vida entera. Por medio de la sexualidad dejamos ver de nosotros mucho: personalidad, sentimientos, actitudes, gustos y disgustos, etc. Queda claro entonces, las relaciones sexuales no son innecesarias, sino todo lo contrario. Ahora bien. ¿Cuándo las tenemos estamos únicamente satisfaciendo una necesidad fisiológica? Aunque habrá quien lo afirme, ejercer nuestra sexualidad es mucho más. He ahí el problema con el amor y el sexo, pues, la mayoría de las veces (más las féminas que los varones, tema que da para otra colaboración), tenemos relaciones y amamos o nos enamoramos al mismo tiempo. No para todos la opción es dejarse al placer, pues en ello se van embarrados los amores. Sin embargo hay quienes, con menos complicaciones, llevan plenamente sus relaciones sexuales, parcial o totalmente separadas de los sentimientos amorosos. Se vale, por qué no. Cada quien sabe por donde se cuelan sus pulpas, y si para algunos(as) lo mejor es separar el sexo del amor, fenomenal. Habremos de ver después los resultados de ese estilo de vida, aunque dudo sea nutritivo o enriquecedor en otro ámbito, además del sexual.
Pero ¿cómo entender y reaccionar ante estas circunstancias cuando nos toca vivirlas? Estamos inmersos en esa posibilidad más que nunca. Hoy, en el estreno encontramos la satisfacción; es un pecado aburrirse y entre más consumimos (porque todo, incluso nosotros, somos mercancía) más queremos y, conocemos gente en los perfiles de Hi5 o Myspace con increíble facilidad. Tener sexo sin amor, hoy es más probable. Tal vez hasta común. Sin hacer de ello por lo tanto una norma, una moda o una regla de la vida.
Se trata pues de comunicación con nuestras parejas. No hay más. Así de simple. La fórmula para saber si estamos propensos a tener sexo sin amor es: escuchar y ser escuchado. Podemos ser excelentes amantes, amigos o vecinos, pero jamás adivinos. Por lo tanto preguntemos de las necesidades del otro(a) y expresemos las nuestras. Así, aclarar si andamos en busca de una relación estable, donde además de sexo queremos amor, es la clave para acercarnos o alejarnos de las relaciones sin afecto. Al hablar, establecemos acuerdos mutuos con nuestra pareja para determinar aquello que nos complazca y complazca al otro(a), es decir, si estamos o no de acuerdo en entablar una relación de sexo sin amor.
Para finalizar esta colaboración, me queda decir un par de cosas. El sexo es para todos como todos son para el sexo (léase la frase con todas sus posibilidades interpretativas). Se vale tener relaciones sexuales sin amor, por supuesto, lo que no se vale es jugar con los sentimientos de nuestra pareja; por ello es fundamental la comunicación previa. Y si ya estás metido(a) en estos líos, un consejo se me ocurre decir: cuando el caso es que el(la) enamorado(a) eres tú, no sabes ciertamente si eres correspondido(a) y ya tuviste más de una relación sexual con tu pareja; considera darle fin al enredo. Seguramente es lo mejor para ti, y digo para ti porque si tu pareja no se ha tomado la molestia de preguntarte cómo te sientes y qué piensas, es que probablemente lo único que buscaba en ti era sexo. Cuando el caso es que, con quien sales lo único que te enloquece es las hormonas, lo mejor es la honestidad. Dile la neta, que sólo te interesa un free “buena onda”, acá, rico, tal vez romántico, pero nada más: tienes de dos sopas, te dice que si y franquean sensacionalmente o, te da las gracias y pasa. Es duro, lo sé, pero mucho mejor que las mentiras y los gatuperios, causa posterior de heridas profundas en el corazón.
Y, si lo tuyo es experimentar, pues adelante. ¡A coger y mamar que el mundo se va a acabar! Nada más ten presente las reglas, no jodas si no quieres ser jodido. La ley de herodes aquí no encaja. Usa siempre condón para prevenir las ITS o embarazos. Y, si sientes que el amor toca tu puerta y con quien te acuestas no despierta del encanto tibio de las sábanas, entonces no la abras más que para poner el letrero de “No molestar, hoy no requiero servicio al cuarto”. Así ninguno sale herido. Retírate a tiempo.
Pozole con el abuelo
-Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis-. Sin saberlo el abuelo comenzaba a relatar aventuras y desventuras. De comida, giras con la orquesta y anécdotas revolucionarias hablamos. Pero primero lo primero: -Cómo estás, supongo que como siempre, plenamente sentado en el sofá y viendo televisión- –¿Qué comes que adivinas?- –Te llamo para dos cosas. Para saludarte y para invitarte a comer mañana domingo, ¿puedes?- –Claro hijo, y ¿a qué se debe?- –A que te necesito abuelo. Te necesito para hacer la tarea; por muy convenenciero que resulte- –¿Cómo está eso?- –Nada, olvídalo. Quiero visitarte, platicar contigo y, se me ocurre que podía invitarte a comer. Nunca lo hemos hecho. Paso por ti a las dos- –Sale y vale, acá nos vemos-. Como siempre llegue tarde, hora y media tarde. Para él seguro no es sorpresa, de familia es la impuntualidad. El living de su casa lleno de luz, las cortinas medio recorridas como siempre, sobre los sillones sábanas rosadas y cojines de colores, nuevas cubiertas de polvo sobre otro cubre polvo de plástico. ¡Que metódico es el abuelo¡ -Siéntate a ver la tele conmigo hijo- –Hace calor abuelo, iré por agua a la cocina- –Aquí hace frío. Come unas galletas, están “requetericas”- –Tengo hambre, vamos ya al restaurante ¿no?-. Caminamos un par de cuadras, verlo siempre es un placer. No es el típico abuelito quejumbroso, aunque tiene sus dolencias como todos. Vestía todo de negro, cachucha con el logo de un equipo de fútbol, estoy seguro de que ni él sabía qué equipo era. Pasos firmes, lentos y cuidadosos -¡No te pases por la tierra!-, me decía. Según él, se come rico en el mercado de “la uno”, -…allí por lo menos se portan mejor, atienden bien, sirven todo a tiempo y nunca está fría la comida-. No quiso ir al restaurante y me guió pues al mercado de “la uno”. Mesitas con manteles a cuadros, servilleteros de palitos colorados, sillas al estilo provincia, la luz del sol entraba por todos lados y el sonido inconfundible que producen las fonditas: vasos de vidrio y cubiertos tintineando. Nos sentamos, tardaron en acercarse a tomar la orden. A su espalda una muchacha regordeta llevaba a su chihuahua en los brazos, ¡Dos para llevar!, gritaba y, nadie le hacía caso. Las meseras sudorosas de tanto caminar, confundidas, cansadas pero sonrientes. Al fin se acercó una. -¿Les traigo consomé o sopa de pasta?- –Queremos pozole señorita, dos por favor-, ordenó el abuelo. -Tengo cuarenta y cinco años trabajando para la Orquesta Típica de la Ciudad de México, en un mes serán cuarenta y seis. Se dice fácil pero son un chorro ¿no?-. Asentí con la cabeza. Sin siquiera preguntar comenzó a hablarme como si supiera exactamente lo que quería saber. -Cuando entré en el cincuenta y nueve, la cosa estuvo difícil, me ayudó la novia de uno de los hermanos de tu abuelita Chata; entré como mozo, ahora tengo otro puesto, después de tantos años allí debía ascender ¿no?-. Volteo rápidamente hacia los costados, vigilante. -Aquí entre nos, me pagan como arreglista y eso que no sé nada de música. Tengo el nivel quince, el más alto. No me va mal-. Llegó la mesera con los platos de pozole, ya con mejor semblante y sin sudor. -¿Y de tus viajes, abuelo?- –¿Qué tienen mis viajes?- –Háblame de ellos, seguro haz visitado muchos lugares del país y algunos pocos del mundo-. Miró con detenimiento la mesa, acomodó el salero, olió la salsa y suspiró. –A tu abuela le gustaba hacer de estas salsas-. Tomó una servilleta y la dobló por la mitad, ubicó con la mirada los limones, extendió la mano. -¿Me das uno?-. Quitó la servilleta que envolvía los cubiertos, escrupulosamente dejó el cuchillo y tenedor del lado izquierdo, utilizó sólo la cuchara. –El que más me ha gustado es cuando fuimos a dar conciertos a Guatemala, pero recién nos fuimos también a Sinaloa por dos semanas. Nos pagan todo, es una de las cosas de las que jamás podré quejarme en el trabajo. Lo que ahora es la Secretaría de Cultura… que por cierto está al mando de una señora que me cae bien mal y no tiene idea de lo que es la cultura: ¡figurate!, un día mandó un montón de médicos para hacerse cargo de las relaciones públicas de la orquesta. Nos mandó también a Guadalajara a una feria musical que se celebra por allá…- Mi hambre era mucha, a los quince minutos quedaba la mitad de mi plato, él siguió hablando, hacía pausas breves para meterse una cucharada de granos a la boca. Con toda la paciencia del mundo dobló al revés su servilleta y reacomodó el salero. Come lento, no lo había notado. Caí en cuenta: lo veo poco, mucho menos de lo que me gustaría verlo. –Está bien rico el pozole ¿no?, y hablando de comidas y viajes: hace muchos años, cuando tu tía Alicia aún no se casaba con Gerardo, fuimos en el “bochito” a Jalisco, ¡ay!, está re lejos Jalisco. Nos invitaron a una boda, habían hecho carnitas, ya sabes cómo ¿no? A la antigüita, hasta me acuerdo de cómo mataron al puerquito. ¡Que ricas estaban esas carnitas! Tu bisabuela Carmen, con todo y diabetes se chutó tres tacotes de puros cueritos ¿te gustan los cueritos hijo?-. La información comenzaba a saturar mi cabeza. Definitivamente no me gustan los cueritos, contesté a su pregunta con una cara de repudio. Decía tantas cosas que jamás me atreví a interrumpirlo. Siguió hablando de comida y de sus viajes al extranjero: Los Ángeles California es su lugar favorito en Estados Unidos pues allí vive su hija la más chica, mi tía Susana. De repente y sin darme cuenta el tema era distinto. No paraba de hablar, podía ver entusiasmo en sus ojos. –Nací en 1934, a mis setenta y uno años me siento aún con muchas ganas de vivir-. Seguro todos los abuelos saben esa frase de memoria, traté de imaginar las peripecias de mis demás compañeros con sus respectivos abuelos y me pregunté: ¿también a ellos les habrán dicho la misma frase? –Con esos años sobre la tierra debiste ver ya mucho, abuelo-. Conozco al abuelo desde hace veinte años y siempre lo he visto igual, para mí no cambia; tal vez más blanca la cabellera, pero eso es todo. Me parecía sostener la plática del siglo, el abuelo es toda una enciclopedia inexacta. Con los dedos de la mano hice cuentas. –Pocos años habían pasado desde la Revolución Mexicana para cuando naciste, ¿recuerdas como era el ambiente político en ese entonces?-. Por un segundo pensé encontrar en sus palabras alguna revelación inédita de aquellos tiempos revolucionarios, una sonrisa se dibujo en mi rostro, las mejillas se llenaron de color, reposé los codos en la mesa e incliné el cuerpo hacia enfrente, paré bien la oreja. –¡A buen árbol te arrimas, Israel! No me acuerdo de lo que hice ayer ¿cómo quieres que recuerde eso? De historia no se nada, con trabajos me acuerdo que gritábamos en tiempos electorales: ¡Camacho, Camacho, comes plátano macho!, pero no me acuerdo de más. Enseguida entendí que mi falta de memoria fue heredada. Bajé la mirada desilusionado. -Aunque ahora que lo mencionas…-, La esperanza regresó a mi rostro. –Me acuerdo… mi papá me contaba cómo se escondían de “la leva” creo que así le decían. Así le llamaban a los revolucionarios reclutas. Llegaban y sacaban de las casas, las cantinas y las calles a los hombres: viejos o jóvenes, no importaba. Si no mal recuerdo fue por allá de 1911 o 1913. Por fortuna mi papá supo esconderse bien. Fue a uno de sus hermanos a quien capturaron, no tuvo tanta suerte-. Bajó la cabeza en solidaridad. Imaginé lo peor para el tío de mi abuelo, sentí lastima por su familia: pasaría por penurias inconsolables. Unos segundos después siguió con el relato, no sin antes darle un sorbo al vaso de agua de piña, intacto hasta entonces. -Contó a su regreso el tío: iba la tropa caminando a paso acelerado por un maizal de altas ramas, seguro nadie podía vernos pues eran altas en verdad, sólo el movimiento y el crujir de las hojas secas podía anunciar el desfile. Moría de miedo, ninguno de los que estaban conmigo sabía lo que sucedería en el campo de batalla. Durante horas ideé estrategias para escapar, pero esas misiones de magos no eran lo mío. Usaban todos uniformes del mismo color, verde oscuro-. Antes de seguir sonrió discretamente. –En ese entonces se usaban ropas interiores al estilo mameluco, qué ridículos nos veíamos todos. Las ganas de defecar de mi tío impedían su marcha; encargó la “carabina” con alguno y se agazapó entre las ramas. Vio en el hecho el escape y esperó a que se alejara la tropa. Cuando pudo corrió en mameluco por días, si alguien le veía con el uniforme lo acusarían de desertor. A los desertores les mataban sin preguntar. Llegó a casa sano y salvo, permaneció ocho meses encerrado, no le hablaba a nadie. -Ya son las cuatro treinta, mi película empieza en quince minutos. Corre hijo-. Y pagó la cuenta.
domingo 5 de febrero, 2006.
Al final del éxtasis
Sin pensar en nadie,
por la noche derramo
mis ansias.
Cierro los ojos y tibio
todo estoy por todos,
con todos, sin nadie,
sin pensar.
Y la sangre del río
corre sus caudales
hasta estancarse en
la cuna entrepierna.
Es tanta… Sonrío
del olor a sal que
inunda el encierro;
vigilado por veinte rosas
muertas que duermen
desde el invierno.
Abro los ojos y,
quiero escribirlo
y la negrura no me deja.
Enciendo: luz, libreta,
pluma. Y aquí estás,
delineado y frío al
final del éxtasis.
¿Si era un niño?
Jaime Rico
Para Israel Pintor
¿Si era un niño? No lo sé… Su mirada cubría curiosa y avispada mi mirada ¿Un hombre? Tal vez… Sus palabras lo rebasaban pero el miedo al amor lo definía, la postadolescencia es mágica. No permite el compromiso pero anhela ser amado, no desea la entrega y busca desesperado a que asirse.
Israel el hombre-niño, el genio encantador, la promesa perfecta…. y un día mis pasos descubrirán sus huellas; mi niño-hombre …caminando adelante tal vez mi voz no alcance ya sus oídos, mi aroma a mandarina se esparcirá en la lluvia de la ciudad pero mi niño… Mi hombre Cuernavaca… Mi viaje abrupto…. me regalará una sonrisa tierna, ya no habrá deseo ni pasiones voluptuosas, pero una gran mirada llena de antiguos erotismos, de charlas ingeniosas y esperanzas sublimes…
Gracias a Jaime Rico por sus letras. Queridísimo amigo, inspiraste poemas un día, ahora me regalas lo mejor de tí, un poema precioso de remembranzas y pasiones muertas. Que tus palabras iluminen por siempre mi vida…
Mis días sin ti son asquerosos…
Mis días sin ti son asquerosos, detesto pasar tanto tiempo en casa. Desde que te conozco las vacaciones no me sientan bien, son días de horroroso hastío, de agobiante desesperación.
Apenas logro distraerme navegando, leyendo a Shekespeare y mordiéndome las uñas. Por ejemplo, ayer fui a mi encuentro con un desconocido medio conocido. Daniel se llama, estudia letras y es amante de la literatura. Junto a Gloria, una de mis primas más pequeñas, fuimos a escuchar el tocar de un piano y la voz de un barítono. La pasamos bien pero, nada de eso me llena.
Sin ti mi vida no cobra sentido, por eso conforme avanza el tiempo y estás más próxima a la lejanía, caigo en el más profundo de mis miedos. Desde siempre he vivido en ti, junto a ti, aprehendido a ti, y ahora me dejas poco a poco porque ya subí todos tus escalones y conocí tus recovecos. Y yo, sin dejarte aún estoy, cuando tú más próxima a olvidarme te encuentras; sin importarte: desde hace años viajo día a día, sin incumbir distancias, hasta mi encuentro contigo.
No me alejes, me gusta cuando en tus esquinas fumo y te fumo. Porque si me dejas me obligas a conocer a otra, o peor aún, a no conocer a nadie. ¿Lo que querías de mí ya lo tienes? Estás ya satisfecha, eso será… O quieres deshacerte de mí porque ya esperas otro que remplazará mi lugar…
Cruda me haces sentir. Desgarra mi mente desde hace días. Me hace pensar y seguir alejándome, no sólo de ti, sino de otras circunstancias igualmente difíciles. Que si cuando terminemos habré terminado con el otro, que si cuando termine con ambos habré conseguido otro más. Es un lío. Tengo miedo.
Mientras, conservo la necesidad de sentirte más cercana, para llegar hasta ti sin trinar, sin correr, sin empujar. Para, utópicamente, terminar con el otro mientras termino contigo; todo para no sentirme en continua pérdida de horas y minutos que jamás volverán; y encontrar a ese otro que debo, al concluir con ambos. Y no deja de ser una utopía. Entre más lo pienso, más me hundo y tengo miedo.
Ahora ni Romeo y Julieta calman mis ansias de verte otra vez, fría por las mañanas y tibia por las tardes. Ardo en deseos de pisarte de nuevo, aunque de ti mis mágicos anhelos desaparezcan poco a poco, como se están perdiendo los del activismo. Anhelos, por cierto, que trataré de estirar unos meses más, para legar así tres años de mi vida a ese otro u otra que viene a tomar mi lugar.
¿Cómo dejarte? ¿Cómo alejarme de ti cuando tanto te amo y necesito? UAM.X, te quiero toda, siempre.
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