Archive for July, 2007
Ahora eres tan pequeño que pareces de juguete, estas entre los doce o quince centímetros de largo. Vives dentro de tu mami, bajo el adorable cobijo de un líquido tibio que saboreas cuando te chupas el pulgar. Aún no sé si eres el o ella. Me enteré de tu existencia hace un par de meses y, no había tomado valor para escribirte. Pero cada día me doy más cuenta de tu inminente llegada, nos tienes emocionados, llenas nuestros corazones de ilusión. Era imposible dejar pasar más tiempo sin dedicarte unas líneas. En el mundo que estás por conocer, te esperamos, bebé: con tanto orgullo que no cabes todo en nuestras mentes. Incluso ahora me siento poco capaz de escribir para ti, eres tan grande para nosotros, para mí… siento mis palabras poco dignas de tus latidos. Hace un par de días te vi por primera vez. Puedo jurar que sonreíste, era una sonrisa inocente, ligeramente detectable. El ultrasonido del tercer mes nos dejó conocer tu primera habitación: desde acá luce toda gris, pequeñísima y plana; también tus movimientos inquietos y la forma indefinida de tu cuerpo. Te imagino flotar sin prisas en el vientre de tu madre, rodeado por una luz rosácea que invade tus pupilas en desarrollo. El video de aquél ultrasonido dura apenas unos minutos, tiempo suficiente para sacarme a cachetadas un río de lágrimas. Con una mano en el rostro y otra en el corazón, te miré, un tanto incrédulo. Ya pienso en como serás: el tamaño de tus ojos, la firmeza de tus gestos, el color de tu cabello y piel, lo chata de tu nariz. Casi te sueño decirme, chiqueado por mis consentimientos, -Tío Isra-. Sin duda, el día que lo hagas, el día que de tu boquita salgan esas palabras puras, lloraré sin pudor y llenaré de besos tu carita de ángel. Te espero con tantas ansias como tus mismos padres, serás para mí como un hijo propio, aunque me arrebaten celosos ese título. Tal vez en el futuro tengas primos, pero eso es poco probable, te tocó un tío rarísimo. Sin embargo, tus amiguitos y amiguitas morirán de envidia por tener un tío como el tuyo, ya lo veras. Te espera una familia sensacional, llena de neuróticos, comilones, bebedores y dicharacheros: todos unidos, justos para los momentos “kodak” (buenos, malos, felices o tristes). Tendrás sólo dos tíos consanguíneos: la hermana de tu mamá y yo. Pero estás lleno de abuelos, tíos-abuelos y tíos lejanos. Te tocará crecer entre pura gente grande. Pero eso tiene sus ventajas. Serás tan consentido como tu padre, romperás su record. No sólo a tu merced tendrás a papá y mamá para complacer tus deseos, atrás de ellos, un ejército de empalagosos espera darte todo, además de hostigarte de amores. Ojo con tus abuelos paternos, sácales el mayor provecho: tu abuela Juana es sensacional, ya dejó de gritar como lo hacía, aprendió a negociar con bebés cuando dirigió un kinder; y tu abuelo Jaime sabe jugar a todo, es fan de proporcionar cosquillas e inventar voces chillonas. Creo que tus abuelos son los más contentos. Tus papás andan como en otro planeta, llegaste sorpresivamente a sus vidas, no por eso menos querido y deseado. Tal vez en breve reaccionarán. Mientras tu papá Iván hace lo imposible por juntar lo suficiente para darte la mejor de las bienvenidas. Él quiere que nazcas hembra, tu mamá por otra parte desea seas barón. Esa opinión está dividida entre familias. Los Pintor queremos nombrarte Camila o Lluvia o Renata o María Fernanda o qué se yo los nombres locos que tu padre ya ideó, más los de la lista de tu abuela Juana. Pero tu sexo no es importante, es apenas nuestro capricho: como nunca tuvimos una nena en la familia, guardamos la ilusión de verlo realizado. Si naces barón, tu papá decidió (eso dice ahora, quien sabe si cambie de opinión después) llamarte Octavio. Le regalé el nombre y, digo regalé porque estaba destinado para mi hijo, en caso de tenerlo y tenerlo barón. Como esa posibilidad es lejana, sin pensar mucho lo cedí para ti. He de confesarte, aunque me remuerdan las ganas: cuando te pienso, te veo barón. Desde la noticia de tu arribo, inevitablemente te imagino barón. Según las cuentas, nacerás a fin de año. Tal vez serás nuestro regalo de navidad. Y si fallan, nacerás los primeros días del próximo. Probablemente el día en que nació tu abuelo Jaime. Antes o después no importa, será en fechas significativas para nosotros. Bebé, morimos por tocarte, acariciarte, besarte, escucharte… Nos tienes en la palma de tus maños minúsculas. Esperamos impacientes tu llegada. Crece tranquilo entre aguas saladas, siente profundo el amor de afuera, ese arrollador, ese cínico y maravilloso que te rodea. Ven, acá nos haremos cargo de ti mientras lo necesites y, te educaremos libre, autónomo e independiente. Capaz de ti y de todo. Sin esperar nada a cambio, disfrutando el placer de sentirte crecer a nuestro lado.
Caminas por la ciudad, abres aún más los ojos pues se apaga la luz con calma, cierras un segundo los ojos y por fin oscuro está. Levantas la cabeza al cielo y miras la luna, blanca, brillante. Curiosamente todo está despejado, vez las estrellas. Regresa el recuerdo único con la lejanía de hace ya una semana. Extrañas cargar un corazón sin heridas. Tú, un ser de aire, ligero, te lleva la fuerza del viento, te haces uno con todo, mezcla hermosa. Los pasos se funden en la acera, caminas sobre las calles de Zona Rosa, a contracorriente superas miradas de hielo, pequeños roces corporales y obstáculos de pobreza. No hace frío, tampoco calor. El tiempo se detiene, te quedas estático, eres de piedra. El viento mueve tu cabello, volteas a cualquier dirección y no hay más luz natural, sólo la luz neón que sale de cada foco prendido, lastiman las pupilas en colores rojos, amarillos, blancos, azules y verdes. Llegas a Amberes, allí está Safari; después de un recorrido corto en distancia, pero largo en tiempo, postras los pies justo de frente a tu destino. Dos titanes cuidan celosos la entrada, uno pequeño y aparentemente indefenso, al otro le brilla el rostro y observa con ojos de advertencia. Un diálogo sin palabras y después abren el paso, el titán pequeño se interpone en el camino, con cautela sensual revisa cada sitio en el que puedes tal vez, esconder un tesoro perdido. Un pasillo en acenso, escaleras. -Nunca podrás conmigo-, dice en tono retador el alma del escalón último. Sin prisas ni esfuerzos agotadores le pisas el alma al retador y, allí está el paraíso de un sádico, el refugio de un destechado, el jardín de un niño indefenso y el hogar del casanova; te sientes invencible. Planta baja y un piso. En el centro hay relieves metálicos, altar de rituales casi religiosos. Volando está un beso, cualquiera podría hacerlo suyo pero nadie lo toca, no se puede. En la cima está la trinchera del Maestro, desde ahí las ondas sonoras se difunden, te controlan. Sabes que nunca estarás solo en ese lugar, posiblemente mal acompañado, pero jamás solo. Observas, todos mantienen sigilosos miradas localizadoras. Al ritmo del latino de un corazón se mueven millones de músculos, huele a cerveza fermentada y humo de cigarrillo. Todos hablan, algunos en códigos indescifrables. Ahora eres de fuego; carbonizas todo lo que vez o tocas. Llenas de energía las alforjas que vació la rutina. Un grito, aplausos parejos. En un minuto se queda todo a oscuras y únicamente vez sombras paralelas. El compás parece interrumpirse, en realidad se uniforma. Una luz blanca ilumina hasta el último rincón, de pie esperan todos. Otra vez al ritmo, el sonido te embeleza, estás en un viaje ultrasónico sin fin, narcótico para los sentidos. En la planta alta, recargado en un balcón frente al Maestro, miras hacia abajo. Aplauso, un brazo al cielo y otro en el pecho, un pie a la izquierda y el otro a la derecha, vuelta, aplauso, vuelta. Con el más fastidioso estilo en unos y el más alegre paso en otros continúa el ritual: extienden un brazo, inmediatamente el otro le acompaña, los pies llevan el ritmo, de lado y al frente, de lado y al frente. Danza del robot coloreado, le llamas. La uniformidad desaparece por un rato, regresa apenas te distraes. Renuente permaneciste un tiempo, ahora haz sido infectado, eres absorbido por los vapores del ambiente. Desciendes, parado sobre el relieve metálico puedes sentir la vibración que provocan en manada los danzantes, como si estuvieras a la corriente te cargas de un brío alegre. A nadie le importas y a todos le conciernes. Ignoras lo inignorable, pasa el tiempo y eres ya, consignado como en aparador, el hogar de un casanova. No para de mirarte, no paras de evitarle las miradas hasta que inevitablemente y rendido a la adversidad se la sostienes con ternura. ¡Salud! Te dice en mímica. Levanta el tarro, yergue el pecho y sonríe. Te enciende ¿más que un cigarrillo? Sin remedio regresas a lo tuyo: trasformas el dolor, unes los sentidos a la nada que el instante brinda y curas las heridas. Entiendes que es hora de partir, la vida te invitó hacia otro lugar. Es lo mejor, te dejas ir. Gritas en silencio, lloras sin derramar una sola lágrima. Sonríes. Las cosas son así: vez, oyes, callas. Continúas curando las herías. Las rodillas te duelen, el calor humano te inunda, sudas y te cansas. Despegas hacia un mundo de sueños locos, pagas treinta pesos por las cuatro cervezas que te bebiste, todo se acabo. Dejas en la mano del casanova un papel al despedirte, le besas la mejilla y das vuelta. Caminas hasta la salida, dejas a los titanes detrás, otra vez eres de aire y tus pasos vuelven a fundirse en la acera. Eres parte de la corriente y en contracorriente te percibes con el rostro viendo al suelo. Sin que tu otro yo se percate le rozas el hombro. Sabes que en ese instante es que te haces uno con todo.
Hablé con Frida Kahlo
Ella, imponente, pavorosamente talentosa, a quién llamamos Friducha con amor, capaz de hacer de un lienzo crueles maravillas. Trascendente como ser humano, artista invaluable. Ardiente comunista y feminista dedicada a la causa, dicharachera, buen chef, extrovertida, muy valiente y dada a sus palabrotas. Bebía tequila como agua, según sus hermanas, cantaba canciones eróticas en la ducha y se reía de su propio dolor. Judía por herencia, atea por convicción. ¿Frida Kahlo? Nació el seis de julio de 1907 en la “Casa azul”, Coyoacán. Su nombre completo: Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, hija de Guillermo Kahlo, fotógrafo judío-alemán. “A los seis años tuve mi primera cita con el dolor cuando la polio me atacó, retrasándome tres años de escuela y dejándome la pierna derecha más flaca que la otra; a los 18 años y no a los 16 como se creyó, me cité con el dolor por segunda vez cuando el autobús en el que viajaba junto a mi novio, chocó con un tranvía. Quedé en piezas como los pollos para freír.” Una vara de metal le entró por un costado saliendo por la vagina, haciéndole perder la virginidad “sin reproches” como ella solía decir riéndose. El suceso provocóle once fracturas en la pierna, la ruptura de la columna vertebral, la clavícula, dos costillas, la pelvis en tres partes y un pie aplastado. Hablaba del suceso siempre, entre triste y orgullosa durante todas y cada una de las comidas o fiestas con amigos. Sin embargo nada la detuvo, a pesar de haber quedado “como piltrafa”, cubierta de yeso y confinada a un aparato ortopédico, comenzó a pintar sus primeras obras. Su gran sentido del humor le hacía tomar sus vicisitudes con gracia y alegría. Al recuperarse del accidente Kahlo buscó a Diego Rivera -“el panzón”- en la Escuela Nacional Preparatoria de la cuidad de México donde ella estudió y él pintaba murales. Le mostró algunas de sus obras solicitándole su opinión sincera y lo invitó a visitar la casa azul para ver el resto de sus pinturas. Fue así como Rivera empezó a cortejarla. “Me di cuenta de que el hombre me gustaba, a pesar de ser mayor, bebedor, con cara de rana y para colmo comprometido con Lupe Marín, quién le celaba hasta con el aire.” Me confió durante uno de los fines de semana en que compré flores de colores para llevarle y alegrarle el encierro. Día y noche pasaba postrada en la cama, pobre. Cuando Diego se enamoró de Frida, echó a un lado a su amante (con la que tuvo dos hijos). A los 22 años, Kahlo contrajo nupcias con el muralista y también comunista, no sin que antes la enardecida Lupe Marín fuera a hacerle un escándalo a Frida. “Fue todo un bochinche, Lupe se levantó la falda para gritarme que ella tenía más dotes para complacer a Diego.” Casi nunca contaba eso, siempre le dio vergüenza aquél “infortunio de borrachos”. El matrimonio Kahlo-Rivera se divorció a finales de 1939 para volverse a casar aproximadamente un año después. Se decía que el divorcio fue causado por las constantes infidelidades de Rivera. “Siempre valoré mucho más su lealtad; Diego no sabe de eso, cogía con cualquiera, me sentí defraudada cuando se acostó con Cristina, mi hermana”. Con mirada cómplice y pícara decía la Kahlo mientras se acicalaba en cabello: “Estaba al tanto, no le daba tanta importancia pues me las supe arreglar también.” Entre 1930 y 1933 la pareja vivió en Estados Unidos, donde Diego pintó murales en San Francisco, Detroit y Nueva York. Frida volvió a México únicamente por cinco semanas, tiempo que pasó en la casa azul a raíz de la muerte de su madre. A su regreso a México la pareja se instaló en una casa en San Ángel. León Trotsky, héroe de la Revolución de Octubre, exiliado del régimen stalinista soviético, consiguió en 1937 asilo político e invitación como huésped del gobierno mexicano, gracias a las gestiones de Diego Rivera frente al presidente Cárdenas. El matrimonio Trotsky vivió en la casa azul, en ese entonces propiedad de Guillermo Kahlo, los Rivera vivían en la casa de San Ángel. Durante la estadía del revolucionario, Frida y él compaginaron ideológicamente y vivieron además un escandaloso romance. Contaba de sus viajes: “en Francia, André Breton, poeta y amigo llamó a mis pinturas `una bomba envuelta en cintas elegantes´ y Picasso me llevó a cenar”. Pero Frida jamás perdió su sencillez, se mostraba inmensamente accesible. Ataviada con trajes típicos, colmada de collares y anillos, era una mujer exóticamente atractiva. Tuvo numerosas mascotas, desde monitos y loras hasta un gato que se le dormía encima del pie que le sería amputado por gangrena. Diego y Frida contrajeron matrimonio por segunda vez a principios de 1941, poco antes de la muerte del padre de Frida. “Acepté con la condición de que Diego me permitiera mantenerme económicamente yo sola”. El matrimonio se instaló de nuevo en la casa azul. En aquella época recibieron distinguidos visitantes, entre ellos figuraron amistades como Concha Michel, Dolores del Río, María Félix, Lucha Reyes y Chavela Vargas. En el año de 1943, a sus 33 años de edad Frida fue nombrada profesora en la Escuela de Pintura y Escultura de La Esmeralda; al poco tiempo dejó se asistir a causa del estado de su salud y, sus alumnos se trasladaron a Coyoacán para recibir sus lecciones. El grupo se redujo a cuatro jóvenes apodados “Los fridos”, a los que instalaba en el jardín de la casa con sus caballetes, o acompañaba a pintar a sitios cercanos. Frida expuso en tres ocasiones. Organizó las exposiciones de Nueva York de 1938 y de París de 1939. En abril de 1953 expuso por primera vez en la galería de Arte Contemporáneo de la Ciudad de México. Dado que su salud iba de mal en peor, Frida hizo que la llevaran a la galería a bordo de una aparatosa ambulancia con las sirenas prendidas. Echada en una camilla con el porte de una reina, brindó, bromeó y cantó con sus admiradores, la exposición fue un éxito. Tras la exposición, Kahlo tuvo que soportar que le amputaran la pierna derecha hasta la altura de la rodilla. “Mejor así, apesto a perro muerto o puta sin lavar”, bromeaba. La amputación le sumió en una fuerte depresión, intentó auto eliminarse dos veces, pero fracasó. Su historia es muy triste, pero bien apasionada a la vez. Nunca dejará de sorprenderme su increíble fuerza. A raíz de su nueva peripecia fui con mamá a visitarla el pasado cinco de julio, mi madre habló con Cristina, Frida está grave. Al igual que el día de su exposición en la galería de Arte Contemporáneo, hizo que en cama la llevaran a unirse a la manifestación contra la caída del gobierno izquierdista de Jacobo Arbenz de Guatemala. ¡Lo comunista no se lo quitaban ni aunque llovieran meteoritos! Esa Friducha no tuvo pudor, apenas comenzaba su recuperación de la bronconeumonía y desobedeció las órdenes del médico de nuevo. Jamás olvidaré la última vez que hablé con Frida. Eran las cuatro o cinco de la tarde, la luz del sol era amarillo ocre, todo de oro parecía en la ciudad a esas horas. Cristina nos recibiría en el vestíbulo de la casa azul. Mi madre insistía en ver a Frida, creía que en cualquier momento sería la última oportunidad de verla. Ante nosotros (mi madre y yo) celosas las puertas de madera en la entrada. Tocamos, abrió Cristina. Había sonrisas en su rostro, pero la solemnidad de la absoluta resignación la invadía ya. El patio del inmueble, como de costumbre, estaba lleno de colores, flores, adornos y esculturas; como de puntitas, con el estilo más elegante que conozco, un pavo real caminó al rededor de los cactus. La casa estaba decorada con artículos de arte popular mexicano: exvotos, judas de carrizo y papel encolado, juguetes de feria, muebles de ocote y oyamel, muertes de yeso, de alambre, de cartón, de azúcar, de papel de China; papeles recortados, petates, sarapes, huaraches, flores de papel y de cera, tocados, matracas, piñatas y máscaras; fotografías de seres queridos, armarios y repisas con figuras prehispánicas. Estaba viva, la casa estaba viva igual que Frida Kahlo. Íbamos vestidos como un domingo de iglesia, mi madre obligóme a vestir formal, de corbata y toda la cosa. Ella portaba en la cabeza una boina café en combinación con la falda y el abrigo de lana. Estábamos al límite de lo aburrido. Interpreto que mi madre creía asistir a un funeral por adelantado. ¡Que patético! Pensé. Hora y media permanecí sentado al lado de mamá. Cristina y yo sólo escuchábamos sus convalecencias. Era como para pegarse un tiro. Pobre de Cristina, tenía que soportar a cada chismoso amigo de Frida. Pobre de Frida, querría soportar a cada uno de sus amigos chismosos. Imaginé en esos momentos lo lamentable que resultaría para un artista postrarse en una cama así, sin nada mejor que hacer. Doliéndose únicamente, soportando el tiempo. ¿Puede soportar más de lo que ya soporta? ¿Podría yo a caso distraerle el pensamiento con alguna intromisión? Pensé mientras hablaba mamá como una de las loras de Frida y Cristina resistía la tortura perpetuada. Interrumpí abruptamente. -Lo siento. Necesito el cuarto de baño, Cristina ¿podría decirme cómo llegar? Dije al levantarme de aquella incómoda silla de madera apolillada. Sin contratiempos asomó la cabeza Cristina, señaló con el brazo la dirección. -Salte, caminas un poco a la derecha y listo. Indicó la incómoda hermana. Ver a Frida, era esa mi idea. Mucho menos aburrido resultaba para mí e, imaginé gustosa a la Kahlo de verme. Como por inercia caminé, no al cuarto de baño, sino al cuarto de Friducha. Sin saber a ciencia cierta su reacción, arranqué una rosa del jardín para dársela. Me sentí avergonzado al tener en mano aquella rosa cortada. ¿Pensará que la traje de fuera?, ¿reconocerá las flores de su propia casa? Estuve a punto de tirarla. En la solapa del traje decidí ponerla. Paso a paso caminé, lento, tímido hasta llegar. Desde fuera llamaba la atención, en lo alto de los muros yacían ollas de barro encajadas en piedra volcánica del Pedregal. La puerta de la habitación estaba entre abierta, miré sigilosamente. Allí estaba ella, postrada en la cama, desalineada de pies a cabeza, cubierta por una manta de colores mexicanos: verde perico, rosa enaguas, amarillo girasol. El cabello suelto, negro como el alma del infierno, la mirada seca, cubierta por sus cejas tristes. Abrí la puerta esperando indecencias; nadie con buen juicio esperaría ser bien recibido por un convaleciente, lo de menos era esperar honrosas groserías. Dormía, o al menos eso parecía; se veía exhausta. Mis ojos se depositaron inmediatamente en los detalles: en el techo de su cama había caracoles marinos y un espejo. Desperdigados en cada rincón instrumentos de pintura, describía aquella imagen el verdadero estudio de trabajo de un artista. Moderadamente amplio el lugar, olía a encierro, al encierro de un alma libre. Le daba la espalda a Frida. La curiosidad que sentí en esos momentos estuvo cerca de convertirse en morbo, por instantes la cordura me obligaba a salir de allí con latigazos aguerridos. Giré el cuerpo, posteriormente la cabeza. Un susto cambióme la tez de color, Frida me miraba silenciosa. ¿Se daría cuanta de mi presencia desde un principio o la habría despertado? Era lo de menos. Tenía abiertos los ojos, serena. Me quedé mudo, inmóvil. -Hooola- Me atreví a decir. Con voz casi imperceptible contestó el saludo: -¿Curioseando?- Bajé el rostro apenado. -Vine a saludarte, a ver cómo seguías y, según ha dejado mi atrevimiento, a molestarte- -Nunca será molestia saludarte- Con mucho mejor tono continuó la conversación. Sonaba cansada, pero como siempre irradiaba luz, aún cuando se encontraba sumergida en la oscuridad. -Imaginé que podría verte, quería hacerlo. Y quizá podría hacerte sentir mejor una visita- -Sabes siempre arreglártelas para salirte con la tuya, ¿se quedaron solas?- Por primera vez descalifiqué mi obstinado comportamiento, pero eran tantas mis ganas por verla… -Hazme hablar, extraño las conversaciones oportunas- En el rostro de la mujer se dibujo una sonrisa. Seguro mi cara representaba la desesperación de cualquier historiador al conocer al personaje anhelado. La diferencia era que ya la conocía, era Frida decreciendo. Pensé en aprovechar aquellos instantes como si fueran la última gota de agua en el desierto. Enfrente una gran artista, mi pintora favorita y amiga. Qué preguntar. No había mucho tiempo para pensarlo, comenzarían a cuestionarse por mí las mujeres que dejé a solas; con toda la confianza que la adversidad regala, intenté resumirlo todo. Dije en tono melancólico, como en espera de la última pronunciación en el final de los tiempos: -Háblame de tu más grande pasión y más fuerte dolor, cuál es tu obra preferida, por qué la pintura y no otro arte- Se notaba mi sed por Frida. Era para mi fuente de inspiración. -He tenido dos pasiones: Diego y la pintura. Pinto siempre que puedo. Te habrás dado cuenta ya de eso. Y al panzón lo amé desde que lo conocí. Dos han sido mis más grandes dolores: el accidente del tranvía y Diego. Ese sapo me ha provocado las más grandes depresiones. Más fuertes son los dolores del corazón. ¡Estupideces de enamorados! Yo por desgracia soy una estúpida enamorada- Siguió hablando sin parar. -Ahora no sé, pero en su momento “Las dos Fridas” despertó en mí sentimientos inéditos. Suena egocéntrico, mi trabajo podría resultar ególatra para muchos, nunca me importó lo que pensaran los demás. Los cumplidos fueron siempre insoportables. ¡Pinches críticos!-. Aquellas palabras la agotaron visiblemente, la Frida incontenible estaba desapareciendo. Yo, estupefacto. Erguido allí, sin poder moverme, como si el mundo entero reposara en mis hombros. -¿Por qué la pintura y no otro arte?- -Te subestimé. ¿Por qué subir y no quedarse abajo con tu madre y con Cristina? Así como tu curiosidad, grande es el gusto de un artista- De nueva cuenta bajé el rostro apenado. -¿Tienes miedo?- Pregunté -Espero que la partida sea jubilosa y espero nunca volver-. Súbitamente abrió la puerta Cristina, parecía preocupada: -Tu madre está esperando abajo, será mejor que la alcances-. Por un momento se miraron. Frida mantenía la sonrisa. Todo se fue líquido desde ese momento. Más rápido que un rayo desaparecí no sin antes decir adiós. Seis días después Frida murió.
México Distrito Federal, diciembre 1953. Jamás hablé con Frida Kahlo, pero siempre la he admirado.
Del diario: loco de mí
010706, 11:39 p.m. Siete de la noche, minutos más, minutos menos. A la salida de la estación del metro Taxqueña, cientos de personas caminan con rumbos desconocidos. Se abre lento el paso entre el río, avanzar a prisa es la prioridad. Escaleras, puestos ambulantes; un pordiosero con harapos oscuros extiende la mano y nadie le hace caso. El destino está claro, deseas ir a casa y escribir la mejor historia de tu vida. Pero un instante cambia todo, se achicharra y aparece uno nuevo. Desde hace tiempo le buscas sin encontrarle. A su departamento fuiste más de una vez a dejar notas debajo de la puerta. Sabes que existe, que está bien; por alguna importante razón no ha contestado tus mensajes. Contento, te diriges a su departamento otra vez. Algo indica que hoy le encontrarás. Ver su rostro sorprendido te emociona. Los reencuentros siempre te han parecido momentos agradables. Una ingenua sonrisita se dibuja en tu boca, piensas que después del aburrido día, el encuentro le pondrá sazón. De camino, mil cosas pasan por tu mente, tienes miedo de caer profundo, hay sentimientos acumulados. Supones la causa: jamás habías estado tan atormentado como los últimos meses. Ninguna otra razón ha provocado, durante el tiempo de abstinencia, esto que ahora te tiene atrapado en un laberinto sin salida. Necesitarás encontrarla antes de volverte loco o morir de pena, tristeza y lujuria. De frente a tu nuevo destino, se yergue ante ti el edificio de departamentos más horrible que conoces. La puerta negra es grande y pesada, tiene grafitis por todas partes y guarda basura en las esquinas. Es más familiar que la última vez. Es tan gruesa… Si llamas con golpes no se escuchará. Usas la puertilla metálica del buzón para hacer ruido, esperas sea suficiente. Con el ruido del tráfico de la avenida Taxqueña es difícil competir. No tardan en atender, abre la puerta un conocido. A simple vista parece inofensivo. Se ve igual que cuando le viste por primera vez. Sin chiste, chaparro, sereno, de ojos desconfiados, moreno quemado, labios gruesos, inseguro. De cara mejor ni hablar. Como de costumbre cuando le vez, ignoras los ambientes, sus actividades y sus conversaciones. Te interesa alguien más. ¿Dónde está quien buscas? ¿Tardará? ¿Cómo está? Pasa, te dice amable el moreno. Espérale, ya no tarda en llegar. Decides quedarte, tienes muchas ganas de verle. Le extrañas, te carcomen las ganas de ver su rostro atónito. El tiempo ha creado una barrera que podría jamás derrumbarse, por eso estás ahí, para derrumbarla. Minutos pasan y te aburres viendo a Don Francisco en TV. El cuartucho donde esperas es pequeñísimo. En el mismo mueble donde está la televisión, un reproductor de DVD, un estéreo, una pila de discos pirata y una serie de artículos de higiene personal; están agrupados un frasco de mayonesa, una bolsa de pan de caja, un bote con café y otro con azúcar. Un colchón de resortes salidos tienes bajo el culo, no puedas sentarte en otro lugar. Al lado de la cama un mueble viejo tiene encima un par de camisas blancas y la misma cantidad de pantalones de vestir. Han pasado ya veinte minutos desde que llegaste. Las palabras que cruzas con tu compañía te parecen tontas, sin sentido. No se sabe expresar y te desespera, preferirías se quedara callado. Sacas un cigarrillo. Pides fuego y una servilleta para tirar la ceniza. Te recorres a la orilla de la cama, cerca de la puerta, para que el humo salga sin acumularse en ese espacio tan reducido. La primer bocanada de alquitrán y nicotina sale de tus labios y, de pronto el ansia te invade. Se te nota pues encoges los hombros y tocas tu frente. Afuera, la lluvia se apoderó de la ciudad. El verano en puerta amenaza con mantenerte allí más tiempo del que tenías previsto. Te levantas, miras por la ventana y vez la calle gris, mojada. Las luces de los autos iluminan la avenida. Imaginar el recorrido de regreso a casa te provoca cansancio adelantado. Tomas asiento de nuevo. Volteas a tu alrededor desilusionado. Por más que buscas, no encuentras una razón para permanecer encerrado en ese lugar tan espantoso. Sin querer demuestras nervios. Aquél, atento pregunta si los tienes y contestas incómodo con una afirmación de cabeza. Otra bocanada de humo te impide hablar, miras las estúpidas imágenes en televisión. Sin haberlo calculado, comienza a masajearte los hombros. Sabes que algo no está bien y te ignoras. Placer, únicamente sientes placer. Hace tanto no te tocan… Importa poco quién lo haga. Intuyes lo que podría suceder si no respondes de inmediato, sin embargo callas. Todo es más lento ahora, ignoras la razón. El touch es suave, agradable. Al fin una salida al laberinto y te sientes satisfecho. Durante minutos la sensación es la misma, hasta que en la espalda baja sientes su presencia más cercana. De nueva cuenta no dices palabra. Le otorgas el beneficio de la duda a las intenciones del que de amable se está pasando. Y de un momento a otro, el descaro en su más expresiva manifestación se hace presente. Con toda alevosía y ventaja se recarga en tu espalda. Con toda alevosía y ventaja dejas que lo haga. En lo único que piensas ahora es que, después de meses de abstinencia, al fin derramarás tensión, si no en grandes proporciones, mínimo si algo. Es horrible y lo sabes, de ninguna manera te atrae y tienes presente la idea. Eliges la mejor estrategia: ignoras cualquier detalle que impida llegar al orgasmo. Pierdes la decencia y el orgullo en el averno. Eres víctima del peor de los pecados capitales y, por si fuera poco, estás a nada de traicionar una amistad; aquella persona por la que estás allí y brilla por su ausencia, mejor momento no encontró para desaparecer. Ya sin camisa aquél horripilante individuo te avisa, quien buscas tardará en llegar poco más, el comentario pasa desapercibido. Sigues inmerso en la sensación, el placer te fusiona con la cama. Sus manos torpemente siguen sobándote la espalda. Intentas encontrar un pensamiento que te indique parar y no lo encuentras. A pesar de todo, tienes lo que quieres desde hace meses. No con quién prefieres, no de la mejor manera, no en el mejor lugar, pero sucede y es lo que importa. No hay felicidad, ni misterio, ni angustia. Lo único que quieres es verle abrir y cerrar la boca mientras te hace sexo oral; aún no sucede y ya lo imaginas. Te excitas. Nunca antes usaste así a una persona. Te vale; nada más te ha valido madres tanto como esto. ¡En qué gran hijo de puta te has convertido! Y aún tu conciencia está tranquila. Yo, yo, yo. Nada más importa. Inmerso en una sobredosis de hormonas olvidas por completo la razón de porque estás allí. Te dejas llevar sin importar el fin. Eso sí, en ningún momento bajarás la guardia. Lo que ahora sucede, sucede porque quieres, y se hará únicamente lo que a ti te plazca. Lo que te place ahora es dejar la lentitud. Bajas la mirada y te prometes jamás mirarle a los ojos; si lo haces todo habrá terminado: vomitarás. El suéter que llevas puesto desaparece y de inmediato desabrocha tu camisa. Dejas sea él quien se mueva, quieres demostrarle indiferencia. Le das la espalda y ordenas que continúe con el masaje y lo hace, se monta sobre ti. Los cuerpos juegan rítmicamente, se sienten uno al otro. Rápido, quiero esto rápido; entre más rápido mejor, piensas. Terminas de quitarte la ropa, él hace lo mismo. Se abalanza sobre ti, como loco lame tu cuello y orejas, toca tu espalda y nalgas con desesperación. Eres un maniquí, inmóvil ante sus movimientos. Apenas respondes las pulsaciones pélvicas. Le tomas del cabello con fuerza, en busca de tus labios se acerca, te quiere besar. Con un jalón le detienes, busca tu mirada y le esquivas. Antes de que pueda pronunciar palabra, con las manos bajas su cabeza hacia tu vientre. Infalible señal de lo que quieres. Obedece tu petición sin dudarlo y al fin un sonido emerge desde tus pulmones, gimes de placer. Sientes su boca tibia entre tus piernas; con la mano derecha mueves su cabeza de arriba a abajo sin ternura, sin remordimientos. Nunca habías querido ser lo que eres ahora: un insensible cabrón que busca únicamente coger y satisfacer sus gustos y necesidades. No te remuerde la conciencia pues sabes, aquél espantoso adefesio con quién estás piensa de la misma manera. Te valen sus sentimientos, de la misma manera a él le valen los tuyos, rectificas. Transcurre el tiempo, ni idea tienes de cuánto ha pasado desde el comienzo. De repente una sandez te azota, igual que lo haría un látigo inquisitorio. Desde hace mucho quería hacerlo contigo, se atrevió a decirte. Con todo y que le tienes mamándotela, caes en la cuenta de lo terrible que se pondrán las cosas después. ¿Cómo me lo quitaré de encima?, ¡Está por llegar mi cuate!, piensas. Justo cuando el placer aumentaba, la realidad te da una cachetada tele novelesca. Tu vida es tan triste y estás tan desesperado que has llegado hasta aquí. Cierras los ojos y te imaginas frente al espejo: pálido, desnudo, lleno de heridas en el corazón. Te inauguras hoy como tirano, tirano de sus propios terrenos. Tu amistad, con quien en principio ibas, no volverá a ser igual. ¿Quién es el espantoso adefesio ahora? Justo como lo habías predicho por la mañana, la lujuria se apoderó de ti. “Y por favor, que la oportunidad de pasar a los menesteres amorosos, pasionales o carnales se dé pronto. Neta, esto urge. Puedo caer sumamente enfermo de lujuria si no encuentro solución a mi temporada de horror.” ¿Horror?, el que te espera ahora. Te sietes tan asqueado y culpable… Tiemblas de miedo. Lo más escabroso es que no te arrepientes. La culpa, el asco y el malestar en general lo provocas tú y no él. Desde los rincones más sensibles del alma sientes dolor. Insoportable dolor. Caes en la cuenta de tu error y paras todo en seco. Se sorprende y te mira desconcertado. Lo único que quieres es salir de ahí antes de que llegue a quién ibas a buscar. Demasiado tarde. Se encienden las luces del pasillo que está fuera de la habitación. Es tu amigo. ¿Podrás seguirle diciendo de esa manera, amigo? No paras de preguntarte ¿cómo saldrás de esta? En chinga te vistes, mientras lo haces recuerdas haber dejado tus cosas en otro lugar, si las ve descubrirá que eres tú. Ese no era el reencuentro que imaginabas. Ya vestido, con el rostro rosado, las manos frías y los ojos bien abiertos esperas un momento detrás de la puerta de la habitación para salir corriendo cuanto antes. No importa más nada, quieres huir. Sin hacer un solo ruido los dos, el horrible chaparro y tú, esperan agazapados como de película cómica gringa, las risitas cínicas les salen de la boca. ¡En tu puta vida permites que suceda algo similar! Les prometes a todos tus dioses. Al fin, tu cuate abandona el lugar y sales caminando aprisa. El imbécil al que dejaste dentro dijo al filo de la puerta: ¡Regresa cuando quieras!, ¡Si pendejo, regreso mañana!, dijiste sarcástico entre dientes al salir. Por inercia caminas a la derecha y ¡OH! Sorpresa, allí está tu amigo en la esquina, esperando transporte. Notas como desde la distancia quiere ubicar el rostro de quién acaba de salir de su casa. Escondes la cara inmediatamente y giras a la derecha, te pierdes entre las cuadras de la colonia hasta salir de nuevo a la avenida taxqueña, paras el primer taxi a la vista. Llegas a casa y frente a la computadora terminas de escribir la historia más asquerosa que jamás imaginaste. De camino a casa, mil veces pasó por tu mente la escena y te retorciste de asco, de asco, de asco de ti. Estás satisfecho y decepcionado a la vez. Mereces tenerte lástima y te preguntas ¿cuanto tardaré en olvidar?, es lo único que interesa. Olvidar. Sigues, y seguirás lamentándote de esto, quien sabe hasta cuando. Dormirás pensando en lo atroz de la situación. Vomitarás al amanecer. 030706, 4:01 p.m. No vomitaste, pero seguiste revolcándote de asco. Cínicamente pusiste los pies a andar. Tenías ya un itinerario; decidiste seguirlo al pie de la letra. Tiempo hay de sobra para reflexionar… Sigues pensando en ayer, en el largo proceso de horas y horas que coincidió con el proceso electoral. Al igual que los resultados del segundo, los del primero continúan en ascuas. No te arrepientes, eso está claro. Sigues adolorido, mentalmente fue agotador, el cansancio se apodera de ti y vez nubloso. En fin, ya paso. Supones: de alguna manera el tiempo se convertirá en tu único y mejor aliado; dejarás pronto de preocuparte. Mientras, tragas saliva amarga con cada recuerdo recurrente. Prometes no atormentarte y simplemente reconoces los nuevos límites en tus relaciones personales. Esperas con fé, con una fé similar a la católica devota, que jamás se modifiquen de nuevo. 170706, 12:04 a.m. El asco probablemente nunca desaparezca, tendrás que lidiar con él. Por la ventana se filtra luz del sol, está todo en silencio. Saltas de la cama, tres pasos sobre el suelo frío terminan por despertarte. Vez en el espejo un reflejo que te atormenta y deleita, es el diablo. Corres a escribir sobre la cautivadora personalidad del diablo: “He llegado a la conclusión de que estoy loco. Loco de lujuria, loco de tristeza, loco de angustia, loco de mí.”
el deseo…
Cáncer… El deseo me tiene en su casa prendido, roza cada centímetro de mi piel quemada.
Atormentado. Como león enjaulado jugaré a esperarte, esperaré encendido, acomedido.
Hago de mí un incomprendido de carne,
incomprendido de amor, incomprendido de ti; nunca digno de palabra aguda. Incrédulo,
emocionado, embelesado de ti.
Ahogado estoy en verbo, único por procedencia: insolente, lleno de incertidumbre, bendito y bondadoso.
Rugiendo iré hasta allá, a tu piel de verano; obstruido nada más por tu simple inocencia.
León amaestrado soy bajo tus curvas.
Grítame desesperado, grítame enamorado que me quieres todo, que yo también te quiero.
Grítame -¡Enamorado!-
Y el lagrimal retuvo mi lágrima, transparente y pura, de ti ansiosa. Y de alegría era, y no fue. No ha sido, tal vez será.
Espero, atado a tus caderas, colmado de placer, del único que no es, sino será.
Te llamo y sale, y entra y vuelve a salir.
¿Por qué te pienso y siento quemado el seso de verte, de no sentirte, sino imaginarte?: solo, pensando en mí.
Y te llamo y sale, y entra y vuelve a salir.
Y no contestas, aún.
El amor y el tiempo
Ayer, Rico, sufrí un amor
que no viví.
Hoy, Nando, siento un amor
ajeno.
Mañana, Israel, disfrutarás
el amor que toca desde
siempre tus sueños.
Ningún hombre
No sabía que las
mandarinas besaban
tan bien. El plus es
el irresistible sabor
cítrico. Ningún hombre
sabe naturalmente a mandarina.
Hace un chorro de calor. El agua de mi cantimplora está tibia y así no me gusta. La frescura de las congeladas de limón ya pasó desde hace rato. Quisiera llegar rápido a la casa. El camino tan largo de todos los días me amodorra, por suerte no es miércoles, si no mamá estaría arrastrando al Enano por las calles y limpiaría mi baba de la ventana del camión. Ojalá se acorte el camino un día para así llegar luego luego a ver la tele. Aunque ni puedo verla porque mamá me pide ponga la mesa para cenar, o saque la basura de la cocina, o tienda mi cama. Y eso si papá no está, porque si está pide los cuadros, o las fotos, o los recortes, o las tarjetas. Hoy, apenas lleguemos todos y baje del bocho, iré a mi cuarto. Ya sé, a esas horas de la tarde siempre me da hambre, pero no quiero hacerla de mesero en la cena o de corre, ve y trae de papá. Me gusta cuando practico mis letras, cada día están más bonitas. Hubiera seguido escribiendo con cursivas, a lo mejor ahora escribiría como mi prima Alyn. Se ven bien padres sus cuadernos de la escuela, aunque luego me cuesta trabajo entenderles. Voy a encerrarme nada más llegue. Cuando llame mamá subiré el volumen del radio, al fin que siempre estoy cantando las de la onda vaselina. Por lo menos haré una plana, copiaré el cuento de las ranas, me gusta tanto… Dice la maestra Gaby -Te sale bien, pero la letra bonita no te pasará de año-. Me cae mal, sólo hace caso a Luis y las niñas de la primera fila. Pero me vengué cuando fuimos al campamento de aplicados. Para ella no lo soy, por eso no me dio un permiso como a los demás. Se puso frenética cuando supo que fui con la directora a abogar por mí mismo. Y como tengo buenas calificaciones me dio la razón. Soy un buen alumno. Tengo muy buena conducta, hasta me paso de repente. Me agarran de mascota del salón y con tal de no hacer problemas dejo hagan y deshagan. La maestra Gaby nunca lee mis historias, solo le importan las sumas, restas y multiplicaciones que le entrega Luis y las niñas de la primera fila. Si les diera un vistazo a mis historias… A lo mejor no son tan buenas, a veces cuando las leo no les entiendo, pero a veces. La niñera de las tardes en la escuela ha de pensar que estoy loco. Mientras todos juegan a brincos, patean las mochilas, avientan papelitos mojados al techo, les alzan la falda a las niñas o juegan a guerritas de groserías, leo mis historias sentado en una esquina del salón. Nunca doy lata hasta sentir el golpe, recibir mentadas o algo parecido. Tanto al Enano como a mí nos tienen bien fichaditos en la dirección: a mí como víctima, a él como agresor. Ni creen que seamos hermanos. Me queda un coraje dentro cuando eso pasa, ni chillando se me quita. No deberían llevarme a la dirección, se me pone roja la cara de vergüenza cuando piso esa oficina. Por eso me gustan mis historias, en ellas puedo ser yo quien los hace sufrir a todos. Al ratito en mi recámara, terminaré la historia del sándwich vengador. Se la voy a regalar a Marisol cuando termine de escribirla. Marisol es una de las niñas de la primera fila, de cara luce tierna e ingenua, pero es traviesa como ella sola. Todos la conocen por maldosa, el otro día sacó de mi mochila mi sándwich de jamón. Lo pisó hasta el cansancio y luego lo guardó de nuevo en su lugar. A la hora del recreo, cuando saqué el lonche, encontré el chiste. Y con tanta hambre me lo comí, eso fue lo peor. Cuando le conté a mamá se puso furiosa y me pegó un zape por sonso. Le tengo miedo a Marisol, siempre se sale con la suya por su cara bonita. Y como no me gustan los problemas… Por eso hago la historia del sándwich vengador, un emparedado tan pero tan grande que la aplasta contra el suelo una y otra vez. Aún no sé porqué la aplasta, pero de que lo hace, lo hace. Al fin llegamos. Voy a tomarme un vasote de coca y me encierro.
Nota: Cuento realizado a raíz de la lectura de Este que vez de Xavier Velasco.
40 años de RAF
Crónica de un homenaje anunciado
21 de junio, 07. René Avilés Fabila (RAF), afamado escritor, celebra cuarenta años de creación literaria. El pasado 20 de mayo, en el Palacio de Bellas Artes se le rindió homenaje, hoy y después de treinta años de docencia en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), la institución que le vio desarrollarse académicamente hablando, ofreció un merecido reconocimiento a su trayectoria. Diez de la mañana con trece minutos. Después de un breve café, previo entre cuates, RAF, por quien se reunieron grandes personalidades del mundo literario y periodístico, saludó entre agradecido y sorprendido a José Lema Labadie, Rector de la UAM. Entre el bullicio de los asistentes, el par se dedicó unos minutos para saludarse, congratularse y conocerse. Comenzaba a hervir la euforia, también la antesala por los rayos del sol que inundaban el lugar. Duelo de caballeros para verificar si verdaderamente lo son, justo en la entrada al auditorio Arq. Pedro Ramírez Vázquez, de la Rectoría General, RAF y Lema se permiten el paso, entró primero el primero. Entre el conglomerado resaltaban algunos nombres: el poeta Dionicio Morales, el escritor y actor Carlos Bracho, el dramaturgo Teodoro Villegas, el periodista Carlos Ramírez, la escritora Eve Gil, entre otros. No podían faltar, aunque solo sea para cubrir el requisito, algunas de las ex autoridades uameras. Aproximadamente cien personas, entre alumnos, docentes, amigos, literatos, periodistas y familiares del homenajeado, llenaron el auditorio. En la mesa de inauguración, de izquierda a derecha y listos para empezar el homenaje estaban Cuauhtémoc Pérez, Rector de la UAM Xochimilco, RAF, Lema Labadie y Ma. Eugenia Ruiz Velasco, Jefa del Departamento de Educación y Comunicación de la UAM.X Brevísimas palabras de Lema dieron inicio oficial al evento, por cierto con voz ceremonial y tono de académico irremediable. Anunciaron luego la presentación de un vídeo de trayectoria al mero estilo de E! Entertainment TV. Silencio, por primera vez se respiró tranquilidad, consecuencia de la acérrima atención de los asistentes. Sergio Sarmiento y Maria Luisa la China Mendoza, figuraron con entrevistas de antaño; bromas, opiniones y declaraciones acerca de Los juegos salieron de las fauces del entonces joven RAF. Ahora que –como dijo C. Bracho- peina canas el homenajeado, atento a las imágenes de la nostalgia, mantuvo una leve sonrisa en el rostro. Apenas terminada la reproducción, tomó el micrófono y agradeció, regocijado en placer, la atención de sus lectores. “Escribo por vanidad. Gracias por este francamente merecido homenaje. Nunca olvidaré este día.”, concluyó modestamente el pláceme. Diez treinta y uno, Cuauhtémoc Pérez tomó su turno en tono fresco. “Brillante trayectoria la de René, escritor, docente, académico, periodista, merecido se lo tiene”. Breve, destacó incluso el “sexapil” del creador con sus alumnas, para terminar la vanagloria con un abrazo fraterno y dar paso a la primera mesa de discusión “Los juegos y la literatura”. Cinco minutos se pidió al auditorio para reacomodar a los ponentes. Tiempo justo para la retirada estratégica de los hipócritas y aburridos; o muy ocupados, caso del Lema Labadie, quien se llevó a la mitad de la sala consigo. Quedaron en las sillas, a expensas de la mirada incisiva del homenajeado, los verdaderos fans. Hasta atrás, casi en la puerta de salida, pudo verse al coordinador de la carrera de Comunicación Social de la UAM.X, Luis Razgado, entre pesado y nervioso. Lo demás aterrizó a su tiempo, cada ponente se dio oportunidad de entregar, la mayoría en melodioso tono de celebración, sus textos homenajeantes. Toma la palabra Andrés de Luna, Jefe del Departamenteo de Cultura de la UAM.X, y la toma en serio. “René escribió Los juegos con odio y un fuerte sentido crítico sobre los usos del poder en el año 1967, declaración de guerra finalmente ganadora en el terreno editorial”. Tira Dionicio Morales, deleita al público con uno de sus famosos recados, en esta ocasión, obviamente dedicado a RAF. “Tu irrupción en la literatura mexicana fue un bombazo, aún padeces el odio que provocaste. Viste al artista como debe ser, crítico. De ahí tu crítica acérrima. Te debemos la apertura de la época en este tipo de lectura sana, certera, a veces sanguinaria. Tu novela te aisló del círculo pero te convertiste en mensajero de la verdad”. Y para no mal concluir su participación refutó, no sin ánimos de provocar la reflexión del agasajado, “Lo peor de la mafia es no pertenecer a ella”. Llega el clímax en la mesa con Eve Gil. Desalineada, aguerrida, constante y ácida en su prosa, asistió el discurso desde el ojo analítico y comparativo que le caracteriza: “Cuarenta años de literatura con RAF. De su izquierdismo sesentero en Los juegos pasa a imprimir dejos de derecha en su última novela El Reino Vencido, evolución y desestanco de su ideología. Y es que, se puede ser crítico del sistema sin caer en el panfleto”. El auditorio muestra satisfacción con las palabras descriptivas de la Gil, pues dibuja a Fabila con descocada gana, para dar finalmente su enfoque “RAF, uno de los escritores más desmadrosos que ha dado México”. El escritor y periodista Ignacio Trejo Fuentes, no asistió al evento por razones de fuerza mayor, fue leído por Rosario Casco, Subdirectora de la Fundación René Avilés Fabila A.C. Enfatizó y agradeció Trejo el despertar del morbo provocado por Los juegos, texto catalogado por su desenfadada forma, típico de su época, tiempo en que “La onda” dominaba el argot literario. Once treinta y siete. Para finalizar la mesa de discusión, Felipe Gallardo, Coordinador de Actividades Culturales en la UAM.X, participó: La novela de RAF fue una “bomba al campo de los juegos culturales que destapó a la mafia de finales de los 60. Los juegos es, sin duda, incorrección política para camuflar la crítica de carácter veraz, condena a la elite intelectual de esos años”. Termina la primera jornada, sedientos, salen los oyentes a beber café mientras la segunda mesa “Los juegos y la política”, ultima detalles de iniciación. Cinco minutos para las doce. Principia la segunda ronda. A la mesa los periodistas Carlos Ramírez y David Gutiérrez Fuentes, la humanista Bettty Zanolli, el actor Carlos Bracho y el periodista Jorge Munguía. Ahora el verbo ronda al contexto polaco del nacimiento de Los juegos. Vivaracho, habla C. Ramírez: “El libro aparece cuando el marxismo aún marcaba tendencias, era la ideología de época. Se forman entonces grupos intelectuales en México, confrontan primero a López Mateos y luego a Díaz Ordaz. Tiempos escandalosos vieron nacer la novela de RAF. Texto reflejo y reflexión a razón de pertenencia al Partido Comunista”. Zanolli deslumbro con su maestría al auditorio entero, veinticinco minutos continuos. Por respeto expongo minuciosidades interesantes de su ponencia: “La obra de RAF es humanista por su perspectiva política, porque si hacemos política contemplamos al hombre”. Oradora especializada en el arte de la excelente pronunciación, dibujó detalladamente la figura infatigable de un “gran escritor, creador y periodista”. “Así, con gran valentía, RAF desnuda con su voz la conducta humana”. Zanolli atrapó la atención del público, no en cambio la del joven Gutiérrez Fuentes, quien sin pena tomó en lo alto la última obra del halagado para leer mientras Betty finalizaba su desenfrene. Educado, imponente y caballero, Carlos Bracho sigue las glorias. Apenado, ¿quién no lo estaría?, de continuar después de la docta participación de Zanolli, toma el micrófono y se deja llevar. Con ese timbre de voz que le caracteriza, agradece la convocatoria de RAF. A paso lento pero firme, palabra a palabra y sin desmeritar la gracia del evento invita: “Ojalá al terminar podamos ir a la cantina, a celebrar como se debe”. Con ahínco describió el contexto corrompido de los 60. Entre remembranzas pintó la desesperanza del pueblo por el desairado y corrupto ambiente político. Recuerda a RAF interrumpiendo el hilo, “entre mejor hable de ti, pagarás más tequilas a mi favor en la cantina”. Para finalizar su breve pero sensata participación, por cierto “analógica a una fantástica casa de citas”, parodió una escena representativa de la actitud política en el ambiente de la época. Llegó el turno de Gutiérrez, quien siguió el ritmo breve de Bracho y recuerdó: “¿Qué pudo haber llevado a un escritor de carácter marcadamente narcisista a adentrarse al mundo arrollador de la cultura mexicana? El pedido de un editor “ordeña vacas” que por espanto decidió no publicar, debido a la ácida crítica del autor al grupo intelectual dominante de esos tiempos”. Entre risas y sorpresas, comenzó a escucharse la voz de Jorge Munguía, a manera de cuento desarrolló: “En la época de los 60, los intelectuales eran reunidos por el estado, asignándoles puestos de funcionarios públicos. Así, el estado podía mediar, chayoteramente, la opinión de estos “líderes”. Sin embargo, la mafia no dominaba en todos los medios. Nace el taller Mester, se publica una revista bajo el mismo nombre, donde destacan entre otros José Agustín y RAF. Comienza a difundirse críticamente una opinión descalificante de la mafia cultural de la época. Ahora, no hay un clan como el criticado por René, hay varios. Pensemos en eso y demos vigencia a su novela Los juegos”, concluye. Una de la tarde con quince minutos. Termina el evento con palabras de RAF: “Gracias por todas las cosas bonitas que mis amigos dijeron de mí, ninguno se irá sin su sobre de retribución ¡Eh! Que este homenaje, sea el inicio de muchos otros, pues para eso escribe uno, para que se le reconozca con el tiempo. Pasamos ahora, al brindis de deshonor, a beber, no a celebrar”, remata con broche etílico, como todo un profesional. Entre copas de vino y bocadillos “nice”, RAF autografió sus obras, disfruto de los elogios de sus fanáticas empedernidas y se dejó tomar fotos junto a sus alumnos.
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