Archive for June 23rd, 2007
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*Hablar sobre tu orientación sexual no debería ser algo difícil y sin embargo lo es.
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*El texto que compone este artículo pretende ayudar a aligerar un poco esa carga.
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*Te invito a leer y reflexionar, tómate tu tiempo.
El sitio de mis debrayes
En ningún otro sitio me siento más en confianza. Aquí estoy ahora, escribo: hoy por ella, mi habitación. Azul y blanco son los colores de sus paredes. La blanca, conserva el color original del yeso, tiene pequeñas grietas a raíz de los temblores recientes. Las azules: dos bien pintadas, la sobrante parece, de tan poca pintura, mojada con acuarelas. En todas descansan imágenes: postales, carteles, fotografías, calcomanías, pinturas y hasta un diploma de cuando estudiaba la preparatoria. Esperen, ya no está. ¿Dónde está el diploma? Escribí del diploma por memoria, pero ahora lo busco sin encontrarlo. Desapareció. ¡Maravilloso! Ahora nadie reflexionará sobre mi “buena conducta”. Mamá dice sentirse orgullosa de ese, mi único diploma. Ojalá no se de cuenta de su ausencia. Imagino se cayó detrás de la cajonera. Deseo esté completamente roto. Volviendo al cuarto, el único objeto situado al centro es una lámpara colgada del techo. Adoro esa lámpara, pertenecía a los abuelos. Recuerdo el día de la subasta, discutí con tía Ali por ella. Trini, el abuelo, se dejó vencer por los encantadores gestos de su nieto favorito (yo), y sin pensarlo mucho la vendió al mejor postor por un beso. –Llévatela, al fin iba ya pa´la basura-, dijo antes de darle un sorbo a su vaso con agua de frutas. Luego está e librero azul, atascado de libros, discos y películas, uno que otro juguete de la infancia estorba. Pienso quitarle cosas. Palacio de mis letras, deberá permanecer cual inmaculada concepción. Pasaré los discos y las películas a otro mueble. A primera vista, el escritorio aprisionado entre el archivero y la cajonera generacional, luce viejo y gastado. A diferencia de mis otros muebles, del escritorio no se historia. Únicamente sé, perteneció a alguno de mis padres. Imagino fue utilizado durante la soltería de papá en su apartamento de Portales. Tal vez escribió sobre él cartas de enamorado. Desde hace años, ese escritorio de corte barroco con molduras en los cajones, mangos de cobre pintado y patas tembeleques, es objeto de mi desfogue. Contradiciendo su imagen, encima está el súper moderno ordenador “Gety”, amigo inigualable aventuras padrísimas. El archivero guardián, conserva celoso kilos y kilos de fotocopias, resultado de la culta costumbre uamera de no leer libros, sino manchas horrendas en hojas recicladas. En la pared donde están estos muebles, cuelga un espejo justo al centro. Está roto. Lo rompí hace muchísimos años jugueteando. Tiene escrito un número telefónico desde entonces, ha pasado tiempo, no recuerdo por qué lo anoté. Decidí no quitarlo hasta recordar. Bien pues, luego está la cajonera generacional. Se ganó lo de generacional porque perteneció a unos primos, de mi y otras generaciones. Pintada de verde tierra no recuerda su color original. Tiene cuatro cajones cuando eran cinco, el hoyo vacío sirve ahora para disimular una bolsa con medicamentos. A los lados, tiene dos puertecillas que hacen de mini clósets. Es imposible acomodar mis sudaderas en esos espacios. La única ventaja de las puertecillas es poder cerrarlas a llave. ¿Cuánto no han escondido? Chiquita pero me gusta por áspera, rústica y gastada. Ningún cajón tiene manijas, hay que abrirlos por los lados. Geométricamente es un chiste, descuajaringada, esa es la palabra que la describe. Le pagué una cajetilla de cigarrillos mentolados a tía Ali para traer este chocho viejo a mi cuarto. No me acordaba, la base superior de la cajonera es pavorosa, no tiene pintura, seguramente se rompió y la reemplazaron con triplay, la disfraza un zarape típico mexicanos de todos colores. Encima de la cajonera hay una tele incontrolable y una video casetera sin botón de power. Sobre la tele puse una foto un día después del cumpleaños número cuarenta y seis de mamá, salimos los cuatro, abrazados junto a un delicioso pastel de fresas. También hay una figurilla sucia, un ángel dormido que vigila mis sueños; le acompaña una horrible alcancía de yeso pintado, habré de tirarla cuanto antes –regalo de tía Lupe en mi cumpleaños número veintiuno-. Colmando la superficie de la tele, una jarra de porcelana sirve ahora de florero, contiene rosas muertas de colores cálidos. Algunas tienen historia, por ejemplo, un par me las regaló uno de mis ex. Perdieron su aroma, solo guardan polvo y recuerdos. En la pared de enfrente, retadora está la cama tamaño matrimonial en contra esquina al librero azul rey. Esa también tiene historias, pero no para este texto. A un lado posa un buró de madera que hace juego con el escritorio. En el otro extremo de la pared está el “roperito”. Así lo nombra mamá porque perteneció a “la habitación de los niños”. Lo compartí con mi hermano muchos años. Sobre él está un modular de primera generación, viejísimo. Apenas llegaron a México los reproductores de discos compactos, mamá corrió a comprar uno para la casa, el primer disco escuchado de Daniela Romo. Por eso ahora canto tan gustoso De mi enamórate, Yo no te pido la luna y Quiero amanecer con alguien. Quedan dos paredes, una de ellas no la pinté por güey. Calculé mal la cantidad de pintura que necesitaba para cubrir el cuarto completo. Juré ir por más. Hace tres años de eso. En esa pared está la puerta. Es de esas puertas de barata en Home Depot, casi todas las de interiores en casa son iguales: texturizadas para hacerlas parecer madera real, rellenas de espuma para impedir el paso de los sonidos, pesada. Papá le colocó el marco. Le gusta mucho la carpintería, de no haberse dedicado a la fotografía, habría sido carpintero. En la parte superior el marco tiene un pequeño espacio a modo de mini repisa. Esa parte permanece del color natural de la madera, me pasó igual que con el cuarto, la pintura para la puerta no alcanzó y así quedó. Al costado izquierdo de la puerta hay un espejo de cuerpo entero. Sostiene con las pestañas de aluminio un par de postales y fotografías. Suelo mirarme varias veces en él cuando me visto para las citas importantes. Suele mirarme y espantarse por las mañanas, cuando despierto para ir a la escuela. La pared que falta tiene una ventana de metales corroídos. La pinté de azul rey porque el negro original era aterrador. Se ve menos fea. La cambiaré en tanto tenga dinero para hacerlo. De cortina tengo un tejido de bambú, frágil como el papel cebolla y oscurecido por el tiempo y el polvo. La desidia no me deja quitarla y ponerle una de tela. Es funcional en primavera y verano pues refresca la habitación, pero en otoño e inverno deja entrar mucho viento. Por esa ventana entra en las mañanas una luz tibia, conforme avanza el tiempo hasta medio día, invade completamente la cama y la calienta. Antes, mamá visitaba mi habitación para darse baños de sol. Se mandó hacer una ventana justo detrás de su cama para dejar de invadir mis terrenos. Asoma por mi ventana un pino, en la cima anidan pajarillos. Desde hace años los escucho cantar cuando amanece, siempre había gustado sentirlos cerca, todo cambió hace poco. Una mañana desperté sobresaltado y sudoroso, golpes desesperados en el vidrio llamaron mi atención. Eran los pájaros vueltos locos. A picotazos arremetían mi tranquilidad. Era como si intentaran darme aviso de algo, estaban desesperados. Los ignoré y volví a dormir. Incluso sonreí, me sentí cuidado. Pensé traer la mejor de las vibras, sólo así los pájaros se me acercarían, no encontré otra razón. La mañana siguiente desperté de la misma manera, sonreí y traté de nuevo conciliar el sueño. No pude. Los pájaros no dejaron de tocar la ventana con sus picos. Hoy me sé hasta sus horarios. Empiezan por allí de las siete y media de la mañana para dejar de hacerlo hasta levantarme. Cuando ven movimiento dentro del cuarto dejan de tocar. Los odio, no me dejan dormir desde entonces. Falta nada más el techo y el suelo. Parte del techo está pintado como una de mis paredes, tan fachosamente como luzco ahora, tiene apenas unos brochazos nefastos, la intensidad del color es mínima. Además conserva manchas de un rojo oscurecido. Son mosquitos embarrados, los estampé con una toalla durante una madrugada que sufrí el ataque de zancudos más intenso de mi vida. Donde el foco y la lámpara, salen unos cables rojos, verdes y blancos. La lámina que debía ocultarlos se cayó. El suelo es de loseta ancha. Forma cuadrados y rombos en tonos ambles de color café. Las únicas habitaciones de mi casa con ese tipo de loseta son la de mi hermano y la mía. Todo huele a mí, a Lacoste Red de Fraiche y loción Herbíssimo olor manzana. Si tuviera que decir algo sobre mi habitación no tendría mayor problema, diría que es espantosa por desordenada, blanquiazul, inacabada, barroca, común, descuidada en diseño de interiores pero maravillosa por pertenecerme. Cuatro paredes acogen el sitio de mis debrayes, mil historias la estancia de mis años.
Memoria triste de mis putos
Memoria de mis putas tristes, gran ejemplo. En estos días que tanto pienso tomar enserio el ejercicio de escribirme informalmente, recuerdo alegre algunas líneas de García Márquez. Lo leí, por vez primera, hace dos años. Sobre mi cama, una noche de verano, me dejé llevar hasta la madrugada por su prosa. No recuerdo claramente mi reacción ante desmesurada muestra de virtud literaria, me quedó claro y grabado, en cambio, el tono humorístico de sus letras. Pensé primero encontrar tragedia, sorprendido acabé lleno de risas. Quiero llegar a mis noventa sin perder el toque cómico, apreciando, igual que el viejo de la historia, la maravillosa hostilidad del tiempo en cada poro de mi piel. Termino de leerlo por segunda vez y, una sola cosa me quedo: sin llevar la cuenta, también voy haciendo lista de mis putos; triste por mi arrogante e inestable desventura. Nos parecemos tanto y tan poco a la vez que seguiré un día su ejemplo. Probablemente más temprano que tarde, para escribir la Memoria triste de mis putos, ¿Por qué no?
Nota: texto escrito a raíz de la relectura de Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez
Llámame…
Me la pasé excelente contigo. Lo confirmé, me gustas… y un chorro. Pero eso no está bien. Puede producir problemas. Y sé perfecto cuál es tu situación actual. No quiero interferir en ella, al menos no de manera negativa. Por eso te pido que no me llames más, al menos no para encontrarnos como hasta ahora lo hemos hecho. Las reglas del juego eran clarísimas y justo ayer, durante nuestras horas furtivas, dejé de respetarlas. Sentí quererte cuando me refugié en tu regazo. Pensé en conquistarte cuando me viste a los ojos.
Eres un ser maravilloso, valdría bien la pena luchar por una persona como tú. Estoy celoso de Jorge. Lo repito, es una lástima haberte conocido ahora, a tres años de relación con quien parece cumplir “casi todas” las características del hombre con quien deseas pasar el resto de tu vida.
Como una excelente Pretty Woman (mujer bonita, como la Robert´s), nunca debí besarte, porque en tus labios encontré mi perdición. Podemos ser amigos del fandango, pero del fandango a la veracruzana, con torito en mano hasta empedarnos de dolor y desamor. O en su defecto, amigos de tragos coquetos en un antro “buena onda”, de esos cuates sin pretextos de horas ni chismes de pasillo. Sincerotes.
Aún no me duele decirlo, por eso lo digo. No vuelvas a llamarme para hacer el amor. Porque no lo haré otra vez. No, porque eres tan bueno, complaciente y encabronadamente seductor: de sonrisa inocente, movimientos lentos y mirada certera que, me derretiré de amor en un dos por tres. Y no soportaré otro declive, otra derrota, otro rechazo. Podría amar a alguien como tú con tanta facilidad…
Ahora me siento fuerte para decirlo, aunque suene ególatra. Discurso del pendejo más pedante y subido que jamás hayas conocido. Mejor veme así, y no como el niño inmaduro e inexperto que perdió el control en el juego del sexo. Me quedan dejos de conciencia, todavía puedo alejarme, y lo haré con tranquilidad, sin heridas.
Llámame en cambio si decides cambiar de aires, si un día caes en cuanta: “lo que tengo y comparto con aquél, centro de mi vida, no era lo que siempre he deseado (en todos los aspectos)”. Llámame, si necesitas depositar tu humanidad en la mía, y crees encontrar en mí más allá del deseo perentorio de una mañana, tarde o noche de aventura.
Ahora, antes de sentir arrepentimiento me voy.
Tuyo, en la cama un mañanero y una tarde de primavera.
Pienso en ti
Pienso en ti,
como pocas veces dedico tiempo a otros pensamientos,
como el mar dedica tiempo al cielo y,
el cielo a la tierra y,
demente, vuelco adrenalina.
Temeroso, con el sol sobre mis párpados,
anhelo llegue el momento en que nazcan las palabras.
Alegre, con el viento acariciando mis labios,
espero mueran las horas.
Te diré
con la piel,
con los ojos,
con el vaho de mis besos:
quiero enamorarme.
Con la voz no sé.
Del periodista, su labor y ética El periodista lleva en la razón una de las responsabilidades más importantes de sociedad: informar; hacerle llegar al receptor datos útiles en la tarea de entender el mundo. Es sin duda privilegiado pues, a diferencia de cualquier otro individuo, el periodista siempre está en contacto directo con agentes importantes: los gobernantes. En el ejercicio de su labor, el periodista adquiere al instante la fuerza casi ilimitada de un formador de opinión. Así, su papel en sociedad es uno de los más importantes pues influye de manera directa en la formulación del imaginario social. De su trabajo depende la “buena construcción” de ese imaginario. El código de ética en su trabajo es, por lo tanto, la guía que le permite realizar su función con los mejores resultados posibles: el ejercicio de la libertad de expresión, el manejo “objetivo” de la información, el respeto a la vida privada y el honor de las figuras públicas, así como la lucha contra la censura previa, sin mencionar los turbios caminos de la calumnia.
De la formación del periodista Su postura frente a corrientes ideológicas, necesariamente deberá mantenerse lo más neutra posible al momento de ejercer su profesión. Algunas de las razones que deberán arraigarse a él en ese ejercicio son: ser honesto, frente a la realización de su propio trabajo así como frente al destinatario de sus mensajes. Reconocer que el límite del interés público es la intimidad de las personas, la manipulación de la información pervierte al periodismo cuanto tergiversa, miente, negocia y escamotea, la dignidad profesional implica una autonomía moral frente a los sujetos y asuntos que trata el mismo para obtener información, así como frente a sus compañeros. Por otra parte, una consideración verdaderamente importante para el periodista es entender que un código de ética es un pacto entre ellos y lectores, no entre ellos y sus jefes, ni con los poderes públicos o privados. Raúl Tejo Delarbre, importante investigador sobre cuestiones de los medios, aporta para finalizar esta serie de ideas una opinión frente al comportamiento de los mismos: “El déficit ético de los medios crece en la medida en que nos acostumbramos a un periodismo que abreva en las murmuraciones porque en ella a menudo encuentra en escándalo de cada día que se ha convertido en su razón de ser, o de vender”.
Del código de ética propuesto por Raúl Tejo Delarbre Apunta José Martínez, autor de Prensa negra, en el apartado de su obra, titulado ÉTICA, EL DILEMA DE LOS MEDIOS, que “Desde los griegos la ética ha sido la esencia de la filosofía. El diccionario define ética como parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre”. Por otra parte, el mismo Martínez cita en ese mismo apartado a García Morente en su ensayo Lecciones preliminares de Filosofía, donde se resume la esencia de la ética de la siguiente manera: Ética: “Conocimientos acerca de las actividades del hombre, lo que el hombre es, lo que el hombre produce, que no está en la naturaleza, que no forma parte de la física, sino que el hombre lo hace”. Bajo esa definición de ética, Raúl Rejo Delarbre, propone en 1997 un código ético para los medios mexicanos en su obra Volver a los medios. De la crítica, a la ética, también publicado en las páginas del diario Excélsior. En el texto aborda todos los puntos importantes para el mejor ejercicio de la profesión periodística, desde el fin mismo del ejercicio comunicativo hasta el compromiso con la sociedad. Sin embargo, una de las grandes contradicciones en que incurre es en la de su contrastante con la realidad de la práctica periodística en nuestro país. Por mencionar un aspecto, recordemos la anotación de Delarbre en su código: “Se considera como práctica no ética, la búsqueda de una noticia mediante engaños, y/o sorprendiendo la buena fe de los informantes”. Si esta norma se siguiera al pie de la letra para no caer en el comportamiento antiético, ¿qué sucedería con el famoso caso del periodista mexicano disfrazado de médico que dio a conocer la muerte de León Trotsky? Sin duda, esa acción aunque falta de ética, le dio prestigio y sirvió de catapulta a su carrera periodística. Y es hasta la fecha, sin dudar demasiado, una de las incurrencias del periodista de nuestra época. Y si nos vamos a tratar algunos de los puntos que tratan los códigos de ética internacionales, nos encontraos con la norma “Queda prohibido el uso de tele objetivos sin permiso y queda desterrada la persecución a persona alguna por parte de reporteros y fotógrafos”. Si la norma se obedeciera, ¿qué sería del periodismo de espectáculos, sin reconocer ampliamente el comportamiento de la prensa política? Sin duda perdería a la inmensa mayoría de sus lectores acostumbrados al estilo sensacionalista y el comportamiento sin vergüenza de sus practicantes. No olvidemos que, la mayoría de las veces, estos comportamientos corresponden a las imposiciones de los dueños de los medios, sin dejar de lado las mañas de los “periodistas” especializados en escandalizar sus espacios en pro de la dinámica de la oferta y la demanda. Estas observaciones responden a una preocupación por el comportamiento actual de nuestros medios de comunicación, empero no quitan o desacreditan la importancia que tiene la aportación de Trejo Delarbre. Hacen falta muchas más de esas aportaciones en su estudio.
Prensa negra, un caso José Martínez en Prensa negra presenta uno de los casos más representativos del manejo patético e irresponsable de la profesión periodística de nuestro país. Mario Alberto Mejía, pseudo columnista poblano es ejemplo magistral de “lo que no hay que hacer” en el ejercicio del periodismo. Aunque me gustaría ahondar en las aristas que nos expone este caso en la obra de Martínez, que no son pocas, considero de mayor importancia inducir a la reflexión sobre el tema del comportamiento ético de los periodistas con las siguientes ideas: Este caso da para reflexionar largo y tendido. ¿Existe en nuestro país la posibilidad de confabular la libertad de expresión periodística, el respeto a la vida privada de las personas públicas, el ejercicio del derecho al secreto profesional y, finalmente, el respeto del derecho al honor y la imagen personal? Sí. ¿Cómo? Parece la tarea de quien vive para descubrir los hilos negros de la vida. Sin embargo, la actividad periodística en nuestro país se ha caracterizado por su evolución continua, las tecnologías, la profesionalización en material, entre otros aspectos metodológicos han sido el punto de partida que permite la construcción y mejoramiento de nuestro medios. La práctica a distancia de poderes políticos, económicos y religiosos ha sido la razón que han permitido este desarrollo. ¿Por qué no pensar –aunque suene a utopía- en la posibilidad de mejorar aún más nuestras formas y configuraciones de imprenta? Creo, esperando no equivocarme, será gracias a la continuación de esa práctica “objetiva”, decidida, comprometida con la función social inherente al trabajador de la información, que la posibilidad de configurar los principios de libertad de expresión, respeto a la vida privada, el ejercicio del derecho al secreto profesional y del honor y la imagen personal, será más realizable que imaginable. Si bien la prensa mexicana aún cae fácilmente en varios de estos vicios, vemos que mejora circunstancialmente sus modelos y estructuras. Resultado de la figura democrática en la que estamos inmersos.
Apuntes del marco jurídico que regula a los medios en México Nuestro medios comunicativos están regulados actualmente por tres figuras legales: Los artículos 6 y 7 de la Constitución Política de 1917, la Ley de Imprenta del 12 de abril del mismo año y la nueva Ley de Responsabilidad civil para la protección del derecho a la vida privada, el honor y la propia imagen en el Distrito Federal. De Constitución rescatamos los artículos 6 y 7. El primero versa sobre el derecho a la información garantizado por el Estado, el segundo sobre la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia. Debemos entender estos dos artículos como las primicias de las que se despliegan las otras dos regulaciones: La Ley de Imprenta y la nueva ley de Responsabilidad civil… Respecto de la Ley de Imprenta del 12 de abril de 1917, aprobada un mes antes de la promulgación de la Constitución del mismo año, se desprende una polémica: su validez. El argumento de quienes la desvalorizan se basa en el tiempo de aprobación de cada figura legislativa. Es decir, ¿cómo reconocer la Ley de Imprenta si los artículos 6 y 7 de la Constitución fueron oficialmente aprobados –en conjunto con la Constitución- un mes después? Al respecto, nada se ha hecho además de debatir el tema. Esa ley es desde entonces vigente, aunque en la mayoría de los casos no se ejerce. Delarbre, citado por Martínez en Prensa negra, dice al respecto de esta ley: “obedece a las discordias políticas y a la debilidad de la sociedad cuando todavía no se cumplían dos décadas en este siglo”. Por su antigüedad, la Ley de Imprenta deberá reformarse en bienestar y beneficio de los valores que permiten al periodista ejercer su trabajo bajo mejores estructuras regulatorias, así como la consolidación y refuerzo de nuestra democracia. Finalmente está la nueva Ley de Responsabilidad civil para la protección del derecho a la vida privada, el honor y la propia imagen en el Distrito Federal. De la que habré de anotar brevemente la siguiente observación: Puede asumirse que con estas reformas se extendió el certificado de defunción de los delitos contra el honor, referidos a golpes, otras violencias físicas simples e injurias, la despenalización de los ilícitos que se cometen por medio de la comunicación quedó consumida cuando se aprobó derogar los artículos que tipificaban la difamación y la calumnia. En consecuencia con la eliminación de esos tipos penales, se reforzó la legislación civil para que la honra, la reputación, la buena fama sigan siendo valores jurídicos y sociales protegidos, aunque ya no por la vía penal, sin embargo queda sobre la mesa el tema del secreto profesional pues esta ley entra en contradicción al vulnerar al periodista de verse obligado a publicar sus fuentes en caso de ser necesario o requerido para efecto de la aplicación de esta ley.
Del trabajo de José Martínez en Prensa negra El texto de Martínez resulta importante para la formación de nuevos periodistas. Rescata elementos básicos del conocimiento de quien practica o practicará una de las profesiones más importantes en una democracia. Se agradece la forma, la intención y hasta cierto punto el resultado de su investigación. Punto en que habremos de detenernos a releer, para así no incurrir en algunos de los vicios que denunciamos: sintaxis, lógica y ortografía. Sin embargo, rico es Prensa negra por su cinismo, su careta de verdad y carácter periodístico.
Sobre “Música para los ojos”
Estupendo ejemplo de lo que hasta ahora entiendo como periodismo cultural. Dionicio Morales deja ver en Música para los ojos, cuán apasionado puede ser al escribir sobre un tema provocador en el mundo del arte: la plástica. Recordaré esta lectura sobre todo por sus letras sobre Diego Rivera, por quien siento atracción, admiración y respeto. Debo hacer una observación acerca de cómo asimilé el texto completo, quedará escueto como eso, un simple comentario. Aunque, sin duda la prosa del poeta es rica en figuras, obviamente diestra y en momentos encantadora, queda en mí solo una estela de eso. Como cuando una mujer de olores agradables pasa de lado y en el camino de su andar deja el aire de sus tacones, lo hueles, te gusta y desaparece. Desaparece igual de rápido como llegó a tu nariz, tal vez porque no te interesan las mujeres o, particularmente esa mujer no te interesa, tal vez porque no la conoces. He de reconocer el trabajo del autor, arduo. Tantos personajes, tantos matices, tantas pinturas o esculturas, tantas entrevistas, tantos amigos. Me deja la idea cristalina de que para culminar el sueño de escribir un libro como el citado, hay que vivir plenamente nuestros objetivos, planes y metas.
Nota: en el título original, las palabras “Música para los ojos” van en itálicas y sin comillas.
Historias de lo inmediato
Tengo cinco novelas inéditas en el archivo. Ninguna ha sido leída por el populacho aunque muero de ganas porque así sea. Los editores me mandan al carajo, a nadie le importan las ficciones de un viejo. En sueños, un príncipe gallardo y barbón me aconseja no abandonarme, -sigue el placer de escribir-, me dice. En realidad estoy cansado e inundado en papelitos. Harto de enlistar datos para el periódico. Desde mis quince, no hago más que historias de lo inmediato. Esas sí las publican. Para mí son subliteratura. Hago buenas crónicas, lo reconozco. Pero si no las hiciera habría muerto de hambre. Papá me enseñó a hacerlas. Aún recuerdo su mirada apasionada, observaba al torero lidiar con algarabía. Tauromaquico fue, esa era su pasión. Me encuentro hastiado de personajes absurdos, tan absurdos como yo por cobardes. Crónicas malditas, enviciadas por hambrunas, pestes, robos, secuestros, muertos, drogas y dinero. Lamento hoy el derroche de tiempo, tanto como a la inversa gusto por los maricones, amigos entrañables, de mis ferias y parrandas. Nunca sentiré nostalgia por mis letras sucias de ayer, aunque de sabios y usanzas me impregnaron. Tirado estoy por la pesadumbre, deseoso de verme a letra de molde en la portada de una de mis ficciones. Más por el goce de compartir mi prosa, menos por la vanidad de saberme actor del campo literario. Atado a sueldo cierto esas letras me llenan la panza. ¡Malditas y fronterizas historias de lo inmediato! Apartaron la pasión y agotaron mis fuerzas de seguir luchando. Entre el periodismo y la literatura están atrapadas y deseosas de brincar el charco. Ahí se quedarán, no son más que aspiraciones. Xavier grande siempre demostró necesidad por ellas, las amó tanto o más que a mamá. Amenazó alguna vez, -Xavier, hijo, cuando crezcas serás como yo-. Y lo soy, pero desdichado, pues mi pasión es otra.
Reflexión. Xavier Dúlec, 22 de agosto 1985.
Nota: texto ficcionado a partir de la lectura de Historia de lo inmediato de Renato Leduc.
Desde ningún otro punto de vista puedo escribir, sobre la autobiografía como género literario, que desde mi perspectiva empírica. No recuerdo exactamente el momento, probablemente empecé a escribir un diario alrededor de mis ocho años. Tomé el poder de plasmar aquello emergente de mi cabeza y no de los malos libros de texto de la escuela que, por cierto, provocaron terror y aversión por leer y escribir en mi edad temprana. No fue hasta encontrar en ellos un grandilocuente escaparate, inigualable compañero de mi soledad, que tomé un gusto inquebrantable por hacerlos míos a diario. Amantes en secreto. Antes de escribir, leí. Y, para satisfacer al ego otro poco, quise leerme. Desde muy chamaco tengo esa necesidad, procuro saberme para así entenderme. Porque escribir sobre sí mismo es un deleite. En otras pocas experiencias encuentro tanto placer. Delinear amores y desamores, éxitos y fracasos, aventuras y desventuras, sexo y abstinencia; se ha convertido muchas veces en clímax y razón de mi existencia. Vivo para escribir y escribo para vivir. Apenas crecidito, encuentro la polémica del que siempre había considerado un género literario. Que si es ficción o realidad, que si puede leerse como un hermoso poema íntimo o un testimonio tangible del pasado. ¿Es o no válido hablar de la autobiografía como un género literario? Desde mi punto de vista lo es. Porque así me leo y leo a los autores que me han formado, recientemente, en materia. Ahí está Gabriel García Marques con Memoria de mis putas tristes, Yukio Mishima con Confesiones de una máscara o Federico Ortiz Quesada con Primero los pobres. Sin duda, cabrá en cada cabeza una y mil formas distintas de entender un texto, siempre el conocimiento previo hará la diferencia y otorgaremos significados distintos a las palabras, adaptándolas, haciéndolas nuestras tal vez. Una autobiografía puede ser, sin temor a equivocarme, la más increíble demostración de talento literario, sin perder por supuesto, cierto valor testimonial. Depende de quien lo lea y para qué, o de quien lo escriba y para qué. Creo en mis textos como testimonio de mi pasado, aproximación verosímil de mi vida, jamás retrato exacto de mis circunstancias, claro está, pues subjetiva es la vida en sí misma. Y también los veo como el más certero y trabajado reflejo de mi alma. Dedicación y empeño empírico de la única necesidad que jamás he podido dejar de satisfacer, igual que respirar, igual de comer, igual que dormir. Por tanto, nunca podría descuidarla, dejarla a secas redactada, a secas explicada, a secas reflejo de mi realidad. En esa lógica entiendo a los escritores que me regalaron su vida en palabras, adornada con recursos literarios como los utilizados para explicarme. Y qué mejor forma de conocer su realidad, mi realidad. Porque, tal vez un poco distante queda el hecho certero de la acción o acontecimiento, pero clavada como daga queda la interpretación en la mente. ¿Qué tan válido es el conocimiento adquirido en una autobiografía? ¿Qué tanto podemos creerla como verdad? Tanto como hagamos nuestros los personajes, las circunstancias y los contextos de las historias que nos cuentan. Con la maravillosa ventaja de saber existentes más opiniones y puntos de vista acerca del hecho, del o los personajes y circunstancias. En tanto, lo que en una autobiografía entendemos, es tomado de la realidad y, según quién lo diga y para qué, podemos considerar el conocimiento adquirido de ella válido y aproximado.
Para seguir la tradición, esta tarde tomaré café en el centro, pero hoy, a diferencia de otros días en que la dedico a las páginas de un libro o la remembranza de mi mal de amor, engalanará la mesa un gran maestro. El jefe indicó la semana pasada, lee Primero lo pobres y hablas con Ortiz, quiero la entrevista en mi escritorio el 7 de mayo a primera hora. Iré a Jekemir, cafetería contemporánea sobre la calle de Bolívar: encantadora, sencilla, de ambiente trovador y buen café. La charla se adornará con el atardecer, mientras en sol caiga del cielo y sus rayos cenitales inunden el lugar. Imperfecto lugar para una charla igual de imperfecta. A pesar de tener presente la obra, no sé por dónde empezar la conversación. Impone la idea de tenerle frente, todo culto, engreído; al menos esa impresión dejó su escritura. Poco más de una cuadra falta para llegar, buen tiempo llevo, pretendo ser yo quien espere su arribo. Qué tipo irreverente, igual le da escribir en primera, segunda o tercera persona… Tal vez iniciaré hablando de la descripción que hace del México actual: gris y cruda, o mejor del significado que tienen las fronteras para él. Aún no sé y ya debería saberlo y, es que con tan desmesurada muestra de erudición no hay por donde llegarle.
Justo en la entrada de la cafetería, un pordiosero derrumbado pide limosnas, lleno de mugre, pestilente, con la mano extendida al cielo y la cabeza agachada entre las piernas, viste de negro. ¿No encontró mejor lugar el día de hoy? Demasiado tarde para cambiar de lugar la cita. Un vistazo de reojo y ya; hay poca gente en el lugar: una esquina con la mesa imperfecta, el servicio listo y suficiente espacio. En ella sentado está Federico, esperando mi llegada. Una mueca inconforme dibuja mi rostro, prefiero no llegar tarde. Apenas me percato y llama mi atención otro detalle, un parpadeo otorga el beneficio de la duda. Desapareció de la mesa y volvió a aparecer, debo estar loco. -Lamento llegar tarde-. Tomo asiento justo cuando Miguel, el mesero de siempre, pone sobre la mesa una taza de café americano, taza con la que inauguro normalmente la mesa. El rubor en mis mejillas no esconde la vergüenza, llegó con tiempo suficiente para ordenar. Agradecí e inmediatamente pregunté por qué solo una taza. –Yo no tomaré café, por favor, da pie a la entrevista-, dijo sereno sin ánimos de ofender. Sin entender, Miguel voltea un instante y sonríe extrañado. Tal vez Federico está molesto, no pretendo ahondar en ello y comienzo a hablar, no sin antes poner su libro sobre la mesa, abierto por la mitad.
-Una sola cita será insuficiente para charlar sobre tu obra, por eso abordaré aspectos que, sin duda alguna, tus lectores querrán profundizar un poco más…- -No pienso profundizar, si te parece bien seré concreto-, al parecer Ortiz solo cumple un compromiso, delinea una breve sonrisa y cede la palabra. -Hablas, en tu libro, de la frontera entre México y Estados Unidos, pero la utilizas también de pretexto para referir sentidos mucho más abstractos…- por segunda vez interrumpe mis palabras. -Es la frontera, filo de la navaja de nuestra existencia, el lugar en que debemos situarnos para elegir hacia dónde encaminarnos y qué sentido darle a nuestra vida, sin embargo, en el ejercicio de nuestras emociones no hay fronteras, pertenecemos a una misma patria. El texto de nuestras vidas es el mismo, lo que difiere es la lectura – Acomoda su silla y mira directamente el libro. -¿Ayudará tu obra a encaminar el sentido de la vida de algún mexicano?- -La ausencia del libro es la causa del mal que invade y arruina a México…, la lectura es la mejor forma de combatir la soledad y la desesperación, porque se convierte en una conversación con uno mismo y con quienes conocen la vida: los muertos- -Entonces, concibes al mexicano deprimido y desesperado, carente de sentido de sí mismo, ¿qué podemos hacer, nosotros los mexicanos mortales, para entender nuestra propia lógica? Giro el sentido primero de la entrevista, en vista de su ególatra respuesta. -Me he dado cuenta que en México la salvación es individual, es decir, la conciencia personal es lo único que previene al mexicano de seguir cayendo en un mundo depravado, en el universo del mal… La gente cree en lo que quiere creer y ve lo que saber ver- -¿Tu libro ayudará o beneficiará la conciencia del mexicano? -Si algún bien he hecho en toda mi vida, me arrepiento desde lo más profundo de mi alma- Al terminar la frase, sórdido y sarcástico sonríe. -Miguelito Reyna, es uno de los personajes más representativos en la obra, parodia o reflejo de una figura política sobresaliente en nuestro país hasta no hace mucho… -En un país paupérrimo, tener dinero significa la salvación del cuerpo y del alma, por ello todos luchan entre sí y se matan por tenerlo: la riqueza hace la diferencia. México es un país ayuno de justicia y cualquiera que la ofrezca tendrá éxito- -AMLO, a quien parodias como Miguelito Reyna, ¿actúa desde su plataforma política de la misma manera? -La mentira más frecuente y aceptable es la que nos repetimos a nosotros mismos, y es aquí donde se inserta el poder de las ideologías- Sin dar lugar a continuar con el tema, por su actitud fúnebre y concluyente, paso a otra pregunta. Sorprendido, miro alrededor, la gente observa la escena con detenimiento; en sus rostros una extraña expresión me pone nervioso. -¿En qué medida consideras tú obra un trabajo autobiográfico?- -Quien escribe se escribe, no sólo enviándose misivas, producto de su reflexión, sino delineando, con cada letra, su alma. En la obra está escrita la historia de cada hombre, puesto que se escribe a sí misma y quien la lee, se lee- Intento descifrar la causa de aquellas miradas inquisidoras y no puedo. Insolente y, trastabillado por la inconstante entrevista, pido disculpas y me retiro al sanitario. Siguen mi andar todas las miradas, como preguntándose algo que no tiene respuesta. Frente al espejo del baño, miro mi rostro pálido, deslumbrado por el atardecer. Permanezco un segundo de pie frente al lavabo, respirando profundo para calmar una estúpida sensación de incertidumbre, para luego regresar a la mesa. De nuevo, en mi andar de vuelta, las miradas me siguen. Procuro ignorarlas y volteo en dirección a la mesa en que espera mi interlocutor y veo… Incrédulo abro bien los ojos, no está. ¿Se fue? ¡No debí pararme al baño! Insolente, ¿Quién se cree que es? Cambia mi semblante a un rojo enfurecido. Ni rastro de él, nada. Tomo asiento y llamo a Miguel, seguro él sabrá decirme lo que ha sido de Federico. -Dígame, joven. ¿Otro cafecito?-, pregunta el mesero. -No, mejor dime a donde se fue la persona con quien estaba- -Joven, con todo respeto. Usted no estaba con nadie, ha estado hablando solo, ¿se siente bien?-. Sonrió burlón el estúpido mesero. -¿Cómo que no? ¿Qué no me viste? Hace unos instantes lo dejé mientras iba al baño y…- -No, usted llegó solo, lo reconocí desde la calle, pensé que vendría por el americano de siempre, por eso lo serví sin que lo pidiera. Si eso le molestó, ruego me discul…-. -Déjalo ya. Seguro no lo viste, tráeme la cuenta por favor-. Doy sobre la mesa un golpe de coraje y la cucharita vibra temerosa. Miro sobre el libro abierto una cita subrayada, acompañada de un papel con una nota. La cita dice “Estar enamorado es un caer en el otro o en la otra y, por lo tanto, es un olvido de Dios; por eso el demonio se vale del deseo para apoderarse de hombres y mujeres, pues el bien y el mal están dentro de la persona, no fuera de ella”. Y la nota que le acompaña, firmada por Quesada anuncia: “No olvides a Dios y mira lo bueno de tu propia persona para hacer el bien”. Salgo, desaforado de coraje después de pagar la cuenta y, el soberbio sol me guiña un ojo. En ese preciso instante escucho una voz que me grita, ¡Pinche Dios, te olvidaste de nosotros, parece como si el diablo nos hubiera manoseado! Apenas me percato de la voz y llama mi atención otro detalle, ahora el guiño otorga el beneficio de la duda. En lugar del pordiosero está Federico, con la misma apariencia, pestilencia y vestimenta, pero con otro rostro, el rostro de Ortiz Quesada. Muerto de miedo camino en dirección a la nada con la mirada al suelo y, veo sorprendido la portada del libro que llevo entre las manos, el libro de quien juro estaba conmigo, Primero los Pobres, bajo la firma de otro ¿o del mismo? Federico Ortiz Quezada.
Nota: en el título original, la palabra “cita” está escrita con itálicas.
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