010706, 11:39 p.m. Siete de la noche, minutos más, minutos menos. A la salida de la estación del metro Taxqueña, cientos de personas caminan con rumbos desconocidos. Se abre lento el paso entre el río, avanzar a prisa es la prioridad. Escaleras, puestos ambulantes; un pordiosero con harapos oscuros extiende la mano y nadie le hace caso.
El destino está claro, deseas ir a casa y escribir la mejor historia de tu vida. Pero un instante cambia todo, se achicharra y aparece uno nuevo. Desde hace tiempo le buscas sin encontrarle. A su departamento fuiste más de una vez a dejar notas debajo de la puerta. Sabes que existe, que está bien; por alguna importante razón no ha contestado tus mensajes.
Contento, te diriges a su departamento otra vez. Algo indica que hoy le encontrarás. Ver su rostro sorprendido te emociona. Los reencuentros siempre te han parecido momentos agradables. Una ingenua sonrisita se dibuja en tu boca, piensas que después del aburrido día, el encuentro le pondrá sazón.
De camino, mil cosas pasan por tu mente, tienes miedo de caer profundo, hay sentimientos acumulados. Supones la causa: jamás habías estado tan atormentado como los últimos meses. Ninguna otra razón ha provocado, durante el tiempo de abstinencia, esto que ahora te tiene atrapado en un laberinto sin salida. Necesitarás encontrarla antes de volverte loco o morir de pena, tristeza y lujuria.
De frente a tu nuevo destino, se yergue ante ti el edificio de departamentos más horrible que conoces. La puerta negra es grande y pesada, tiene grafitis por todas partes y guarda basura en las esquinas. Es más familiar que la última vez. Es tan gruesa… Si llamas con golpes no se escuchará. Usas la puertilla metálica del buzón para hacer ruido, esperas sea suficiente. Con el ruido del tráfico de la avenida Taxqueña es difícil competir.
No tardan en atender, abre la puerta un conocido. A simple vista parece inofensivo. Se ve igual que cuando le viste por primera vez. Sin chiste, chaparro, sereno, de ojos desconfiados, moreno quemado, labios gruesos, inseguro. De cara mejor ni hablar.
Como de costumbre cuando le vez, ignoras los ambientes, sus actividades y sus conversaciones. Te interesa alguien más. ¿Dónde está quien buscas? ¿Tardará? ¿Cómo está?
Pasa, te dice amable el moreno. Espérale, ya no tarda en llegar. Decides quedarte, tienes muchas ganas de verle. Le extrañas, te carcomen las ganas de ver su rostro atónito. El tiempo ha creado una barrera que podría jamás derrumbarse, por eso estás ahí, para derrumbarla.
Minutos pasan y te aburres viendo a Don Francisco en TV. El cuartucho donde esperas es pequeñísimo. En el mismo mueble donde está la televisión, un reproductor de DVD, un estéreo, una pila de discos pirata y una serie de artículos de higiene personal; están agrupados un frasco de mayonesa, una bolsa de pan de caja, un bote con café y otro con azúcar. Un colchón de resortes salidos tienes bajo el culo, no puedas sentarte en otro lugar. Al lado de la cama un mueble viejo tiene encima un par de camisas blancas y la misma cantidad de pantalones de vestir.
Han pasado ya veinte minutos desde que llegaste. Las palabras que cruzas con tu compañía te parecen tontas, sin sentido. No se sabe expresar y te desespera, preferirías se quedara callado.
Sacas un cigarrillo. Pides fuego y una servilleta para tirar la ceniza. Te recorres a la orilla de la cama, cerca de la puerta, para que el humo salga sin acumularse en ese espacio tan reducido. La primer bocanada de alquitrán y nicotina sale de tus labios y, de pronto el ansia te invade. Se te nota pues encoges los hombros y tocas tu frente.
Afuera, la lluvia se apoderó de la ciudad. El verano en puerta amenaza con mantenerte allí más tiempo del que tenías previsto. Te levantas, miras por la ventana y vez la calle gris, mojada. Las luces de los autos iluminan la avenida. Imaginar el recorrido de regreso a casa te provoca cansancio adelantado.
Tomas asiento de nuevo. Volteas a tu alrededor desilusionado. Por más que buscas, no encuentras una razón para permanecer encerrado en ese lugar tan espantoso. Sin querer demuestras nervios. Aquél, atento pregunta si los tienes y contestas incómodo con una afirmación de cabeza. Otra bocanada de humo te impide hablar, miras las estúpidas imágenes en televisión.
Sin haberlo calculado, comienza a masajearte los hombros. Sabes que algo no está bien y te ignoras. Placer, únicamente sientes placer. Hace tanto no te tocan… Importa poco quién lo haga. Intuyes lo que podría suceder si no respondes de inmediato, sin embargo callas.
Todo es más lento ahora, ignoras la razón. El touch es suave, agradable. Al fin una salida al laberinto y te sientes satisfecho. Durante minutos la sensación es la misma, hasta que en la espalda baja sientes su presencia más cercana. De nueva cuenta no dices palabra. Le otorgas el beneficio de la duda a las intenciones del que de amable se está pasando.
Y de un momento a otro, el descaro en su más expresiva manifestación se hace presente. Con toda alevosía y ventaja se recarga en tu espalda. Con toda alevosía y ventaja dejas que lo haga. En lo único que piensas ahora es que, después de meses de abstinencia, al fin derramarás tensión, si no en grandes proporciones, mínimo si algo.
Es horrible y lo sabes, de ninguna manera te atrae y tienes presente la idea. Eliges la mejor estrategia: ignoras cualquier detalle que impida llegar al orgasmo. Pierdes la decencia y el orgullo en el averno. Eres víctima del peor de los pecados capitales y, por si fuera poco, estás a nada de traicionar una amistad; aquella persona por la que estás allí y brilla por su ausencia, mejor momento no encontró para desaparecer.
Ya sin camisa aquél horripilante individuo te avisa, quien buscas tardará en llegar poco más, el comentario pasa desapercibido. Sigues inmerso en la sensación, el placer te fusiona con la cama. Sus manos torpemente siguen sobándote la espalda. Intentas encontrar un pensamiento que te indique parar y no lo encuentras.
A pesar de todo, tienes lo que quieres desde hace meses. No con quién prefieres, no de la mejor manera, no en el mejor lugar, pero sucede y es lo que importa. No hay felicidad, ni misterio, ni angustia. Lo único que quieres es verle abrir y cerrar la boca mientras te hace sexo oral; aún no sucede y ya lo imaginas. Te excitas. Nunca antes usaste así a una persona. Te vale; nada más te ha valido madres tanto como esto.
¡En qué gran hijo de puta te has convertido! Y aún tu conciencia está tranquila. Yo, yo, yo. Nada más importa. Inmerso en una sobredosis de hormonas olvidas por completo la razón de porque estás allí. Te dejas llevar sin importar el fin. Eso sí, en ningún momento bajarás la guardia. Lo que ahora sucede, sucede porque quieres, y se hará únicamente lo que a ti te plazca. Lo que te place ahora es dejar la lentitud.
Bajas la mirada y te prometes jamás mirarle a los ojos; si lo haces todo habrá terminado: vomitarás. El suéter que llevas puesto desaparece y de inmediato desabrocha tu camisa. Dejas sea él quien se mueva, quieres demostrarle indiferencia. Le das la espalda y ordenas que continúe con el masaje y lo hace, se monta sobre ti.
Los cuerpos juegan rítmicamente, se sienten uno al otro. Rápido, quiero esto rápido; entre más rápido mejor, piensas. Terminas de quitarte la ropa, él hace lo mismo. Se abalanza sobre ti, como loco lame tu cuello y orejas, toca tu espalda y nalgas con desesperación. Eres un maniquí, inmóvil ante sus movimientos. Apenas respondes las pulsaciones pélvicas. Le tomas del cabello con fuerza, en busca de tus labios se acerca, te quiere besar. Con un jalón le detienes, busca tu mirada y le esquivas.
Antes de que pueda pronunciar palabra, con las manos bajas su cabeza hacia tu vientre. Infalible señal de lo que quieres. Obedece tu petición sin dudarlo y al fin un sonido emerge desde tus pulmones, gimes de placer. Sientes su boca tibia entre tus piernas; con la mano derecha mueves su cabeza de arriba a abajo sin ternura, sin remordimientos.
Nunca habías querido ser lo que eres ahora: un insensible cabrón que busca únicamente coger y satisfacer sus gustos y necesidades. No te remuerde la conciencia pues sabes, aquél espantoso adefesio con quién estás piensa de la misma manera. Te valen sus sentimientos, de la misma manera a él le valen los tuyos, rectificas.
Transcurre el tiempo, ni idea tienes de cuánto ha pasado desde el comienzo. De repente una sandez te azota, igual que lo haría un látigo inquisitorio. Desde hace mucho quería hacerlo contigo, se atrevió a decirte. Con todo y que le tienes mamándotela, caes en la cuenta de lo terrible que se pondrán las cosas después. ¿Cómo me lo quitaré de encima?, ¡Está por llegar mi cuate!, piensas.
Justo cuando el placer aumentaba, la realidad te da una cachetada tele novelesca. Tu vida es tan triste y estás tan desesperado que has llegado hasta aquí. Cierras los ojos y te imaginas frente al espejo: pálido, desnudo, lleno de heridas en el corazón. Te inauguras hoy como tirano, tirano de sus propios terrenos. Tu amistad, con quien en principio ibas, no volverá a ser igual. ¿Quién es el espantoso adefesio ahora?
Justo como lo habías predicho por la mañana, la lujuria se apoderó de ti. “Y por favor, que la oportunidad de pasar a los menesteres amorosos, pasionales o carnales se dé pronto. Neta, esto urge. Puedo caer sumamente enfermo de lujuria si no encuentro solución a mi temporada de horror.” ¿Horror?, el que te espera ahora.
Te sietes tan asqueado y culpable… Tiemblas de miedo. Lo más escabroso es que no te arrepientes. La culpa, el asco y el malestar en general lo provocas tú y no él. Desde los rincones más sensibles del alma sientes dolor. Insoportable dolor.
Caes en la cuenta de tu error y paras todo en seco. Se sorprende y te mira desconcertado. Lo único que quieres es salir de ahí antes de que llegue a quién ibas a buscar.
Demasiado tarde. Se encienden las luces del pasillo que está fuera de la habitación. Es tu amigo. ¿Podrás seguirle diciendo de esa manera, amigo? No paras de preguntarte ¿cómo saldrás de esta? En chinga te vistes, mientras lo haces recuerdas haber dejado tus cosas en otro lugar, si las ve descubrirá que eres tú. Ese no era el reencuentro que imaginabas.
Ya vestido, con el rostro rosado, las manos frías y los ojos bien abiertos esperas un momento detrás de la puerta de la habitación para salir corriendo cuanto antes. No importa más nada, quieres huir. Sin hacer un solo ruido los dos, el horrible chaparro y tú, esperan agazapados como de película cómica gringa, las risitas cínicas les salen de la boca. ¡En tu puta vida permites que suceda algo similar! Les prometes a todos tus dioses.
Al fin, tu cuate abandona el lugar y sales caminando aprisa. El imbécil al que dejaste dentro dijo al filo de la puerta: ¡Regresa cuando quieras!, ¡Si pendejo, regreso mañana!, dijiste sarcástico entre dientes al salir. Por inercia caminas a la derecha y ¡OH! Sorpresa, allí está tu amigo en la esquina, esperando transporte.
Notas como desde la distancia quiere ubicar el rostro de quién acaba de salir de su casa. Escondes la cara inmediatamente y giras a la derecha, te pierdes entre las cuadras de la colonia hasta salir de nuevo a la avenida taxqueña, paras el primer taxi a la vista. Llegas a casa y frente a la computadora terminas de escribir la historia más asquerosa que jamás imaginaste.
De camino a casa, mil veces pasó por tu mente la escena y te retorciste de asco, de asco, de asco de ti. Estás satisfecho y decepcionado a la vez. Mereces tenerte lástima y te preguntas ¿cuanto tardaré en olvidar?, es lo único que interesa. Olvidar.
Sigues, y seguirás lamentándote de esto, quien sabe hasta cuando. Dormirás pensando en lo atroz de la situación. Vomitarás al amanecer.
030706, 4:01 p.m. No vomitaste, pero seguiste revolcándote de asco. Cínicamente pusiste los pies a andar. Tenías ya un itinerario; decidiste seguirlo al pie de la letra. Tiempo hay de sobra para reflexionar…
Sigues pensando en ayer, en el largo proceso de horas y horas que coincidió con el proceso electoral. Al igual que los resultados del segundo, los del primero continúan en ascuas. No te arrepientes, eso está claro. Sigues adolorido, mentalmente fue agotador, el cansancio se apodera de ti y vez nubloso.
En fin, ya paso. Supones: de alguna manera el tiempo se convertirá en tu único y mejor aliado; dejarás pronto de preocuparte. Mientras, tragas saliva amarga con cada recuerdo recurrente. Prometes no atormentarte y simplemente reconoces los nuevos límites en tus relaciones personales. Esperas con fé, con una fé similar a la católica devota, que jamás se modifiquen de nuevo.
170706, 12:04 a.m. El asco probablemente nunca desaparezca, tendrás que lidiar con él.
Por la ventana se filtra luz del sol, está todo en silencio. Saltas de la cama, tres pasos sobre el suelo frío terminan por despertarte. Vez en el espejo un reflejo que te atormenta y deleita, es el diablo. Corres a escribir sobre la cautivadora personalidad del diablo: “He llegado a la conclusión de que estoy loco. Loco de lujuria, loco de tristeza, loco de angustia, loco de mí.”
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