Hace un chorro de calor. El agua de mi cantimplora está tibia y así no me gusta. La frescura de las congeladas de limón ya pasó desde hace rato. Quisiera llegar rápido a la casa. El camino tan largo de todos los días me amodorra, por suerte no es miércoles, si no mamá estaría arrastrando al Enano por las calles y limpiaría mi baba de la ventana del camión. Ojalá se acorte el camino un día para así llegar luego luego a ver la tele. Aunque ni puedo verla porque mamá me pide ponga la mesa para cenar, o saque la basura de la cocina, o tienda mi cama. Y eso si papá no está, porque si está pide los cuadros, o las fotos, o los recortes, o las tarjetas. Hoy, apenas lleguemos todos y baje del bocho, iré a mi cuarto. Ya sé, a esas horas de la tarde siempre me da hambre, pero no quiero hacerla de mesero en la cena o de corre, ve y trae de papá. Me gusta cuando practico mis letras, cada día están más bonitas. Hubiera seguido escribiendo con cursivas, a lo mejor ahora escribiría como mi prima Alyn. Se ven bien padres sus cuadernos de la escuela, aunque luego me cuesta trabajo entenderles. Voy a encerrarme nada más llegue. Cuando llame mamá subiré el volumen del radio, al fin que siempre estoy cantando las de la onda vaselina. Por lo menos haré una plana, copiaré el cuento de las ranas, me gusta tanto… Dice la maestra Gaby -Te sale bien, pero la letra bonita no te pasará de año-. Me cae mal, sólo hace caso a Luis y las niñas de la primera fila. Pero me vengué cuando fuimos al campamento de aplicados. Para ella no lo soy, por eso no me dio un permiso como a los demás. Se puso frenética cuando supo que fui con la directora a abogar por mí mismo. Y como tengo buenas calificaciones me dio la razón. Soy un buen alumno. Tengo muy buena conducta, hasta me paso de repente. Me agarran de mascota del salón y con tal de no hacer problemas dejo hagan y deshagan. La maestra Gaby nunca lee mis historias, solo le importan las sumas, restas y multiplicaciones que le entrega Luis y las niñas de la primera fila. Si les diera un vistazo a mis historias… A lo mejor no son tan buenas, a veces cuando las leo no les entiendo, pero a veces. La niñera de las tardes en la escuela ha de pensar que estoy loco. Mientras todos juegan a brincos, patean las mochilas, avientan papelitos mojados al techo, les alzan la falda a las niñas o juegan a guerritas de groserías, leo mis historias sentado en una esquina del salón. Nunca doy lata hasta sentir el golpe, recibir mentadas o algo parecido. Tanto al Enano como a mí nos tienen bien fichaditos en la dirección: a mí como víctima, a él como agresor. Ni creen que seamos hermanos. Me queda un coraje dentro cuando eso pasa, ni chillando se me quita. No deberían llevarme a la dirección, se me pone roja la cara de vergüenza cuando piso esa oficina. Por eso me gustan mis historias, en ellas puedo ser yo quien los hace sufrir a todos. Al ratito en mi recámara, terminaré la historia del sándwich vengador. Se la voy a regalar a Marisol cuando termine de escribirla. Marisol es una de las niñas de la primera fila, de cara luce tierna e ingenua, pero es traviesa como ella sola. Todos la conocen por maldosa, el otro día sacó de mi mochila mi sándwich de jamón. Lo pisó hasta el cansancio y luego lo guardó de nuevo en su lugar. A la hora del recreo, cuando saqué el lonche, encontré el chiste. Y con tanta hambre me lo comí, eso fue lo peor. Cuando le conté a mamá se puso furiosa y me pegó un zape por sonso. Le tengo miedo a Marisol, siempre se sale con la suya por su cara bonita. Y como no me gustan los problemas… Por eso hago la historia del sándwich vengador, un emparedado tan pero tan grande que la aplasta contra el suelo una y otra vez. Aún no sé porqué la aplasta, pero de que lo hace, lo hace. Al fin llegamos. Voy a tomarme un vasote de coca y me encierro.
Nota: Cuento realizado a raíz de la lectura de Este que vez de Xavier Velasco.
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